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Eterna promesa

Este es un texto confesional que culmina en una pregunta práctica, técnica, dirigida a quienes me leéis.

Hace un par de semanas, supe que me denegaron la beca FPU para hacer el doctorado. La quería para poder dedicarme durante 4 años, como un trabajo, a leer y a escribir. Y, después, seguir intentando cobrar por hacer lo que más me gusta, lo único que me llena como el aire a un globo, eso con lo que creo que puedo ayudar un poco a la sociedad. La noticia fue el final de un plan general de vida que tracé hace ya 6 años, sin determinismos y más por inercia que por convicción, cuando decidí volver a la universidad a seguir en el 2º de carrera que tiempo antes había abandonado por holgazán, o para poder leer más y ver más películas, o para poder tener un trabajo basura que me permitiera vivir solo y leer más y ver más películas y tener siempre amigos y amigas en mi casa.

Por un error de cálculo (los confusos documentos burocráticos no han ayudado), los últimos meses he estado convencido de que tenía bastantes posibilidades de conseguir la beca, más aún después de haber formado parte del grupo de elegidos que han superado la primera fase. Todo hacía pensar que mi estancia en China iba a ser solo una parada temporal en mi vida, la última antes de dar el salto a la gloria académica universal. Pero mi optimismo fue un error de cálculo y he quedado lejos de la beca. Podría seguir intentándolo, volver a pedirla si las ruinas del Ministerio de Educación se animan a seguir convocándola, pedir otras. Sin embargo, ahora mismo creo que se acaba aquí mi carrera académica, acabada justo al filo de comenzar. Fin de la cita. Ni puedo ni me apetece seguir siendo joven promesa, con 32 años ya, por bien llevados que estén. Daré algo de lástima a algunos profesores y compañeros que creían en mí, que se quedarán con mi imagen de promesa académica, congelada entre 2008 y 2014. Pero que no lloren. No estoy acabado (…dentro de diez años ya veremos).

Ahora toca decir en voz alta las sombras del mundo académico humanístico para engañarme un poco y aplacar la frustración: la dificultad de abrirse un hueco profesional en él, cómo consigue limitar el libre fluir del intelecto y la creatividad, su demasiado frecuente alejamiento de la praxis y de la sociedad, su autosuficiencia. Sin embargo, ya fuera de la universidad, lamento lo que voy a perder, probablemente para siempre: un sueldo con el que sobrevivir haciendo lo que más se aproxima a lo que me gusta y no otra cosa, una exigencia y regularidad intelectual que me obliguen a mantenerme activo como pensador y creador. Adiós. Me veo de nuevo en esa situación tan incómoda de tener que buscar un trabajo de verdad, más difícil aún para un licenciado en Humanidades con un máster en Filosofía que ya no está en la veintena. De momento, el camino se anda con escaso aunque suficiente éxito, además de que se abren perspectivas razonables de una alternativa aceptable, como es vivir de redactar y corregir y proofreadear. Pasar por el aro de la realpolitik cotidiana es una circunstancia de la que ya no puedo escapar (¡ni quiero! ¡no otra vez!) volviendo a estudiar, volviendo a entregarme a la noche o volviendo a encerrarme en casa. El hikikomori, el noctámbulo y el estudioso no pueden ser otra vez lo que me definan. No me da la gana.

Afortunadamente, en el último año he conseguido poco a poco poner en marcha mi alternativa vital por si la carrera académica me fallaba. Pensaba que no sería tan grave perder el doctorado si conseguía mantener la cabeza fresca de otra forma: escribiendo. El problema es que nunca había podido escribir con regularidad, por distintos motivos que solo conocen los retorcimientos de mi cerebro. Los primeros meses después de terminar el máster fueron oscuros y vacíos, no del todo improductivos pero lejos de lo que necesitaba. Mi salvación solo parecía encontrarse en la vía académica, en el peso de la institución obligándome al trabajo intelectual. Eso aún era una posibilidad lejana en el tiempo, ni siquiera convocadas las becas estatales. Cada día me levantaba ante un cartel imaginario pero muy real de “abandonad toda esperanza”. Pero lo he conseguido. El plan de choque que inicié en enero, y que ha estado a punto de descarrilar demasiadas veces, ha terminado funcionando y ahora escribo casi todos los días. ¡Por fin! ¡Por fin hago lo que quiero hacer! ¡Viva la libertad y el individuo! ¡U Ese A! El golpe definitivo vino de un recomendabilísimo y divertidísimo libro confesional sobre escribir, Bird by Bird de Anne Lamott, que en mi caso actuó como un libro de autoayuda puro y duro, tanto a nivel creativo como vital, ambos extremos unidos. Allí encontré la frase que ya no me permitiría fracasar, que me obligaba a escribir. Se la dijo a la autora un amigo escritor: le dijo que escribía porque la otra opción era suicidarse. Dejémoslo en que lo interpreté como una metáfora tremendamente eficaz.

Así que ahora escribo y escribo. Pero el blog se me queda corto, este blog que es tan importante para mí, aunque tenga que reconocer que nunca lo he explotado del todo. Aquí tengo una gran escuela, un lugar de desahogo y libertad creativa en el que puedo dar rienda suelta a mis intuiciones. Y este es el problema, que en el blog, al final, apenas me limito a intuiciones. Los textos que publico, como ya he dicho alguna vez, son elaborados en un rato más o menos largo y publicados en el rato siguiente. No tienen maceración, más allá del sedimento cultural y vital que ya acumulo, o del tiempo que lleve masticando de forma inarticulada las ideas centrales. Empiezan a ser escritos en un día y terminan de ser escritos y entregados al mundo en el mismo día. No cambian, por muchos añadidos o correcciones que se me ocurran después. No se revisan más allá de lo presentable, apenas tienen apuntes de sus potencialidades. No llevo al límite su coherencia ni elaboro a fondo su estructura. Se quedan fijados. Como mucho, fantaseo con que son un almacén de esbozos que algún día desarrollaré.

Por todo eso estoy haciendo algo más. Estoy escribiendo textos más largos, desde 2.000 palabras hasta el infinito, a los que doy todo el tiempo que necesiten. Y el tiempo es mucho más importante que la extensión. No me atrevo a llamarlos ensayos ni relatos ni experimentos, aunque por ahora tienen unos gramitos más de lo último que de lo primero y apenas unas gotas de lo segundo. Pero los que leáis este blog os podéis hacer una idea de por dónde van, en algún punto descentrado entre la escritura automática, la literatura abierta y la crítica cultural. Solo tengo un puñado terminados, pero el problema va creciendo y tengo que decirlo ya: no sé qué hacer con esos textos.

Estoy escribiendo todo esto para pediros consejo, a los tres o cuatro indocumentados que me seguís con regularidad, a los diez o quince perdidos que caen aquí por alguna búsqueda en Google que nada tiene que ver con lo que digo (pero quizá mucho con lo que no me atrevo a decir). Mi primera idea era crear una especie de pseudoeditorial paralela al blog, para publicar cuadernos o pequeños libros que recopilen esos textos en PDF y, sobre todo, formatos de libro electrónico, con hilo temático (estoy desvelando el misterio del teaser que publiqué hace unas semanas) o ni eso. ¿Por qué un formato descargable? Porque pienso que los textos en html no se leen con toda la atención que idealmente requerirían, perdidos en un mar de pestañas en segundo plano y lectura diagonal. Ante esto, experiencias como la Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura de Pablo Vergel, la Prosa Inmortal de los de siempre o el Fantasmas contra extraterrestres de Javier Avilés, han sido fuentes directas de inspiración. Sin embargo, también he pensado que, si solo están accesibles mediante descarga, es bastante posible que se lean menos, porque la gente suele (solemos) ser tirando a vaga y nada más cómodo que leer algo directamente. Más aún con el móvil, que facilita mucho la lectura atenta de entradas en blogs o webs, gracias a inventos como Pocket o Feedly, sin mil pestañas que te miran de reojo, sin más ruido de fondo que el del entorno de nuestra querida sociedad postliberal.

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En resumen, quiero preguntaros cuál creéis que es la mejor forma de sacar a la luz estos textos. ¿Cómo se van a leer más? Algunas opciones previas: montar una pseudoeditorial online para ofrecerlos en descarga gratuita (con opción a pagarme una empanadilla), organizados en cuadernos o de manera individual; organizarlos como una revista periódica, quizá con un tema principal del que haya más de un texto, pero con cabida para otros; crear esos mismos cuadernos o revistas pero, además de dar la posibilidad de bajarlos, mantenerlos accesibles directamente en la web; subirlos a Amazon o alguna otra plataforma de uno en uno, siempre que tengan una extensión mínima (nada fuera de lo común), publicitándolos en este vuestro blog; lo mismo, pero con un blog o web dedicado en exclusiva a estos textos extensos y trabajados; ponerlos directamente aquí en el blog, sin descargas, a palo seco o por entregas; imprimirlos para poder quemarlos y mandarlos al infierno de las letras del que nunca debieron salir, incluso cuando eran indefensos nascituri. Etcétera, etcétera, etcétera. Por su heterodoxia y probable inmadurez, quedan (de momento) fuera las opciones de moverlos por editoriales o enviarlos a concursos. Quizá lo mejor sería una mezcla de algunos de estos puntos o una guerra total. Por supuesto, juntar los textos en pequeños libros temáticos sería la opción más sencilla, porque eso casi se mueve solo. Esa fue la idea primigenia, una serie de textos a partir de algunas de mis experiencias en China. Pero tengo una mente algo dispersa y me cuesta mantenerme fiel a un tema…

Me gustaría leer vuestros comentarios, si es que hay interés, y vuestros consejos y experiencias. No solo en relación a cómo puedo publicar yo lo que escribo, sino también sobre la cuestión en general. Quería mantener todo esto en secreto hasta el gran anuncio, pero como no tengo manera de llegar a producir algo que anunciar, prefiero apelar a la mente colmena de internet. Mi objetivo básico es que se lean, que se lean más que el blog porque estoy invirtiendo en ellos incluso más que aquí. Cuanto más ¡y mejor! se lean, mejor.

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Caballero, identifíquese

Berndnaut Smilde - nimbusD'Aspremont_webgroot

La historia de la humanidad es la historia de la pérdida del sentido de la vida. La libertad de acción nos ha acorralado y sorbido la sangre. Débiles, perdidos, no sabemos qué hacer. Reprimimos un grito que pide un nuevo dictador. El camino del individuo está demasiado recorrido, así que no queremos un autoritarismo para todos, sino para cada uno. Una camisa de fuerza que nos impida decidir y que, por eso mismo, nos permita actuar. Ante la puerta de la elección vital, con cinco llaves en la mano y miles de candados esperando, no podemos rezar pidiendo ayuda. Sí podemos tirar por un escapismo racional a base de excusas. O sí podemos darnos muchos besos hasta que llegue la fecha límite (nunca explícita: es la muerte que llega inesperada), pasar mejor el rato y, de paso, olvidar tomar la decisión de decidir. Mirar hacia otro lado es la nueva liberación. Al dormir, cuando nos acordamos de dónde estamos, soñamos con que la puerta se abra sola. O esperamos una señal que rara vez llega, y si llegara no la creeríamos. Es la (destructiva o salvadora) paradoja de ser individuos nietzscheanos habitando un mundo hegeliano. La marea de la historia, sobre la que no tenemos control, nos arrastra como Gullivers gigantes. Mal educados, viviendo como náufragos amnésicos que jamás han empatizado con nadie anterior a su infancia, desconocemos que Sartre nos dio la opción de tener opción. De montarnos nuestro libro único de “Elige tu propia aventura”, personalizable trampeando la mayoría de las respuestas posibles. Pero las preguntas no las podemos escoger y son insistentes. Vuelven a formularse con el tiempo si no se contestaron bien. Para hacer el camino acompañado de alguien más experimentado que tú, es recomendable copiar (si uno quiere, puede sentarse al lado del pupitre de Sartre). Sin embargo, esa compañía sólo es circunstancial. Como mucho te servirá de punto de apoyo para que llegues a tus respuestas únicas, que el otro nunca tendrá. Cuando haya que entregar el examen, recorrerás solo el camino hasta la mesa del profesor. Y se negará a corregírtelo y tú pensarás que es un profe de filosofía enrollado y luego en la ducha te darás cuenta de que en la propia respuesta está el resultado y siempre has tenido las soluciones ahí aunque, si has vivido suficiente, será demasiado tarde para borrarlas con típex. A nadie le dolerá más que a ti descubrir que has hecho tongo biográfico. [Es extraño que, a no ser que el profesor corrector seas tú mismo —que seguramente—, la conclusión lógica de esta papilla existencialista sería: y Dios te juzgará.]

Triste y desesperado, te pondrás nervioso y religioso. Los lugares comunes tranquilizadores no sirven a esas alturas. El misticismo te llevará a elaborar una fábula alegórica que huele a fósil y sin demasiada coherencia interna que, más que consolarte, sólo ahondará en tu absurdo: «Pero las rachas del viento del progreso son tan fuertes que optamos por quedarnos clavados, como un palo hierático. El viento sabe (y le da vergüenza contarlo) que el asunto pasa todo en las raíces del palo. Ahí, bajo tierra, está el fiestón del caos y de la identidad. Quien no soporta el caos, o se aburre de él, es detenido por la ley de uno mismo: caballero, identifíquese. Es usted un palo que aguanta el viento, deje de hacer nudos en las raíces que, de tanto manosear, se van a gastar. Usted no se da cuenta porque está borracho, porque no quiere mirar que no va sin frenos sino que está perfectamente encarrilado. Después de unos segundos con música de tensión y montaje entrecortado, se tensarán tanto que se romperán. Ya sin raíces, usted será sólo el palo que aguanta en superficie. Lo veo cada día, dice la ley de cada uno. Si pierde el apoyo del subsuelo, usted perderá su capacidad de decisión y quedará a merced del viento. Ya no será libre. Por el resto de su vida será un oficinista que ve tres vídeos porno al día, para lo que invierte media hora de búsqueda y selección; será una dependienta pendiente del próximo corte de pelo y de la reunión más cercana para pavonearse, en caso de que se lo corten bien y no se pasen de listos con lo de “sólo recortar las puntas”; será un matrimonio que ve el fútbol, come y recuerda (lo que pasó hace años, lo que ha pasado en su día). Seguramente a usted no le importará porque ya estará perdido, pero hay un número de personas que se dan cuenta. Son los que despiertan en una novela distópica cuando ya es demasiado tarde. Sólo quedará sufrimiento. Sólo quedará entonces ver su propia vida como un espectador, despojado incluso del mando para cambiar de canal. Reaccione, me quedan cuatro días para jubilarme. No le voy a poder ayudar después y me iré a vivir al pueblo con un buen disgusto». Vaya tela. ¿Quieres caer tan bajo que escribir esto sea tu única manera de soportar la farsa de tu vida?

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Durante los últimos cinco años has sido estudiante. Borja, estudiante. Los dos últimos, estudiante sufriente, con identidad temblorosa. Porque ya no eras un estudiante sino un poste, que miraba el viento y la lluvia (o eran lágrimas) sin poder sacar el paraguas. Sin poder cerrar los ojos. Sin poder refugiarme en unas raíces que ya habían desaparecido. Sin más perspectiva a la vista que un páramo con mal tiempo, sin opciones. Que terminaste paseando metáforas de un nivel literario propio de un grupo de speed metal. Escribir, hablar, ver esto o lo otro, viajar, trastear. ¡Nada! Sin identidad todo queda en el vacío. El poste era barnizado cada día por los operarios del lugar, que aplicaban un producto que impedía toda pregnancia. Todo lo que recibías resbalaba. Y no era absorbido por las raíces porque no había.

Algo te ilumina y pierdes el miedo y recuperas la voluntad y decides escribir en primera persona, única condición que todavía no cumplía. Borja, persona o personaje, real o ficción todo esto, experimentos textuales o autobiografía, blog de variedades o confesión. Nunca confesaré si es uno u otro; si soy ungido santo, en el futuro lo leeréis en mis diarios. Ya no soy estudiante profesional. En el purgatorio universitario me negaba a creer que existían las identidades narrativas. Y ahí estaban, como un catálogo. Sólo tenía que escoger la correcta y preguntar si había de mi talla. Y me dicen que no y luego vuelvo a casa y un día, limpiando, me encuentro un libro purgado de una biblioteca, que cogí y nunca leí. Y ahí estaba todo. Ahí estaba yo. Teoría del ensayo se llama; biografía, lo llamo. Todo lo que queda fuera del libro es lo que yo no era. No escribo cosas, no estudio, no quiero ser un académico. Soy lo que soy, y eso es un ensayista. Identidad identificada. Un ensayista de los malos, además, de los de tendencias alegoristas. Por mucho que utilice medios modernos, qué antiguo es uno.

Identificarse es refundarse. Identificarse es fundarse. Es un movimiento masoquista en el que uno se aplica sobre sí la dosis de totalitarismo que necesita para funcionar. Todo eso es mi vida y nada más. Sin identidad no hay plenitud o, lo que es lo mismo, no hay nada; así somos por el sur, o todo o cero. Vale ya de montar alegorías lloricas y de rebañar lirismos. Ahora a decir cosas y a decirlas bien. Cara a cara, cautivo y desarmado, mira mamá, soy ensayista. Soy El Ansia.

Notas de campo

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¿Por qué escribir algo como, no sé, un blog? ¿Por exhibicionismo? ¿Por incontinencia? ¿Por supervivencia o militancia cultural? Yo lo entiendo sobre todo en este último sentido, como una forma de guardar intuiciones e inquietudes, para que otros que lleguen aquí por azar o afinidad y las lean de verdad puedan pensarlas por sí mismos hacia donde les lleven o estimen oportuno. O para poder volver yo a ellas en el futuro, a recolectarlas en una hipotética profundización unida, inexorablemente, a una no menos hipotética intención de ordenamiento que algún día tendrá que terminar convertida en algún tipo de obra coherente y más grande. Digamos un libro o sus equivalentes tecnológicos. Este párrafo de Heinz Steinert en su Culture Industry (la voluntariosa traducción es mía) me ha recordado estas intenciones mías, que son las que me respondo al preguntarme de vez en cuando por los motivos de seguir con todo esto. A leer a Steinert que, tan poco mediterráneo, es mucho más exigente que un cualquiera con un blog como pueda ser yo:

Llevar un cuaderno de notas nos ayudará a consolidar nuestro conocimiento cultural. Es recomendable que hagamos anotaciones acerca de nuestras propias reacciones —así como de las de otros— respecto a acontecimientos (culturales) particulares. Deberíamos llevar un registro de nuestras apreciaciones y de nuestras discusiones, y experimentar distintas formas de interpretar los diversos fenómenos. De hecho, tendríamos que aprovechar cualquier oportunidad para escribir y comentar sobre la industria de la cultura. Hay una gran diferencia entre pensar algo para ti mismo, discutir tus pensamientos con otros y dar a tus ideas una forma definitiva mediante la escritura. En cualquier caso, nuestra memoria es de hecho mucho más limitada de lo que normalmente nos gusta aceptar. Si conservamos nuestras experiencias en la escritura, tendremos la posibilidad de seguir trabajando con ellas, comparándolas, intentando encontrar diferentes respuestas e interpretaciones y buscando otros acontecimientos que nos gustaría añadir a nuestra colección. Si luego volvemos a leer nuestros primeros intentos de interpretación, a menudo nos encontraremos con la fascinante evidencia de cómo nos hemos desarrollado, intelectualmente y en otros sentidos. (Por esta razón, deberíamos fechar nuestros apuntes.) Más aún, si alguna vez necesitamos trabajar en un tema en concreto o elaborarlo más como parte de un estudio más amplio, sin duda nos beneficiaremos de la posibilidad de releer y reorganizar nuestras anotaciones originales.

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Supongo que otros que yo me sé (o no) con blogs de crítica cultural que lean esto se sentirán tan identificados como yo, ¿no? Por otro lado, aunque acepto que escribir con este espíritu es una manera de consolidar nuestro conocimiento, no es sólo eso. No es un mero almacén o una transcripción de ideas. Como —no deja de sorprenderme— se olvida a menudo, la escritura en sí misma es una forma de conocimiento. Un proceso único en el que las ideas no sólo quedan fijadas, sino que se desarrollan en ramificaciones inesperadas y de lo más enriquecedoras (“¿de verdad eso se me ha ocurrido a mí?”) a poco que uno se deja llevar. La escritura no es una pura técnica ni un acto mecánico, sino un acontecimiento con todas las de la ley, que genera algo que antes no existía. Cuando el escribir se afronta con el respeto y el terror que merece, ambas sensaciones pueden acabar sintetizadas en una superior, de poder, estrictamente somática. Esa emoción corporal, esa electricidad, puede unirse con una actividad cerebral intensificada y una eléctrica velocidad de tecleo. La bravuconada de la conversación en persona o lo inofensivo y fugaz del soliloquio interior se superan al querer escribir en estas condiciones más o menos autoinducidas. Como un taoísmo invertido, satánico, la concentración (de “concentrar”, no de “concentrarse”) resultante provoca unas taquicardias y respiraciones aceleradas que se traducen, ellas sí, en nuevas ideas, fuertes y sanas. Llevando la creatividad a estos límites, rechazando lo automatizado —que no lo automático: las asociaciones espontáneas de ideas pueden ser fructíferas en las condiciones adecuadas—, el autoconocimiento suele aparecer a mitad de texto, más o menos, si se ha hecho bien. Además de que también se crea conocimiento en general y a quien pueda interesar. En un cuaderno de notas público como pueda ser éste.

Estos días empiezo a sospechar que mis teorías estéticas (toma chaval presuntuoso que estoy hecho) pueden acabar desembocando en un radicalismo político destructivo de lo más libidinoso que, en todo caso, jamás podría ni querría llevar a cabo. Aunque, si viera su necesidad como incontestable, sí osaría materializarlo en manifiestos incitadores de insurrecciones populares. Permanezcan atentos y no dejen de informar a las autoridades si leen aquí algo que consideren que pueda atentar contra el orden.