Cultura y shock

El choque cultural no es choque, sino shock. Traducciones parapléjicas son incapaces de explicar realidades más intensas que el lenguaje que pretende dar cuenta de ellas, aunque en algunos idiomas, en algunos momentos, se aproxima.

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Un choque cultural es una experiencia cultural. Es una ruptura sorprendente de tu visión del mundo, un matiz del azul en el que nunca habías caído pero que siempre había estado ahí. O, más bien, por ahí. Lejos de tus matices de azul, lejos del “ahí” que puedes señalar con el dedo y junto al “por ahí” invisible que puedes citar poco rigurosamente al comunicar alguna idea. El salto del “ahí” al “por ahí” es el choque cultural. Una invasión en la zona de confort que cada cual tiene automatizada, una sacudida en el concepto de armonía que, necesariamente, cada cual tiene interiorizado para ir tirando en el día a día, crea en él racionalmente o no.

Un shock cultural no es cultural. Es una experiencia de lo sublime. Una exposición personal, directa e inesperada al abismo de la vida, que desborda no sólo la cultura propia sino cualquier intento de explicación universal. No es un matiz de azul nunca antes iluminado para tus ojos, sino un cuarto ángulo en un triángulo. Esa esquina no es como las otras. Aparece sin avisar y brilla, brilla mucho más que las demás, brilla tanto que ciega. El shock es un sol negro que pone su epicentro en tu retina sin avisar, es despertarse tras una cálida siesta de junio en tu habitación y no encontrar la ventana ni la cama, sólo encontrar un vacío en el que caes sin moverte del sitio, el sol negro te hace sangrar los ojos, te mira y dice TU NOMBRE desde un lejano horizonte pegado a tus pestañas. Es Lovecraft, es Hodgson y es el dios corpóreo nunca escrito del todo por Blackwood o Machen. El shock es vómito seco, no palabra. Toneladas de diarrea que resbalan por un precipicio cuyas paredes están recubiertas por matas secas desde hace trece sequías. Es tus ojos como burbujas a unos milímetros de mercurio de explotar dentro de tus cuencas. Es esa misma explosión ocular desmetaforizada y explicable con palabras, al mismo tiempo que la experiencia de la explosión es inefable. Es la raspa de un pescado deslizándose por la garganta después de haber comido su carne.

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El choque cultural viene durante unos días de frío intenso en Foshan. La calefacción doméstica en el sur de China está incluso más ausente que en mi sur natal. Ni en chino entienden lo que es una estufa, mientras yo tengo tantas palabras para referirme a ella como los esquimales para decir “blanco”. En mi sur natal, quién lo iba a decir, estufa o no, tendemos a la armonía: cerramos las ventanas de casa cuando el aire frío empieza a incrustarse por debajo de la ropa. Pero en mi sur adoptivo, mis padres adoptivos siguen la tradición china de tener siempre las ventanas abiertas, aunque por ellas entren cubos de hielo voladores del tamaño de perros de Tíndalos. No hay que cerrarlas porque su concepto de armonía dice que, obviamente, el aire debe circular siempre por la casa familiar, para no estancarse, un suceso que causaría problemas de salud y hasta de otros tipos más espirituales. Esta costumbre choca con mi sistema nervioso endoculturado a orillas del Mediterráneo oriental, cuyo sentido de la armonía dice que las corrientes de aire en casa son sanas siempre y cuando no provoquen pulmonías y la pérdida de varios dedos por congelación. Es decir, mi sistema nervioso acepta pasivamente la existencia de la inconmensurabilidad en el mundo, mientras no tenga que exponerse a ella. Mi sistema nervioso, mi cuerpo español, es cultura y sufre culturalmente. Cierto que tras esos días de temblor constante y capas y capas de edredones y viajes al trastero para buscar viejos anoraks con cremalleras rotas, tras esos días de frío absurdamente húmedo, mi cuerpo se quedó como nuevo. Pero ¿mereció la pena el choque cultural? Claro que no. Los cadáveres de virus que son arrastrados por los canales de mis venas desde entonces no compensan las pesadillas que sufro cada vez que noto una corriente de aire en un día de menos de 15 grados.

El shock sucede en el mercado de mi barrio (mi barrio… todavía no sé si es Jiangnanxi o Shayuan, aunque sin duda es Haizhu y Guangzhou). Después de comprar vegetales, me adentré en los pasillos de la carne. El nombre es barkeriano porque la estancia lo es. Como mediterráneo nativo, estoy acostumbrado a los conejos muertos, las orejas de cerdo o los pescados vendidos con cabeza. Como mediterráneo cultural, me río de los protestantes sonrosados que arrugan la nariz con asco en el mercado de Alicante al ver casquería o peces enteros, bañados en hielo y restos de su sangre. Como mediterráneo exiliado, los pasillos de la carne son más negros y rojos de lo que puedo soportar. Por eso, allí tuve mi primer y único shock real desde que vivo fuera, mi salto al abismo del que conseguí salir cuerdo gracias únicamente a la profecía de que sería escrito. Fue comprando pescado, que se exhibe en pandillitas moribundas que abarrotan cajas con dos palmos de agua (como en el vídeo que grabé hace ya casi 3 años en Foshan). Y no lo pude soportar. El dedo de Peiying señaló un pez, que la pescadera cogió con la misma seguridad con la que una máquina de helados escupe crema. Lo puso sobre una mesa y, en un par de movimientos, le extirpó lo que sea que solemos considerar como vida. En ese momento, otros peces que se quedaron en la caja se agitaban, salpicando de agua a metro y medio del puesto. La gente que pasaba se apartaba. El fuerte vínculo de una transacción en curso me impedía apartarme. Mis gafas se llenaron de gotitas, directas de la cola de los hermanos y primos del pez que acababan de matar para mí. Y ahí llegó el shock. Boca entreabierta, cara pálida, pupilas más dilatadas de lo normal en un espacio con iluminación irregular, en mi cabeza imágenes de millones de langostas cocidas vivas emitiendo pitidos que algunos consideran que son gritos de dolor. Una experiencia del otro lado. Las autopistas de los animales muertos se superpusieron a los pasillos de la carne, pude ver los gusanos rosas interdimensionales de Re-sonator. Me eché atrás dos pasos para que los peces no pudieran alcanzarme con sus embestidas al agua. Me giré y vi dos cabezas de cabrito despojadas de la piel de nariz para abajo, el hocico en carne viva. Un estruendoso silencio llenó mi conciencia, no como apología potencial del vegetarianismo (¡demasiado cultural!) sino como impacto del mundo exterior sobre el mundo interior. Noté que mi mundo interior no era carne o mente: era carne, mente y mundo. Mundo: otros. Otros: peces vivos odiándome, cabras parcialmente despellejadas, vendedora cuyo límite de comprensión es la normalidad, novia con yuanes en la mano, chinos alejándose de proyectiles de agua voladora. El Otro: el pez asesinado, ya dentro de la bolsa del Carrefour que metí en el bolsillo antes de salir de casa, bolsa que todavía tenía el olor de los pescaditos congelados que compré allí, de oferta, dos días antes, pescaditos con ojos negros que se volvieron blancos después de pasar por el calor de la sartén. Salí de los pasillos de la carne, que no dejan de ser una extensión techada de las calles de los vegetales. Mis gafas todavía con tres o cuatro gotas, me imaginaba que era la sangre que ven los soldados con gafas en las películas de Vietnam del último cuarto del siglo veinte y principios del siglo veintiuno, yo con la misma catatonia que ellos tras ser salpicados por el reventón de su compañero de comando que ha recibido un granadazo. En la bolsa, el pez. Cada 40 segundos más o menos, los restos del pez muerto, el pez muerto, aún con cabeza, sufría violentas convulsiones que agitaban la bolsa y movían mi mano unos milímetros. Una sensación parecida a la de estar jugando al futbolín y el de delante mueve tu barra sin querer. Muchos miraban mi bolsa cuando le daba el baile de San Vito, y yo les miraba a ellos pero no les veía porque tenía las gotas en las gafas que me mantenían atrapado en el shock. El pez no podía ser pescado. Pero lo fue y me lo comí. Porque el shock no es cultural y sus consecuencias van más allá de las acciones culturales. Pasó en un mercado en China, pero podría haber pasado en la tienda de alimentación a dos esquinas de mi casa en Alicante, regentada por parte de la familia de mi amigo Adrián. Podría haber sido una reacción a los colores de los envoltorios de la bollería industrial o de las latas de refresco, pero no fue. Sucedió en mi barrio en China, Jiangnanxi o Shayuan, todavía no sé cómo llamarlo, aunque es seguro Haizhu y Guangzhou.

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El shock destruye la posibilidad de que la ontología de las cosas cambie, porque evidencia que todo es uno, sustancia spinoziana elevada al infierno de lo sublime, lo bello y lo siniestro. El shock mina la cultura, da la vuelta a todas las pieles y desnuda el ser. El choque se piensa, se siente. El shock aparece.

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El baile de la alondra

“Invocación” es un poema de Raquel Lanseros que dice otra vez lo que tantas veces le gusta a uno decirse:

Que no crezca jamás en mis entrañas

esa calma aparente llamada escepticismo.

Huya yo del resabio,

del cinismo,

de la imparcialidad de hombros encogidos.

Crea yo siempre en la vida

crea yo siempre

en las mil infinitas posibilidades.

Engáñenme los cantos de sirenas,

tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.

Que nunca se parezca mi epidermis

a la piel de un paquidermo inconmovible,

helado.

Llore yo todavía

por sueños imposibles

por amores prohibidos

por fantasías de niña hechas añicos.

Huya yo del realismo encorsetado.

Consérvense en mis labios las canciones,

muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.

Por si vinieran tiempos de silencio.

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¿Nadie se da cuenta de lo preciosos que son los pájaros? Están a nuestro alrededor cada día y casi ni los miramos. Como mucho lanzamos asco a las palomas. El asco, en todo caso, para nosotros, por el bonito desperdicio que hacemos al ignorarlos. No hay que celebrar el Día de la Tierra ni declararse ecologista militante, sólo ir unos pasos más allá de nuestro cuerpo. Aprovechar las únicas veces en las que salimos de nuestro ensimismamiento para levantar los ojos de las pantallas y agradecer al gorrión, superviviente del genocidio maoísta, que nos haga compañía y nos recuerde que hay algo más allá de los humanos. En las ciudades se olvida porque todo, todo es humano y, sin contraste, se pierde la perspectiva de que las cosas del mundo no son una sino también varias; todo lo que percibimos es humano, salvo los otros animales con los que convivimos y sobre los que no tenemos influencia. Los que no van con correa. Como tras un gran pacto arcano en el que todos aceptamos convivir, sus especies y las nuestras ocupan en paralelo el mismo espacio, habitando distintos nichos vacíos.

Los pajaritos difícilmente se pueden antropomorfizar, por lo que sólo quedan dos opciones (además de comérnoslos): poetizarlos utilizándolos como símbolos, algo que ya no podemos hacer si queremos evitar ser lapidados por la turba posmoderna que vigila para que siempre se cumpla con el más estricto antropocentrismo, mamacentrismo a lo sumo; o admirarlos sin más, por lo que son. No hace falta pagar la entrada de un zoo ni sucumbir ante un documental. Basta con mirar a la calle. Sólo nos fijamos en los pajaritos cuando se ponen en nuestro balcón o, incluso, se cuelan en uno de nuestros espacios humanos cerrados. ¿Qué pasa cuando un gorrión entra en una cafetería, o incluso una paloma se acerca demasiado a la mesa de la terraza? Que no damos crédito. Sólo en esos casos nos sorprendemos de que existan esos pobrecitos seres que te convierten a ti en un ser inocentón y con cara de bobo.

El otro día leía en un parque, rodeado de patos (nada que envidiar a los pingüinos en cuanto a simpatía), de urracas (cuyos brillos, entre lovecraftianos y tropicales, a duras penas pasan desapercibidos incluso entre nosotros los abollados) y de ocas (estiradas, con el gargajo siempre en la mirada perdida dirigida, sin embargo, contra ti). Un pajarito empezó a cantar a voz en cuello, al mismo tiempo que ponía todo su cuerpo en tensión hacia el cielo, sin moverse del suelo. Era como un gorrión, pero no era un gorrión; no todos lo son. Creo que era una alondra. A su canto unió un baile intensísimo, en el que separaba sus alas del tronco hasta hacerlas parecer nuestros torpes brazos, y erguía el pecho, muy macho ella, para impresionar a otra alondra que hacía como que no la miraba pero sí. Qué escena tan bonita. Y ahí al lado, no en un safari ni en un museo.

Malick lo ha visto bien siempre, pero sobre todo en To the Wonder: nuestra vida cotidiana moderna, la de la clase media cada vez menos media y más clase, se debate entre la derrota cínica ante el inevitable (y casi justo) imperio del nihilismo, y la felicidad que da el darse cuenta de lo que te rodea y que nadie parece ver. Lo guapa que es esa chica, lo gracioso que es ese perro, el misterio fantasmal en ese edificio sucio a la luz del día. El baile de la alondra. La cámara de Malick se despista, deja de seguir a sus personajes y se queda atrapada en la red del mundo; no hace falta ni siquiera decir que lo que le enamora es la naturaleza, sino que lo que le enamora es lo que nos rodea y no somos nosotros mismos ni todo lo que damos por supuesto a cada minuto. Nuestros ojos pueden hacer lo mismo, y detrás de ellos va todo lo demás que tenemos.

La astronomía ya sé que sí, pero ¿puede la ornitología ser cool?

Primavera (y otras verdades)

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De pequeño te enseñan muchas palabras, que darás por hecho que te iban a enseñar (lo confirmarás cuando aprendas otros idiomas) y que das por hecho que son verdad. Como las estaciones del año. Son algo natural, te dicen. O, si eres despierto: son algo natural, piensas. Te vas haciendo mayor y notas que, más o menos en abril, todos los años te pasa algo en el cuerpo. Te pasan muchas cosas en el cuerpo. Yen los otros cuerpos, más escuetos y más gritones en su ligereza. No hace falta mirar al otro lado de los cuerpos, la primavera ha llegado, lo sabes. Miras uno de los dos calendarios con pliegues y flores de tinta que le han regalado en el restaurante chino a la chica que te gusta (tienes uno que le has pedido a ella porque se han equivocado y le han dado dos, las manos piensan por sí solas en primavera), es abril, era marzo, luego es primavera. Actualizas la información en la que te han socializado, la que has naturalizado. No hace falta pasear con los ojos para ver el verde. Se sabe, es así.

Conoces a un argentino y te dice que, allá, la primavera es en otra época. El año humano no, pero el de la Tierra tiene antípodas. Qué curioso, le dices. Es una información que te choca porque nadie te lo había explicado, pero la recibes como un dato que podrías haber leído en internet. Allá es allá y yo estoy acá. Aquí, en Alicante, es clima mediterráneo. Tenemos cuatro estaciones muy claras, que me lo han explicado en Geografía. Y es que lo veo, copón. No somos tropicales ni nada. Te haces más mayor y te vas a vivir una temporada a una megalópolis que sí que es tropical. Todo verde, claro. Seguro que aquí siempre es primavera. O nunca, que lo mismo es. Te haces aún más mayor y contigo tu sociedad y te vas a vivir a otra ciudad con muchos parques. Una ciudad que se dice europea. Madrid. La imaginabas de cemento y permanentemente en un verano frío y cuarteador. Uno que nunca se acaba. Hacia marzo sales de una hibernación que no pensabas que pudiera ser tan larga. Vas a un parque, haces fotos a los pájaros. Y recibes un golpe, como de viento pero no es de viento. Es de ramas y de hojas y de tierra marrón que las contrasta. Porque te das cuenta de que todo, todo, todo es verde. Hace un rato era ponzoñoso, desnudo. Ahora es verde, como en la megalópolis tropical que ya nunca olvidarás y que siempre llevas contigo y no puedes parar de contar (¡pesado!) lo que allí viste y viviste, o como en esos pueblos de montaña que visitabas en verano con tus padres y de los que a veces te acuerdas. Habías perdido el verde. El matojo del sur es bello, con sus conejos, pero no es verde. Correlacionas (a eso sí has aprendido; por tu cuenta) y concluyes: ES PRIMAVERA. Hay cuatro estaciones, aquí sí. En Alicante había dos. En otros sitios, una. En otros incluso las mismas o diversas pero al revés. Y hasta las hay en el mundo tan extremas que parecen de otro mundo, de otro vocabulario que nunca has aprendido en tu tranquilo paralelo 40º Norte.

Aquí, en Madrid, hay cuatro. Lo sientes, no lo lees. Lo ves. Lo vives. El verde te entra en el cuerpo como un olor hace entrar por tu nariz partículas físicas de la cosa que exuda ese olor. Desengaño: has vivido una fantasía centralista. Has interiorizado realidades que no eran las tuyas. Te han mentido, tus profesores, los que tanto saben que saben. La cultura popular. A lo mejor hasta tu cuerpo estaba condicionado por tus ideas y cobraba vida porque pensabas que tocaba en primavera. No era primavera, sólo una farsa psicosomática. Pero la primavera existe. Hay estaciones, en los libros de texto, en los sitios que importan (¡precisamente hay naturaleza en las ciudades que se dicen deshumanizadas! ¡ah, verde ironía!; piensas paseando solo, solo, por el parque), que son los sitios donde se escriben los libros de texto pero no es por eso que importan sino viceversa. Donde hay parques con flores que huelen en abril. Lo hueles. Estás vivo. El mundo también, pensabas que lo estaba y no lo estaba y ahora sabes que lo está. Ahora hay un lugar y una época en la que deseas con fiereza el eterno retorno: Madrid en primavera. Primavera. Luego vendrá el verano, luego el otoño, después el invierno, después otra primavera. Qué interesante. Y qué intenso. Y qué original era yo, tan ingenuo que me había tragado unas palabras y unas ilustraciones malas que me dijeron qué era lo que había al otro lado de la ventana.

THE GOOD WOMAN OF BANGKOK: Esas mujeres viven para ti

The women of Thailand are so beautiful that they have become the hostesses of the Western World, sought after and desired everywhere for their grace, which is that of a submissive and affectionate femininity of nubile slaves – now dressed by Dior – an astounding sexual come on in a gaze which looks you straight in the eye and a potential acquiescence to your every whim. In short, the fulfillment of Western man’s dreams. Thai women seem spontaneously to embody the sexuality of the Arabian Nights, like the Nubian slaves in the ancient Rome. Thai men, on the other hand, seem sad and forlorn; their physiques are not in tune with world chic, while their women’s are privileged to be currently fashionable form of ethnic beauty. What is left for these men but to assist in the universal promotion of their women for high-class prostitution.

Dice Jean Baudrillard en sus Cool Memories. Yo le digo que se calle su delicada boquita gabacha y se deje de romantizaciones. Que no son así las tailandesas, que ni siquiera son tan guapas y que es que ni aunque lo fueran. Que me sustituya ya ese “these men” por un “us“, viejo verde. Poca broma porque hay gente que se cree lo que dicen los ancianos de la tribu como usted y luego se dedican a poetizar sobre el particular, o a ver documentales de denuncia o, peor aún, objetivos, sobre el particular. Que empiezan a llamarlo “el particular” mientras se difuminan las caras de las niñas chapoteantes sobre embarrados campos de arroz que se convertirán en mujeres sufrientes y predestinadas. Las mujeres de Tailandia no son especiales, no es un fenómeno cualitativo. Ve y díselo a una prostituta camboyana. Lo que tienen de especial, lo que no pasa en todos los demás sitios donde pasa, es que son un fenómeno de masas. Los hombres de Occidente (sólo unos pocos, los que unen la capacidad de lograr unos ahorrillos con una suficiente imaginación romántica y un ímpetu decisivo para practicar realmente su depravación deshumanizadora con muñecas reales) lo han convertido en una institución. Malditos marines. Malditos Humbert Humbert y Baudrillards. Si creía usted que las mujeres tailandesas son bellezas étnicas con niveles Def con Uno de habilidades sociales y emocionales y amorosas, haber terminado sus días en una aldea remota de alguna selva de Siam restregando sus educados billetes de meñique en alto por la cara de las familias de las chicas para que reunieran una buena dote a cambio de que usted comprobara directamente en sus carnes, las de usted y las de las hijas de la aldea, a las que echa el humo y acaricia el lomo a intervalos alternados con caricias al lomo de los puercos que sacrificarán un día para usted, para que usted comprobara en todo ese conjunto de carnes sus teorías, lo que llevaría simultáneamente a la inutilización de su dote al mancillar sus cuerpos porque ya nadie se querría casar con ellas y sólo les quedaría gastar sus euros en pillar el último autobús a Pattaya (dejarían pasar los dos primeros de la semana porque todavía no habrían reunido el valor; quién las culparía, si sabían que lo que les esperaba allí sería más hombres como Baudrillard pero por menos dinero y con menos sensibilidad y desde luego sin mirada ni palabra) para hacerse, efectivamente, prostitutas para hombres como usted. O incluso peores. Profecía autocumplida, cerdo colonialista. Ah, no, que usted las prefiere high-class, chichostesses y de Dior. Porque es como ellas se prefieren por su naturaleza y hay que satisfacerlas, ¿no? A ellas, ¿no?

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Tres: abismo

Hablaba de la segunda de tres vías por las que el cine de terror puede mantenerse vivo hoy. No son caminos independientes, de hecho las pocas películas de género que me han gustado en los últimos años poseen las tres cualidades en grados variables. La primera es la imprevisibilidad. La segunda la calidez, el cariño consciente (y transmitido) de estar haciendo algo especial y que merece la pena ser hecho. La tercera: el abismo. Del que no quiero escribir ya, mejor contemplarlo cada uno por su cuenta. Y bla, bla, bla. Leo mis palabras como si salieran de mis labios y sólo oigo bla, bla, bla. Porque no salen de ellos. Ya se ha dicho esto y no interesa. Ya dije todo esto y con más simpatía hace unos meses, quedando mucho más satisfecho. Me aburro a mí mismo. Ayer me aburrí tras imaginar (ni siquiera leer) el resultado de lo que había escrito y reescrito. Me di cuenta de que me estaba repitiendo incluso más de lo habitual y sobre unos temas con escaso interés para ser hombre. Que cada palabra tenga su sentido y su razón, pero que, por favor, no sean siempre las mismas ni los mismos. Por favor, por favor. O borraré lo publicado y lo reescribiré con ansia y con ilusión de primer latido, como estoy haciendo ahora, como he hecho con esta entrada por primera vez. Esto no es un trabajo de clase esto es un trabajo de vida esto no es literatura esto es la adorable esclavitud de ser humano.

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Me sentí viejo y aburrido. Con ganas de que Matrix se apoderara de mi blog y un tsunami de números verdes bajara destruyéndolo todo, declarando un estado de excepción y de revolución permanente maoísta. Con ganas de caos y vida y provocación y hablar a la gente y con la gente. De no ser uno más, de ganarme el puesto y ser insustituible, de no revivir Trueque Mental, que comenzó para tratar de aportar algunas cositas que no había en internet, de vivir El Ansia [Sustituye ese “internet” por “el mundo” y añade por ahí un “necesita” y eso es lo que quiero]. De no alimentar con mero peso el enorme basurero de la creación humana, de ser la niña con el abrigo rojo rodeada de palabras grises y ancianas y ejercitando un proselitismo hardcore. De ser la niña con el abrigo rojo y con los labios rojos.

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Tener taquicardias cuando escribo y oír fuegos artificiales al terminar de entregar, que no devolver, ese pedazo de mundo al mundo. Que mis palabras no hiedan a alcanfor sino a zagalico jugando y después de jugar. Ser irracional sin ser irracional, ¡porque eso nunca! Pero ¡adiós a la filosofía! Y no callarme, ¡imposible! Sólo tal vez reinventar un poco esto, recuperar (y reconvertir) la función de apasionado abismo incontrolable incontrolable con la que nació. De autoimportancia que no se pavonea sino que abraza. Regalarle otra oportunidad torrencial y abierta. Tener cada día al menos la mitad de una decena de ideas que merecería la pena publicar. Como si hiciera un nuevo blog; que ya es el 2013, que no es 2005 y ni siquiera 2009, marzo (aunque parece octubre) de ese año en el que casi empiezo a pegar con mi cabeza la ventana del autobús hasta que capturé el fuego con el que labré esto. Que uno tiene ya una edad y tiene que empezar a reírse del carpe diem pero sintiendo que algo se le rompe por dentro al desvelársele poco a poco su verdad y tiene que empezar a no dejar de hacerse el joven pero creyéndoselo, creyéndoselo. No quiero ser poeta, no otro poeta. Quiero ser persona y que los demás también. Lo sean. Quiero que la poesía muerda el cuello de todos los cínicos que la abusan psicológicamente y la empapan de sus artificios de bourbon y humo y de su odio y quiero ver cómo arranca su carne y el resultado de ese mordisco con mandíbulas intratables sea que sale un chorro de sangre en un rápido primer plano. Quiero amar y que os améis y que améis todo. Ser inocente sin baba, con la mirada limpia para poder ver y señalar. Quiero ver y sobre todo que veáis. Por primera vez. Ni profeta ni heraldo, sólo director de mirada. Apuntando con un rifle de asalto comprado y usado en Estados Unidos, si hace falta; y la hace. Que el lugar común de la víctima se vea y se duela por primera vez. Quiero complejidad clara desnuda fotografiada vivisecta. Quiero la concisión inquisitiva de la metáfora de una bomba de racimo que no se sabe si explotará pero se dirige a ti y a tus hijos y llegará a un radio de un metro de ti y de tus hijos en dos segundos. Estaría bien aquí precisamente aquí ese humilde núcleo de convicción de resistencia particular rebosante abismal al ritmo de los tiempos sin traicionarse que pido. Que sea mío absoluto y contra todo y con todo y con todos. Como acto cultural, al estar puesto en exposición. Si soy cargante me lo decís. Pero de lo que hablo no carga. Que sea algo que no hago ni puedo hacer en otras partes pero que desee hacerlo en todas partes y que todos nosotros muertos lo deseemos también. Vida vida cultura cultura mundo mundo mundo mundo Otro Otro Otro y amor. Conmigo y con todos y para vosotros ustedes todos ellos.