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El amor es siempre la posibilidad de asistir al nacimiento del mundo

Esa preciosa frase del título no es mía, claro. Es de Alain Badiou y forma parte de su Elogio del amor. Como también la siguiente:

Digamos que si, apoyado sobre la espalda de aquella a quien amo, veo la paz de la tarde en un lugar montañoso, la pradera de un verde dorado, la sombra de los árboles, los corderos con hocicos negros inmóviles detrás de los setos y el sol a punto de ponerse detrás de las rocas, y sé, no por su rostro, sino en el mundo mismo tal y como es, que aquella a quien amo ve el mismo mundo, y que esta identidad forma parte del mundo, y que el amor es justamente, en ese momento mismo, esa paradoja de una diferencia idéntica, entonces el amor existe y promete seguir existiendo.

El amor no es el encuentro, que es puro azar, sino su construcción. En ese momento epifánico que es darse cuenta de que el mundo es el mismo para los dos se fija el azar y se convierte en destino. Es imposible garantizar su duración, pero se ve con claridad que merece la pena luchar por ella, para poder compartir el mundo con el otro.

Badiou critica las tres visiones del amor más frecuentes. La primera es la romántica, que se basa en el éxtasis del encuentro, confundiendo el goce corporal, que es en último término siempre de uno mismo, con el amor, que es la única forma genuina de intentar unir las diferencias. La segunda es la comercial o jurídica, la que busca la seguridad personal, la racionalización de la relación con la mirada puesta en sus ventajas. La tercera es la escéptica, muy extendida hoy, que niega la posibilidad del amor y se conforma con paripés generalmente hedonistas y despreciativos con el otro. Las tres coinciden en su incapacidad para salir del individuo. Pero el amor que propone Badiou es el de la construcción del mundo en común, el compromiso con la diferencia, sellado con un “te quiero” que ha de ser reformulado ante los distintos vaivenes de la vida. Entre dos se crea una verdad, que gusta a todos porque antropológicamente a todos gustan las verdades. Es una «obstinada aventura», cuya recompensa es la felicidad. Y es una resistencia ante el avance de una sociedad deshumanizadora y homogeneizadora, porque esa verdad que genera es una verdad particular y personal, y sin embargo muy real, alejada del mercado y de todo lo demás. El verdadero amor sirve como ejemplo porque muestra al resto de la humanidad que la superación de la diferencia es posible, siendo además un igualador, porque reyes o presidentes caen también en su misterio. Al final, el proceso del amor tiene también una lectura política: «En el amor, mínimamente, uno tiene confianza en la diferencia en lugar de sospechar acerca de ella».

¿Es la «democracia» la versión política de la Idea de Humanidad?

[Extracto de De un desastre oscuro. Sobre el fin de la verdad de Estado, de Alain Badiou]

«Democracia», si nos atenemos a lo que puede saber de ella el filósofo, es una palabra para compartir, una palabra litigiosa. Algunas muestras de esta disparidad: Para los griegos, la democracia es un lugar -la asamblea-, las magistraturas, y sobre todo puede ser una forma de gestión de las decisiones bélicas, que son el núcleo permanente de la convocación popular. Los grandes jacobinos casi no manejan esta palabra, su lenguaje es republicano, la subjetividad que lo anima se llama virtud. En la proposición liberal, «democracia» designa primero libertades jurídicas, derechos (de opinión, de prensa, de asociación, de empresa…). La tradición revolucionaria «clasista» pone en evidencia situaciones democráticas, asambleas generales, democracia de masas, pero también figuras transitorias de organización, clubes, sóviets, comités de triple unión, etc. En la propaganda actual, «democracia» designa expresamente una forma de gobierno, la «representación» parlamentaria, cuyo protocolo de base es la elección y cuyo lugar es el sistema del Estado-partidos (en plural), el cual se opone al Estado-partido (en singular). Observemos que un sistema como este no habría sido reconocido como democrático por Rousseau (por ejemplo), para quien la división organizada de la voluntad general crea un sistema de facciones, y la designación de «representantes» termina con cualquier requisición subjetiva y, por lo tanto, con cualquier política.

Puesto que reina el equívoco, distribuyamos las palabras. Para ser estrictos, lo que llamamos «democracia», y cuyo triunfo universal se celebra, debe ser denominado parlamentarismo. El parlamentarismo no es solamente una figura objetiva o institucional (elecciones, Ejecutivo dependiente -en grados muy variables- de un Legislativo surgido de elecciones, etc.). Es también una subjetividad política particular, un compromiso que tiene a «democracia» por tema valorizador, por designación propagandística. Este compromiso presenta dos características:

– Subordina la política exclusivamente al lugar estatal (el único acto político «colectivo» es la designación del personal de gobierno) y, al hacerlo, anula de hecho a la política como pensamiento. De ahí que el personaje del parlamentarismo no sea un pensador de la política, sino un político (hoy se diría de buen grado: un «gestionario»).

– Exige como condición reguladora la autonomía del capital, los propietarios, el mercado.

Para describirla con claridad, convengamos, pues, en llamar a nuestra democracia capital-parlamentarismo.

La hipótesis subyacente en el discurso sobre el triunfo de la democracia sería, pues, esta: Estamos, políticamente, en el régimen de lo Uno, y no en el de lo múltiple. El capital-parlamentarismo es el modo tendencialmente único de la política, el único que combina la eficacia económica (y, en consecuencia, el lucro de los propietarios) con el consenso popular.

Tomada esta hipótesis en serio, se sostendrá que, en lo sucesivo -o al menos para toda la secuencia en curso-, el capital-parlamentarismo sirve de definición política a la humanidad entera.

Y si esta hipótesis nos satisface, si nos alegramos de que el capital-parlamentarismo sea la forma política, por fin descubierta, en la que se realiza razonablemente la humanidad entera, esto significa, ante todo, juzgar que este mundo en el que vivimos nosotros, los «occidentales», es un mundo excelente por cuanto es digno de la humanidad. O incluso que el capital-parlamentarismo es conmensurable con la Idea de la humanidad.

Esto es, precisamente, lo que el filósofo no puede admitir.