Archivo de la etiqueta: 15-M

99%

El análisis que hacen en South Park del Occupy Wall Street (y similares) es, por supuesto, terriblemente lúcido. South Park es, con diferencia, frente a tantas teleseries inanes o de apenas un par de ideas discretas repetidas hasta el infinito, frente a tantas teleseries que a través del entretenimiento y su capacidad de generar adicción consiguen disfrazar de respetabilidad su simpleza; South Park es, frente a tantos falsos profetas y productos de limitado interés, la mejor serie de televisión de la historia. Y sigue su marcha, siempre independiente, siempre brillante.

A partir de una alegoría, en la que los políticos hacen pagar al colegio al completo por los excesos de Cartman, tiran contra todos. Contra el 1%: es realmente culpable de lo que se le acusa. Contra los políticos: por su corrección política (la redundancia es inevitable), su debilidad, su dependencia de las apariencias; contra su tolerancia mal entendida. Contra los medios: siempre con intereses propios, siempre falseando la realidad, acomodados impunemente en el exceso. Contra el 99%: imitador de las fútiles maneras de la cultura dominante, conocedor de su posición de explotado y, a la vez, acomodado también en el exceso improductivo de ser clase media. Esto es un ataque contra la misma existencia del 99%: no sólo son minoría los que realmente salen a la calle y protestan, sino que sus acciones son inútiles por su autocomplacencia de clase media. ¿Realmente representan a un 99% de la sociedad, de verdad son sólo la punta del iceberg? ¿Todos son explotados y todos son críticos? ¿Tan simple y homogénea es la sociedad? Y ese 99%… ¿tiene siempre la razón? La gran crítica, como suele pasar en South Park, se dirige en el fondo contra la superficialidad, contra la retórica. Contra la sustitución de humanidad y valores por el abuso de palabras (o su equivalente: acciones significantes) vacías. Ninguno de los implicados es capaz de salir de sí mismo o de su hipotético grupo, nadie puede dejar de interpretar su papel. No importa que tengan o no razón: todos son incapaces de articular sus deseos. Porque no saben cómo hacerlo y porque desconocen sus mismos deseos. Sólo las oligarquías viven bien porque, aunque tampoco sepan lo que quieren, el dinero les permite vivir en la superficialidad y en la comodidad, que es hacia lo que automáticamente se dirigen todos. Nadie parece lograr conservar la dignidad. El pétreo e inexistente 99% no puede siquiera realizar un análisis adecuado e imparcial del mundo. Incapaz aún de superar la dialéctica de la lucha de clases (que aquí tiene lugar literalmente: se enfrentan los de 4º curso contra los de 5º curso), su maniqueísmo es admirablemente crítico pero no obtiene resultados, porque se autoengaña sin saberlo y, al no comprender ajustadamente la realidad, no puede actuar eficazmente sobre ella.

South Park vuelve a poner el dedo en la llaga y a apuntar a lo esencial: el gran problema no es económico, sino cultural y, si se me apura, moral.

Anuncios

Entre el miedo y la esperanza

Entre el miedo y la esperanza ante el futuro. Las protestas activas por un mundo más justo, todavía minoritarias y con menos autocrítica y heterogeneidad de la deseable, crecen y seguirán creciendo mientras sigan apretando, y me emociona que ver que en todo Occidente son iguales. Me reconozco en las de Wall Street (que me han obligado a escribir este sencillo textito), en las de Chile, en las de Francia. La represión y la censura descarada, que por fin están a la vista de todos, también son similares; una de las grandes dudas de todo esto es: ¿cuánto de ambas puede aguantar una democracia y sobrevivir, incluso si es una semidemocracia occidental? Por fin toma fuerza aquello tan prometedor que se llamó “antiglobalización” hace 10 años y que consiguieron machacar… porque entonces internet no estaba tan extendido y ni había redes sociales ni todo el mundo llevaba una cámara encima. Décadas de conciencia de clase media y de educación pública (pese a sus muchísimas carencias) han dado el resultado de que el mangoneo excesivo y descarado tiene respuesta ciudadana, aunque sea escasa y tirando a simplista; aunque sea pasiva y silenciosa, potencial. Y digo clase media porque esto es una Guerra (¿es esta 4ª Guerra Mundial la primera Guerra postmoderna?) entre el neoliberalismo y la clase media, que quizá ya han ganado los primeros pero no conseguirán todo lo que quieren en los tratados de capitulación que estamos firmando, porque los segundos no están dispuestos a ceder tan fácilmente los privilegios (justos derechos conquistados) a los que están acostumbrados. Pero las oligarquías controlan los medios y las mayorías tienen anulado el sentido de la responsabilidad social, por lo que sigue estando en manos de los poderosos cambiar las cosas. La UE en conjunto, aunque hoy completamente vendida (como la clase media, que tampoco es inocente) a la destructiva ideología norteamericana, tiene fuerza suficiente para actuar de forma eficaz. Puede limitar el impacto de los paraísos fiscales y establecer impuestos a las transacciones financieras y a las grandes fortunas, arreglando así buena parte del problema. Porque, por mucho que repitan sus consignas, hay dinero de sobra para mantener el Estado del bienestar, sólo que en los últimos 30 años, y cada vez más, han permitido que se lo queden unos pocos. Mientras se arregla esto, si se arregla, quizá se puedan admitir algunos recortes como parte de esa capitulación para evitar males mayores, siempre que sean recortes que prioricen quitar lo irrelevante primero y, si no hay más remedio, lo importante al final; por desgracia, en general está ocurriendo lo contrario y, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid quitan y empeoran recursos de la educación pública mientras siguen despilfarrando dinero en publicidad para autobombo. Esperemos que entren en razón a tiempo y esto no termine derivando en revoluciones populares, que ya sabemos cómo terminan siempre. Miedo y esperanza ante el futuro. Miedo por si perdemos, esperanza porque es una oportunidad para salir del abismo y volver a unos mínimos de cordura y estabilidad. Por si acaso, yo sigo aprendiendo idiomas; y por si más acaso, técnicas de supervivencia.

Sentido común y protestas ciudadanas

Ya son varios los textos que escribo sobre las formas y el contenido del llamado 15-M y que luego decido no publicar y desecho.

En uno apelaba a la responsabilidad de los más activos, que tienen el privilegio de estar poniendo la voz a muchos ciudadanos muy diferentes, la gran mayoría de ellos moderados. No olvidemos, como sí han hecho los políticos, que en esto todos representamos a todos, y que las ideologías personales de cada cual se quedan en casa y cuando estamos juntos sólo vale lo incluyente, aunque por ahora nos parezca insuficiente. En otro texto señalaba que las mayorías absolutas están gobernando sobre todos los ciudadanos con un apoyo popular de, como mucho, una tercera parte de los votantes. La oposición tiende a ser ignorada en estos casos, así como los ciudadanos que se abstuvieron o votaron en blanco. Los políticos que ostentan las mayorías absolutas se bañan en triunfalismos sobre la legitimidad que les da el apoyo popular mayoritario, obviando que en realidad no es tal. También escribía, con un desagradable tono panfletario, algo sobre la resistencia pacífica y la necesidad de planificar bien las acciones. Ante cada una, habría que plantearse: contra quién o qué es, para no caer en quejas genéricas ni en injustas generalizaciones; qué se pretende y si los medios son los más adecuados, teniendo presente que los objetivos básicos siempre son protestar, pedir soluciones e informar; qué hay que decir, elaborando una serie de preguntas concretas para hacer a los responsables, para intentar ir más allá del simple insulto y conseguir respuestas o, más probablemente, que se pongan en evidencia con sus mentiras y silencios. Por otro lado, las acciones ilegales, que incluyen cortes de tráfico y demás, habrían de estar muy meditadas, ya que son métodos más agresivos y con ellos se corre el peligro de perder bastante apoyo popular de la mayoría moderada (como de hecho sucedió en la Universidad de Alicante con algo similar). La desobediencia civil tendría que ser oportuna, estar justificada en cada caso y contar con el respaldo del sentir general, como pasó en Sol al responder a la prohibición de la Junta Electoral; lo que ocurrió en el Parlament de Catalunya ha sido bastante más ambiguo y criticado, en parte con razón, y por ahora ha restado fuerza a este tipo de acciones. No se puede pedir respeto a nuestros derechos constitucionales pisoteando otros injustificadamente. Preparé algo también sobre la autocrítica: ni todos los demás sin malos, ni todos los nuestros son buenos (ese es el juego de los políticos y, por desgracia, de la tradición cultural española; intentemos superarlo). Por ejemplo, al menos dos de los detenidos en los disturbios en Les Corts en Valencia son vistos en los vídeos intentando agredir o quitar algo a los policías; no se puede defender a los detenidos por sistema como se viene haciendo, hay que intentar informarse antes porque no todo el mundo es inocente. Por último, contaba algo sobre lo de ser denominados «los indignados». Esto dota de una identidad concreta al movimiento, pasando de estar compuesto por ciudadanos a ser percibido como un grupo de una gente diferente, perdiendo parte de su fuerza incluyente y facilitando los ataques. Pienso por eso que sería mejor autodenominarnos simplemente «ciudadanos», incluso «ciudadanos indignados», pero siempre quitando el artículo demostrativo que encajona a los manifestantes como una entidad aparte. Como ya se dice en varios sitios, «no somos indignados, estamos indignados».

Estas y otras cosas sobre las protestas del llamado 15-M (nombre insulso, inofensivo y vacío, propio del periodismo que nos ha tocado vivir) las desarrollaba para contarlas en este blog y comunicarlas al mundo. Pero no hace falta, y por eso no las publico. Esta masa crítica es informe y dispersa como los medios que utiliza, así que los ideológos están destinados a ser recibidos con indiferencia o, como mucho, a ser escuchados sólo por algunos sectores y no por una mayoría suficiente. El movimiento ni necesita ideólogos ni puede absorberlos por su propia naturaleza; a cambio, está demostrando un gran sentido común y capacidad de reacción, de apagar por sí mismo los fuegos que se le encienden dentro. Se abre paso de forma natural. Sigue fallando en su vertiente constructiva, pero ¿puede esperarse otra cosa de la juventud con el limitadísimo y acrítico sistema educativo que se les (nos) ha impuesto? 

Tenemos un gran punto débil: siguen siendo los representantes políticos los que se supone que tienen el deber de aportar soluciones, pero están evidentemente poco dispuestos a ello desde su mundo paralelo. Y la masa crítica no está capacitada ni tiene la forma apropiada para articular sus quejas en algo coherente. Al menos de momento. Porque cuanto más aprieten con los recortes impuestos por la religión neoliberal, más y más ciudadanos se unirán a las protestas, como sucede ya en Grecia. Y, entonces, ya no será necesario un discurso: el ruido ya no se podrá ignorar y tendrá suficiente poder para forzar a los políticos a que cumplan con su trabajo y con la democracia, como casi sucede ya en Grecia.

Me voy a la manifestación del 19-J, nos vemos allí.