Luz y terror (I): Botellones de día

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Botellones de día. Un recuerdo precioso, un deseo satisfecho en muy pocas ocasiones (y por eso memoria atesorada). Eran en la universidad, en octubre, o en primavera, bajo el antropológico nombre de “Paellas”. Los cielos cubiertos de nubes grises solían descargar, llegando una vez a crear una catarsis de destrucción, pis y hasta sexo aulario, según testimonios. Pero mirar hacia arriba y verlo todo negro no quitaba que ahí, entre la tierra, con mirada horizontal y vaso de litro, todo pareciera iluminado por el sol. Y qué distinto se veía el mundo etílico sin enmarcar por la luz selectiva de las farolas. Con el sol se veía todo. Lo que querías ver y lo que no. Claro que en esas circunstancias (de edad, cosmovisión y alteración) se quiere ver todo. Y se veía y por eso era tan maravilloso. Cuando un borracho gritaba, descubría sus dientes sin brillo y un par de gotas de baba que saltaban y lo veías. Bailes que hacían sangrar el tercer ojo moral pero que tolerabas con simpatía y empatía, siempre desde fuera, siempre mirando. Arroces mojados que repetías más que las patatas a lo pobre del comedor del colegio.

En el epílogo, el terror. Las sonrisas se sombrean. De noche, se puede ver a un intoxicado cada pocos minutos diciéndole adiós a su kebap por la boca hacia el pavimento, o tirado entre cajas de cartón mientras su tropa lo fotografía y lectores de dominical pasan a su lado (son ya las 7 de la mañana del domingo; aunque no amanece aún) girando la cabeza de lado a lado, diciendo “no” no se sabe a quién porque lo dicen en silencio y mirando al suelo o al agónico alcohólico juvenil, que ni puede ver el gesto ni opina. Todo eso es lo que se ve de noche en el epílogo, que puede incluso ser no el final sino el inicio del último tercio del arco narrativo. De día es diferente, porque no se ve individuos vomitando. No uno y uno y otro. Se ve a todo el mundo, todos iluminados por igual y bañando sus zapatos en las gachas de su vómito o el de su cómplice, algunos con el pelo mojado por la lluvia y otros con el pelo seco, los dos tipos recibiendo el rayo de sol que se filtra entre las nubes ya en retirada. Se ve todo, a todos, una panorámica post-etílica (y este es el único post- que puedo aceptar, porque no solo es cultural sino también biológico). Cuerpos sobre el césped del campus intentando alcanzar los cuerpos que están situados entre 0,10 y 10 metros de distancia. Levantando la mano los que pueden, gritando algo como los invasores de cuerpos que son. Y a la luz del día, que ya decae y se vuelve atardecer, se dan cuenta de que eso es lo que son. Que pasarán varias horas hasta que vuelvan a sentir que su cuerpo es suyo, por mucho que es precisamente ahora, embriagado, cuando más sienten su presencia y su poder. Ven la mano, el vómito, el pelo manchado, la mano ajena en la piel propia que parece ajena.

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(Más) reflexiones sobre la crítica de cine hoy

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La mayoría de textos críticos que se pueden leer en internet sobre la crítica son cansinos. Destinados al autoconsumo gremial (aunque sus consecuencias puedan —deban— salir de él), demasiado a menudo llenos de obviedades presentadas como grandes descubrimientos, de apertura de debates que aparecen como actuales y ardientes, cuando fueron abiertos (y más o menos cerrados) en los mismos términos por lo menos en el siglo XVIII. En este tipo de artículos, los críticos tienden a no ser concretos en sus experiencias y propuestas prácticas. Cegados por la importancia de internet, les cuesta centrarse en lo que urge, la actualización del ejercicio de la crítica en un nuevo contexto “moral”, no tecnológico. Un texto que me ha gustado mucho es “Perfiles críticos de la crítica acrítica”, de Horacio Muñoz Fernández para A Cuarta Parede, por su claridad, oportunidad y eficacia. Dice cosas concretas y hace las preguntas apropiadas.

Aunque hasta los más vagos de entre los interesados pueden hacer el esfuerzo de dedicar 10 minutos a leerlo, voy a resumir (y glosar, para justificar esta entrada). La parte central es la enumeración de lo que serían los tres tipos de críticos dominantes hoy: el filósofo, el historiador y el periodista. El crítico filósofo es el que se empeña en interpretar la película más allá de la misma película. La ve como una selva de signos y de símbolos que apuntan (a veces inconscientemente —sobre todo en el cine comercial—) a un segundo significado, la razón de ser de la obra. Al entender su contenido, se justificaría su existencia. La versión soft de este crítico sería el hermeneuta, que habita en el texto de la pantalla y trata de descifrarlo, busca El Tema para rellenar el segundo apartado de todo comentario de texto que consiste en decir cuál es el tema, un apartado que aquí absorbe todo el resto del comentario. La versión hard es el alegorista, para quien toda película no es más que una excusa para hablar de otra cosa diferente. No es ya que apunte a (que tenga) otros significados, como piensa el hermeneuta, sino que esos significados son el único motivo por el que ha sido creada. Por eso, una vez descubiertos, la película sobra y se puede tirar a la basura. Por su parte, el crítico historiador se empeña en releer la historia del cine, proponiendo la suya propia. Sobre el crítico periodista no creo que haya mucho que decir; se explica y se entiende por sí mismo (y a sí mismo).

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Yo, en mi evolución como alguien que escribe de cine, me reconozco en algún punto entre los dos primeros (me gustaría ser también del tercero porque, aunque poco, implica dinerillo). Mi primer blog nació con la clara voluntad de crítica histórica. Mi objetivo, mi misión, era recuperar o reivindicar películas olvidadas, desconocidas o menospreciadas, más cerca de Lo Extraño que de Lo Bello, segunda opción en la que por desgracia me encuentro cómodo ahora, en una actitud algo mesiánica, como dice el artículo de Horacio Muñoz. Sigo creyendo que es un objetivo no solo lícito sino necesario, porque gracias a internet tenemos acceso a miles de películas que ningún historiador pudo ver, por lo que deberíamos reorganizar la historia del cine, o al menos los cánones. Hoy día no hay excusa para hacer las mismas listas de siempre de “mejores películas de la historia”. ¿Cómo es posible no incluir al menos un 20% de películas personales, propias, no demasiado vistas y que sinceramente uno considera entre las más grandes? El problema de este modelo de crítica es que es un modelo de selección, no de crítica. Está muy bien nombrar y recuperar, es genial escoger hablar de obras de las que apenas se ha hablado, pero ¿qué decir? ¿Cuál es el contenido de la crítica?

Cansado de limitarme a ser un selector, cada vez escogía más por lo que tenía que decir sobre la película que por hablar de una película concreta. Así me fui convirtiendo en crítico filósofo, espoleado por mi vuelta a la universidad y la inoculación del virus académico. El crítico filósofo tiene una variación que, creo, respeta a la película. Es la que practico yo la mayoría de las veces. Consiste en utilizar la obra como excusa, como modelo, parte de ella para hablar de otra cosa diferente. De una cosa filosófica, más importante, ejem. Con esto, el crítico interpreta la obra pero sin ofenderla, porque reconoce tranquilamente que lo hace en beneficio de sus ideas propias y no de las de la película. El hermeneuta y el alegorista violan la obra, porque afirman que su interpretación es una lectura del mundo de la obra y no una lectura del mundo desde la obra, que es lo que hace el otro tipo de crítico filósofo que propongo y que reconoce no estar haciendo crítica de cine.

El problema de estas tres opciones es que, unos creyendo hacer crítica de cine y otro escribiendo algo diferente, no prestan atención a la estética. Esto, que el artículo lo dice muy claro y muy bien, lo aprendí de José Luis Molinuevo y, desde entonces, batallo conmigo mismo cada vez que escribo para conseguir hablar de la película como punto de partida y de llegada, haya lo que haya en medio. Realmente es un trabajo difícil, cuesta mucho centrarse en la obra, interpretarla y criticarla, dar vueltas a su alrededor y, al mismo tiempo, no caer en la deshumanización del arte por el arte, del cine como algo en una dimensión diferente del mundo que lo produce y recibe. Esto es lo que trata la parte de fondo del artículo de Horacio Muñoz: ¿cómo se puede escribir crítica hoy? Antes, el canon estético era algo ortodoxo que todos, crítico, lector y público, conocían. El trabajo del crítico común podía limitarse a hacer check en las casillas de corrección estética y corrección moral, y ya estaría haciendo un trabajo de crítico digno. Como dice el autor del artículo, eso es lo que siguen haciendo los críticos de la prensa no especializada (y parte de la especializada escrita), con su visión limitada a un tipo de cine, el que sigue las formas clásicas y narrativas estadounidenses. Por puesto al día que estén el envoltorio y el ritmo, si cumple con su lenguaje y entretiene y además tiene un guión sólido que habla bien de la vida y del hombre y del cine, es buena. Si no cumple con lo establecido: uf. El crítico como experto en control de calidad. En parte lo envidio, porque todo trabajo automatizado no demasiado exigente es la clave para conservar la salud mental.

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Pero los cánones han estallado, todo lo Hollywood se desvanece en el aire. Entonces, ¿qué puede hacer el crítico? Sin estándar, ¿cómo criticar? ¿Solo le queda confiar en su subjetividad, su intuición? ¿O tirar de alguno de los tres modelos de crítica vistos más arriba? Ahora estoy parafraseando el artículo, pero es que ese es exactamente el problema que se encuentra cualquiera que escriba crítica de cine hoy, cualquiera que lo haga con un mínimo de reflexión y autoconsciencia y sin el piloto automático puesto. Ya no es solo qué decir, para qué decirlo o cómo decirlo, sino ¿de verdad tengo algo que decir? Si uno es capaz de responder a esta pregunta vigilándose a sí mismo para no caer en el solipsismo, podrá escribir crítica.

Pero ¿cómo se puede ser honesto y tener algo que decir y, al mismo tiempo, no caer en el fanboyismo ni olvidar la primacía compartida (y unida en la película visible) de la estética, la historia, el espectador, el crítico y el mundo? Pues se puede hacer así, viviendo todo eso a la vez y sintetizándolo. Confrontar la película individualmente, ponerla en contexto (histórico, personal), conocer y explicitar la época de la que surge y la que la recibe en este momento, quizá no crear nuevos criterios críticos (ni siquiera temporales), examinar sus temas, sus tropos, sus trucos, sus logros y sus limitaciones. Y, mientras en una columna se va listando en rojo todo eso, en la de al lado, escrito en color azul o negro, está el mundo, como un pajar del que hay que sacar (previo entrenamiento) las agujas adecuadas para las hebras de cada obra. Sin perder de vista que se pretende confeccionar la prenda con el propósito de que la compre alguien que la necesite. El crítico tiene que poner los ojos bizcos, mirar las dos columnas a la vez y sintetizar lo que piensa y siente. Refiriendo ostensivamente la película, en todo momento o al menos en los momentos clave del texto que va a (que debe deber) generar.

Eterna promesa

Este es un texto confesional que culmina en una pregunta práctica, técnica, dirigida a quienes me leéis.

Hace un par de semanas, supe que me denegaron la beca FPU para hacer el doctorado. La quería para poder dedicarme durante 4 años, como un trabajo, a leer y a escribir. Y, después, seguir intentando cobrar por hacer lo que más me gusta, lo único que me llena como el aire a un globo, eso con lo que creo que puedo ayudar un poco a la sociedad. La noticia fue el final de un plan general de vida que tracé hace ya 6 años, sin determinismos y más por inercia que por convicción, cuando decidí volver a la universidad a seguir en el 2º de carrera que tiempo antes había abandonado por holgazán, o para poder leer más y ver más películas, o para poder tener un trabajo basura que me permitiera vivir solo y leer más y ver más películas y tener siempre amigos y amigas en mi casa.

Por un error de cálculo (los confusos documentos burocráticos no han ayudado), los últimos meses he estado convencido de que tenía bastantes posibilidades de conseguir la beca, más aún después de haber formado parte del grupo de elegidos que han superado la primera fase. Todo hacía pensar que mi estancia en China iba a ser solo una parada temporal en mi vida, la última antes de dar el salto a la gloria académica universal. Pero mi optimismo fue un error de cálculo y he quedado lejos de la beca. Podría seguir intentándolo, volver a pedirla si las ruinas del Ministerio de Educación se animan a seguir convocándola, pedir otras. Sin embargo, ahora mismo creo que se acaba aquí mi carrera académica, acabada justo al filo de comenzar. Fin de la cita. Ni puedo ni me apetece seguir siendo joven promesa, con 32 años ya, por bien llevados que estén. Daré algo de lástima a algunos profesores y compañeros que creían en mí, que se quedarán con mi imagen de promesa académica, congelada entre 2008 y 2014. Pero que no lloren. No estoy acabado (…dentro de diez años ya veremos).

Ahora toca decir en voz alta las sombras del mundo académico humanístico para engañarme un poco y aplacar la frustración: la dificultad de abrirse un hueco profesional en él, cómo consigue limitar el libre fluir del intelecto y la creatividad, su demasiado frecuente alejamiento de la praxis y de la sociedad, su autosuficiencia. Sin embargo, ya fuera de la universidad, lamento lo que voy a perder, probablemente para siempre: un sueldo con el que sobrevivir haciendo lo que más se aproxima a lo que me gusta y no otra cosa, una exigencia y regularidad intelectual que me obliguen a mantenerme activo como pensador y creador. Adiós. Me veo de nuevo en esa situación tan incómoda de tener que buscar un trabajo de verdad, más difícil aún para un licenciado en Humanidades con un máster en Filosofía que ya no está en la veintena. De momento, el camino se anda con escaso aunque suficiente éxito, además de que se abren perspectivas razonables de una alternativa aceptable, como es vivir de redactar y corregir y proofreadear. Pasar por el aro de la realpolitik cotidiana es una circunstancia de la que ya no puedo escapar (¡ni quiero! ¡no otra vez!) volviendo a estudiar, volviendo a entregarme a la noche o volviendo a encerrarme en casa. El hikikomori, el noctámbulo y el estudioso no pueden ser otra vez lo que me definan. No me da la gana.

Afortunadamente, en el último año he conseguido poco a poco poner en marcha mi alternativa vital por si la carrera académica me fallaba. Pensaba que no sería tan grave perder el doctorado si conseguía mantener la cabeza fresca de otra forma: escribiendo. El problema es que nunca había podido escribir con regularidad, por distintos motivos que solo conocen los retorcimientos de mi cerebro. Los primeros meses después de terminar el máster fueron oscuros y vacíos, no del todo improductivos pero lejos de lo que necesitaba. Mi salvación solo parecía encontrarse en la vía académica, en el peso de la institución obligándome al trabajo intelectual. Eso aún era una posibilidad lejana en el tiempo, ni siquiera convocadas las becas estatales. Cada día me levantaba ante un cartel imaginario pero muy real de “abandonad toda esperanza”. Pero lo he conseguido. El plan de choque que inicié en enero, y que ha estado a punto de descarrilar demasiadas veces, ha terminado funcionando y ahora escribo casi todos los días. ¡Por fin! ¡Por fin hago lo que quiero hacer! ¡Viva la libertad y el individuo! ¡U Ese A! El golpe definitivo vino de un recomendabilísimo y divertidísimo libro confesional sobre escribir, Bird by Bird de Anne Lamott, que en mi caso actuó como un libro de autoayuda puro y duro, tanto a nivel creativo como vital, ambos extremos unidos. Allí encontré la frase que ya no me permitiría fracasar, que me obligaba a escribir. Se la dijo a la autora un amigo escritor: le dijo que escribía porque la otra opción era suicidarse. Dejémoslo en que lo interpreté como una metáfora tremendamente eficaz.

Así que ahora escribo y escribo. Pero el blog se me queda corto, este blog que es tan importante para mí, aunque tenga que reconocer que nunca lo he explotado del todo. Aquí tengo una gran escuela, un lugar de desahogo y libertad creativa en el que puedo dar rienda suelta a mis intuiciones. Y este es el problema, que en el blog, al final, apenas me limito a intuiciones. Los textos que publico, como ya he dicho alguna vez, son elaborados en un rato más o menos largo y publicados en el rato siguiente. No tienen maceración, más allá del sedimento cultural y vital que ya acumulo, o del tiempo que lleve masticando de forma inarticulada las ideas centrales. Empiezan a ser escritos en un día y terminan de ser escritos y entregados al mundo en el mismo día. No cambian, por muchos añadidos o correcciones que se me ocurran después. No se revisan más allá de lo presentable, apenas tienen apuntes de sus potencialidades. No llevo al límite su coherencia ni elaboro a fondo su estructura. Se quedan fijados. Como mucho, fantaseo con que son un almacén de esbozos que algún día desarrollaré.

Por todo eso estoy haciendo algo más. Estoy escribiendo textos más largos, desde 2.000 palabras hasta el infinito, a los que doy todo el tiempo que necesiten. Y el tiempo es mucho más importante que la extensión. No me atrevo a llamarlos ensayos ni relatos ni experimentos, aunque por ahora tienen unos gramitos más de lo último que de lo primero y apenas unas gotas de lo segundo. Pero los que leáis este blog os podéis hacer una idea de por dónde van, en algún punto descentrado entre la escritura automática, la literatura abierta y la crítica cultural. Solo tengo un puñado terminados, pero el problema va creciendo y tengo que decirlo ya: no sé qué hacer con esos textos.

Estoy escribiendo todo esto para pediros consejo, a los tres o cuatro indocumentados que me seguís con regularidad, a los diez o quince perdidos que caen aquí por alguna búsqueda en Google que nada tiene que ver con lo que digo (pero quizá mucho con lo que no me atrevo a decir). Mi primera idea era crear una especie de pseudoeditorial paralela al blog, para publicar cuadernos o pequeños libros que recopilen esos textos en PDF y, sobre todo, formatos de libro electrónico, con hilo temático (estoy desvelando el misterio del teaser que publiqué hace unas semanas) o ni eso. ¿Por qué un formato descargable? Porque pienso que los textos en html no se leen con toda la atención que idealmente requerirían, perdidos en un mar de pestañas en segundo plano y lectura diagonal. Ante esto, experiencias como la Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura de Pablo Vergel, la Prosa Inmortal de los de siempre o el Fantasmas contra extraterrestres de Javier Avilés, han sido fuentes directas de inspiración. Sin embargo, también he pensado que, si solo están accesibles mediante descarga, es bastante posible que se lean menos, porque la gente suele (solemos) ser tirando a vaga y nada más cómodo que leer algo directamente. Más aún con el móvil, que facilita mucho la lectura atenta de entradas en blogs o webs, gracias a inventos como Pocket o Feedly, sin mil pestañas que te miran de reojo, sin más ruido de fondo que el del entorno de nuestra querida sociedad postliberal.

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En resumen, quiero preguntaros cuál creéis que es la mejor forma de sacar a la luz estos textos. ¿Cómo se van a leer más? Algunas opciones previas: montar una pseudoeditorial online para ofrecerlos en descarga gratuita (con opción a pagarme una empanadilla), organizados en cuadernos o de manera individual; organizarlos como una revista periódica, quizá con un tema principal del que haya más de un texto, pero con cabida para otros; crear esos mismos cuadernos o revistas pero, además de dar la posibilidad de bajarlos, mantenerlos accesibles directamente en la web; subirlos a Amazon o alguna otra plataforma de uno en uno, siempre que tengan una extensión mínima (nada fuera de lo común), publicitándolos en este vuestro blog; lo mismo, pero con un blog o web dedicado en exclusiva a estos textos extensos y trabajados; ponerlos directamente aquí en el blog, sin descargas, a palo seco o por entregas; imprimirlos para poder quemarlos y mandarlos al infierno de las letras del que nunca debieron salir, incluso cuando eran indefensos nascituri. Etcétera, etcétera, etcétera. Por su heterodoxia y probable inmadurez, quedan (de momento) fuera las opciones de moverlos por editoriales o enviarlos a concursos. Quizá lo mejor sería una mezcla de algunos de estos puntos o una guerra total. Por supuesto, juntar los textos en pequeños libros temáticos sería la opción más sencilla, porque eso casi se mueve solo. Esa fue la idea primigenia, una serie de textos a partir de algunas de mis experiencias en China. Pero tengo una mente algo dispersa y me cuesta mantenerme fiel a un tema…

Me gustaría leer vuestros comentarios, si es que hay interés, y vuestros consejos y experiencias. No solo en relación a cómo puedo publicar yo lo que escribo, sino también sobre la cuestión en general. Quería mantener todo esto en secreto hasta el gran anuncio, pero como no tengo manera de llegar a producir algo que anunciar, prefiero apelar a la mente colmena de internet. Mi objetivo básico es que se lean, que se lean más que el blog porque estoy invirtiendo en ellos incluso más que aquí. Cuanto más ¡y mejor! se lean, mejor.

Release the kraken!

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Uno de los grandes placeres de haber consumido compulsivamente ficción durante años, puede que el único útil, es ser capaz de reconocer cómo la realidad copia a menudo los parámetros narrativos que hemos leído o visto cientos de veces en historias inventadas. No hay posible discusión sobre ¿qué fue antes, el tópico literario o la costumbre social?, porque la materia prima del primero es la segunda, a la que al final termina dando una nueva forma en una bonita, y universal, venganza de la creatividad sobre el mundo que le niega su verdad. El amor romántico y muchas de las rutinas derivadas de él que desarrollamos en nuestras relaciones proceden hoy del audiovisual, al que copiamos sin darnos mucha cuenta pero notando que, si queremos una vida intensa, hay que representarla como en las aventuras que nos han emocionado intensamente. Si no se copia a la ficción, la vida puede ser interesante o profunda a largo plazo pero, a estas alturas de la civilización, el largo plazo es una cosa que pertenece al mismo universo que los relojes de bolsillo o pensar con frases largas y articuladas. No es de esta época y no tiene un efecto decisivo sobre ella, ni un impacto real sobre aquellos que la vivimos. Sustituimos el largo plazo por la punch-line o el golpe de efecto.

Un topos audiovisual muy simpático es el siguiente, puro golpe de efecto antes que sensatez: alguien se enfrenta a otro alguien al que parece que va a poder vencer sin problemas. Por lento, gordo, escuchimizado, tonto o, sencillamente, miembro del bando equivocado. El aparente ganador ve su confianza por las nubes, gana antes de empezar. El que va a perder intenta aguantar el tipo, rascándose la oreja cuando el ganador le mira, para tapar su cuello y que nadie se dé cuenta de toda la saliva que está tragando. Llega la hora de la verdad, pero el desenlace esperado no llega. A cambio, la música sube al siguiente estrato emocional y anuncia un giro argumental, que provoca que el corazón pegue también a su vez unas cuantas vueltas. Y es que resulta que el ganador, al final, no se tiene que enfrentar a la carne de cañón. No. En su lugar, sale un hombre (necesariamente un hombre, si es que no lo era antes), enorme, poderoso, con zumo de nabo por materia gris y jamones bien duros por brazos y piernas, puede que lento y gordo pero solo si son características positivas en el caso particular. El ganador ahora ve que su lugar en el mundo era mutable, que es una persona enfrentada al caos connatural al universo y no, como imaginaba, la última y superior encarnación de un arquetipo heroico al que muchas mujeres querrán toquetear. Descubre que le van a reventar los dientes cuando era él quien iba a reventar los de otro, más débil. Ahora el débil, el inerte, es él.

Este patrón se reconoce en aquellos dibujos animados de, creo, Looney Tunes, en los que alguien vacilaba a un perrito inofensivo, hasta que aparecía su defensor, su amigo perro compuesto por tres plantas y cuatro bajos con almacén de cosas muy pesadas. Es el arco argumental del primo de Zumosol, del tío Phil perdiendo al billar ingenuamente hasta que saca su palo de profesional al que quiere más que a su mujer, de tantos momentos memorables de Juego de tronos (siempre basada en la alteración de la predecibilidad del poder), del gitano (quien escribe esto no es gitano) de 11 años que te amenaza y le devuelves una carcajada que se congela a los quince segundos (sí, te has reído durante tanto tiempo) cuando llega parte de su familia, más grande, más morena y, sobre todo y en general, más que tú.

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Y ha sido también el momento cumbre de una situación real vivida en un partido del Mundial —suponiendo que el fútbol profesional se sitúe en la dimensión de lo real y no de lo ficticio—, los cuartos de final entre los Países Bajos y Costa Rica. Haciendo honor a sus nombres de universo de fantasía, nos regalaron una reivindicación práctica de la ficción traspasada a nuestro mundo para encoger almas. Cuando se veía que iban a llegar a los penaltis, Van Gaal quitó al portero titular y puso a otro, uno que llevaba de relleno. Y que podía tocar cualquiera de los tres palos de la portería estirando un poco cualquiera de sus hinchados miembros. Los costarricenses reconocieron al momento el giro narrativo como algo que habían visto en películas y series, identificaron con temblor ese topos del monstruo imbatible que aparece cuando ya se ve uno triunfador, el Bowser que emerge tras la tranquilidad de haber bajado la bandera del Mario. Y los costarricenses, como sus homólogos en la ficción, interpretaron su papel y se echaron a llorar y llamar a su mamá. Sabían que no iban a poder pasar pantalla (no, desde luego, solo con cinco intentos), porque eso nunca ha sucedido en esta situación que tan bien conocen.

El portero-kraken se llama Krul, apropiado nombre de jefe final. Y se golpea en el pecho y te dice que no va a violar y matar a tu hermanita angelical porque ya lo ha hecho y no en ese orden. Te mira, te escupe fuego a la distancia justa para no quemarte, pero para que tengas claro que a la próxima serás ceniza. Ruge con la boca muy abierta, mirando a la cámara, porque sabe que eres tú quien está mirando la pantalla y que, por tanto, te vas a sentir aludido. Enseña las mandíbulas, los músculos, su atroz indigencia mental y soberanía física. Su cara de haber sido ridiculizado y pegado en el colegio te dice que ahora se cobrará contigo la venganza. No te toca, pero ya te ha derrotado. Te humilla. Y no te sientes del todo mal por haber sido vencido porque, en fin, ¿quién puede ganar a Krul? No es mérito suyo. Él, como tú, no es más que un personaje. Los argumentos están para cumplirlos hasta el final.

Cazador negro, cerebro blanco

Una imagen que me gusta mucho del fútbol de selecciones es la de los entrenadores blancos dirigiendo equipos negros o amarillos. Me gusta porque alaba al colonialista (sin “neo-“) que llevo dentro. Que está dentro de todos los europeos, como una tenia en el intestino de una modelo: está conceptualizado como una enfermedad, pero trae la felicidad porque te hace verte más delgada y guapa. Que Camacho entrenara a China o que canosos europeos (Europeos; merecen tanta mayúscula como el continente, porque su estirpe es de nombre propio) pongan a correr a, como dicen los periódicos, “titanes de ébano”, me parece un reconocimiento público de nuestra superioridad. Sí, somos genéticamente mejores. Sí, tenemos “un mystique determinado”. Nuestro je ne sais quoi es una cosa muy concreta para esas culturas tan pragmáticas: es el éxito. Nos necesitan y lo saben. Y saben que lo sabemos y que les haremos el favor. Les dimos el progreso y ahora quieren que les demos el triunfo. Y seremos magnánimos, en agradecimiento a su reconocimiento explícito y valiente, ¡en pleno siglo XXI!, de que somos mejores y tenemos un cerebro como una sandía de grande. Los suyos, lichis. Nuececillas. Les aportamos una reina con premio Nobel que instaura un régimen de mente colmena.

Camacho (China)

Lo tenemos en la sangre. Sin nosotros, los equipos africanos son meras aglomeraciones de atletas indisciplinados e instintivos, prodigio físico sin un triste seso. Cuando faltamos, los equipos asiáticos revelan toda su fragilidad y torpeza. Lo tienen en la sangre. ¡Estructura! ¡Inteligencia! ¡Resistencia! ¡Fuerza orientada a objetivos! ¡Poder! ¡Poder! Todo eso les regalamos.

Esto no pasa solo en ese mundo raro (y más políticamente incorrecto de lo que parece) de los campeonatos de selecciones. Aquí, en China, un entrenador italiano ha llevado al éxito a un equipo demencial como es el Guangzhou Evergrande. Mérito que todos reconocen está en la europeización de su preparación, mentalidad y juego. Los burócratas de oficinilla también se dan cuenta de esta verdad (que algunos llamarían racista, pero ¿puede una verdad ser recibida con un juicio moral tan fuerte?), y buscan europeos que superioricen a su fútbol a todos los niveles. Hace poco conocí a un militar jubilado extremeño que pasa buena parte del año en Guangzhou, dando clases de español a unos equipos de adolescentes que quieren ir a España a petarlo. Cuando no está compartiendo su sabiduría natural con respetuosos discípulos de cabeza baja, hace paellas y enseña esperanto a otros chinos. ¡Habilidades culinarias! ¡Sentido de la existencia! ¡Poliglotismo! Si es que como para no querernos. Como para no necesitarnos.

Finke (Camerún)

Luego la mayoría no ganan, es verdad, pero es su culpa. De donde no hay no se puede sacar. Ni siquiera nosotros podemos. Míralos, a los negritos y los moritos (que no son negros, pero que no se les suba a la cabeza), que siguen haciendo guerras y matándose entre ellos aun después de que les hayamos descubierto los secretos de la modernidad.

[Post scriptum: He oído que una nueva forma de dopaje, que hará furor (y provocará furor en los organismos de los futbolistas), es hacer transfusiones de sangre de los entrenadores europeos a sus jugadores negros y amarillos. Y también he oído que Estados Unidos está en contra.]