¿A qué huelen las cucarachas?

Las cucarachas huelen a paja seca, a aglomerado de virutas de serrín compactas como el que terminó siendo toda la materia interna de aquel ciervo volante que capturé en Asturias cuando tenía diez años y terminó momificado en vida después de habitar una caja de zapatos durante una semana.

Huelen a patitas con espinas y dos o más ángulos, extremidades cortadas por su único depredador lógico a entender del hombre: una rata en mitad de la noche. Las patitas son abandonadas sobre la lavadora y son confundidas al día siguiente con el hilo de lana del jersey nuevo (estamos en noviembre).

Las cucarachas huelen a luz recién encendida. En su defecto, hieden aún más fuerte a sombra invisible innombrable en la oscura negrura de brea tenebrosa que inspiraba a Lovecraft.

A medio bote de insecticida vaciado con el mismo oportunismo exacerbado con el que un policía vacía gas pimienta en la cara de un occupier. Oportunismo porque es una rara oportunidad para vaciar con violencia algo sobre algo pasivo, el deseo que ocupa mañanas y tardes de forma subrepticia y, en especial y en abierto, noches y despertares a media madrugada. Este deseo tiene el mismo hábitat que las cucarachas.

Las más grandes y menos pulidas huelen a trópico y a exilio, al barco que tomaste para huir del país y que en realidad fue un avión, pero no lo recuerdas bien porque allí no había nada vivo y prefieres pensar que viniste un par de pisos más arriba del ataúd de Drácula. En el avión no hay cucarachas, ni misterio, ni vida, ni aroma de huida. Solo azafatas y pasajeros.

Todas huelen a película de ciencia-ficción de la Guerra Fría, son un eco de violencias apagadas que esperan en las tuberías de la civilización para volver a tomar el control mediante el miedo.

Apestan a vómito siempre contenido, a hedor imaginado, a barro nunca visto en el que viven y crecen larvas inocentes, calladas, instruidas para sufrir un genocidio en sus cuerpecitos anillados.

Huelen a ausencia de género y a intersexualidad depurada, a coito de libro de biología, a vejiga deshidratada, diseccionada.

Huelen como el barniz de miel o azúcar líquido que recubre su piel dura, vuelta del revés, con la bilis haciendo el papel de los poros.

Las cucarachas huelen a grito mudo, a millones de patas correteando sobre la superficie limpia de la cocina sin hacer un solo ruido, sin despertarte mientras duermes. Si cobras vida a la hora de los espíritus es por culpa de pesadillas que nada tienen que ver con ellas. Ellas te esperan en la cocina de camino al aseo para pavonearse de que no las puedes oír, están orgullosas de no causarte pesadillas y, a la vez, de ser por sí mismas una pesadilla independiente de ti, fuera de ti, lejos de ti, de tu poder como humano gigantesco y seguro de tu fuerza sobre ellas.

Huelen a miles de hijos que crecen en el agua sucia llena de migas de pan entre tu pared y la del vecino, familias completas de crustáceos terrestres que sobreviven en el espacio prestado por esos artrópodos silenciosos llamados cucarachas.

Las cuales huelen tu miedo y deciden bailar con él como si danzaran con el diablo bajo la luz de la luna.


[Imagen: Mr. Kraken]

La luz no es una metáfora

Estar seguro de que la luz es una metáfora o un símbolo, y nada más que eso. Que solo de esa manera puede la luz ser hablada o escrita. Pues no. La luz, la media luz, las sombras distinguibles solo en la falta de luz, los juegos lumínicos, los brillos, los destellos reflejados. Todo eso es lo bastante poderoso y sugerente por sí mismo como para, encima, tener que empotrarle un segundo significado. El discurso filosófico o poético que apunta a la luz como algo que apunta a algo es un discurso ciego, que no sabe mirar las cosas, petulante y antifenomenológico, en un sentido que incluso ofende a los antifenomenológicos. Cuando nos dicen (nos decimos) que la luz representa la Verdad, o cosas aún peores, de hecho ocultamos la verdad desde un antropocentrismo insoportable y decadente. La luz transporta debilidad cuando es lirismo, soberbia cuando es concepto. Definir la luz como algo más que luz es una moralización gratuita del absurdo de la existencia, que arrebata al vidente la posibilidad de ver el universo en su pureza, al mediatizar su mirada dirigiéndola a un pensamiento y alejándola de la realidad. Tampoco es cuestión de mirar el dedo del mono que señala la luna, pero sí de no creerse más listo que el que no mira lo que señala.

Entonces… ¿nos aleja toda metáfora y símbolo de la experiencia directa del mundo, empobrecen la vida por definición? No tiene por qué. El caso de la luz es particular. Ella es algo tan presente, tan constante (y necesario) en cada paso que damos o mirada de reojo que echamos, que utilizarla metafórica o simbólicamente es como no decir nada. Usarla lingüísticamente, en lugar de constatarla viviéndola, es convertir una realidad en una mentira. Un escarabajo, una miga de pan, una hoja que cae, un ojo enrojecido. Todo eso tiene gran potencial de segundo sentido. Pero ¿la luz? Claro, ¿y por qué no el lenguaje? El lenguaje como símbolo… ¿de qué? ¿De la humanidad? ¿Del ascenso de la humanidad? ¿De la caída de la humanidad? De todo y, por eso, de nada. Las metáforas y símbolos son maravillosas a pequeña escala, pero si se rebasa cierto nivel de zoom se esfuma toda su fuerza descriptiva. La luz como Verdad es lo mismo que decir el aire como Vida, el fuego como Muerte, el agua como Movimiento. Y que la Sustancia me perdone.

La luz funciona perfectamente siendo luz, con mil matices y sugerencias. Cambia, literalmente, la forma de ver el mundo. Ilumina, literalmente. Y eso, fuera del terreno del símbolo o la metáfora, no es ni bueno ni malo por sí mismo. La iluminación es lo que es, y su gran valor es que muestra lo que hay. Sin coartadas y sin dejar una vía de escape a la negación. Este es un hecho que no se puede juzgar ni interpretar. Si hay luz, se ve. Si además se mira, si encima se mantiene la mirada, se siente lo que se recorta del mundo. Por mucho que se empeñen, los sentidos no engañan, si se les hace caso con atención y juego limpio; otra cosa es lo que se haga con la información que dan.

La luz es una cosa y además funciona como otra. Es en sí misma luz, funciona como iluminación. La combinación de ambas permite hablar de la luz como la gran mediadora. El intermediario definitivo entre el ser que ahora puede ver gracias a ella y aquello que, sin la luz, ya estaba allí, invisible. Al usarla como símbolo o como metáfora, se le acumulan capas encima que le roban lo que es. Nos lo robamos a nosotros mismos. Es precioso acceder al mundo mediante estos recursos literarios (o lingüísticos, sencillamente), a menudo hasta necesario. Pero a veces es un error. No porque estén mal escogidos, ¡es prodigiosa la idea de identificar la luz con la Verdad, o hasta con Dios!, sino porque estorban más que ayudan, oscurecen más que iluminan (con perdón de la metáfora). Ponen poesía falseadora y generalizadora para tapar miles de verdades relucientes, que se ofrecían desnudas a quien tuviera la desvergüenza de mirarlas sin miedo.

Hablar de la luz como si fuera una metáfora, o un símbolo, es un expolio de la experiencia directa del mundo. Es el gran fracaso del humano que se cree demasiado listo, sin saber que su inteligencia le está aplastando y haciéndole mucho, mucho más tonto.

La escritura como inmortalidad

Si lo que uno quiere es vivir eternamente, no vale con tener vástagos. Tiene que escribir.

Hay que escribir y luchar por garantizar que lo escrito va a perdurar. ¿Y cómo no va a hacerlo? ¡Es tan fácil copiarlo! Sólo se necesita un mecanismo para tipografiar, manual o digitalmente, y una superficie, orgánica o virtual, sobre la que inscribir el texto. Cualquiera puede hacerlo. No hagas cine, apenas veas cine ya, en el 2013. Ahora graba y comparte imágenes, consciente tanto de su importancia como de su pronta caducidad. El cine es una pérdida de tiempo, una moda pasajera, la manifestación de una época. El cine desaparecerá físicamente. O será imposible reproducir las películas conservadas. Y, en general, casi mejor así. Lo malo es que cabe imaginar que sobrevivirá un pequeño porcentaje de obras, las que aparecen en los cánones. El arte pictórico todavía resiste, pero no olvidemos que sólo existe desde hace unos siglos y que terminará hecho papilla. Lo único que durará son los textos. Pocos, quizá no los que se necesiten en los futuros, pero permanecerán. Descontextualizados, ajados, mareados y hasta traducidos y traicionados, pero algunos quedarán. ¿Quién te dice que no serán los tuyos? Alguien tiene que decirles algo a los que vienen.

Hay que escribir. De cualquier cosa pero con convicción. Con sinceridad. Poco a poco, con las inseparables hermanas la lectura y la vivencia, al convencimiento se unirá el conocimiento.

Que alguien haya escrito algo es la única posibilidad de conversar directamente con el pasado, la vía mediante la que los (para nosotros, si los viéramos; para los de antes, si nos vieran) tontos humanos por venir podrán acceder a lo que pensábamos. O a lo que pensábamos que pensábamos, o a lo que pensábamos que quisiera parecer que pensábamos. O a la categoría de pensamiento epocal que ellos, los futuros, se inventen, consideren hermenéuticamente oportuna o plazca a sus mecenas/mandamases.

Hay que escribir un montón. Tal vez uno se haga viejo y descubra que no ha escrito nada que merezca sobrevivirle. Que lo queme, dejadle. Pero que, antes de quemarlo, se asegure de que va a tener tiempo y fuerzas para volver otra vez a escribir. Que esculpa, ahora sí y para siempre, su escritura eterna. Aunque, si uno espera a viejo, o hasta saberlo todo, o hasta que se le pase el miedo, puede ser demasiado tarde. No puede: será. Porque nunca llegará. Escribe ya. Como los escritores de Auschwitz. Como los más grandes filósofos. Como cualquiera. Puede que tu escritura dure para siempre, pero no las condiciones que permiten su aparición. ¡Date prisa!

Si tu escritura vive, vivirás. Alguien, sea quien sea, te leerá. Te escuchará. Puede que hasta te conteste.


[Imagen: The Future Starts Here, V&A]

Pobreza extrema

Manipulando a Dámaso: España es un país de más de tres millones de cadáveres (según las últimas estadísticas). Dicen las rotativas que en España hay hoy tres millones de personas en situación de pobreza extrema. No dicen cuántos millones hay en otras partes del mundo. Dicen que la pobreza extrema es la de aquellos que viven con menos de 3.650€ al año. Algo que, si uno echa cuentas, sólo da para un pisito humilde en el barrio de gitanos de alguna ciudad pequeña o para una vieja casa de pueblo. Para arroz, harina, un poco de verdura barata en un pakistaní y algo de pollo un par de veces por semana; o para coger el autobús hasta ir al centro de Cáritas más cercano, donde seguro te alimentarán si superas la vergüenza de ser portador oficial de la pobreza extrema. Otra pobreza extrema oficial es, según el maléfico Banco Mundial (sin relación con PRISA), la de aquellos que viven con menos de 300 y pico $ al año. A menudo con mucho menos. O con nada, porque se mueren antes de conseguir su quinto dólar. En términos no monetarios, es la de quienes mueren de hambre, por millones. La de quienes, en una existencia de pura subsistencia, mueren por enfermedades causadas por no poder instalar un filtro de agua que a los pobres extremos españoles les cuesta lo que diez rondas de tapicañas de las que ni pueden ni deben privarse. Miserables que viven en la calle, por causa de desahucio u otra fuerza natural, aquí los hay por cientos, pero todos tienen aún hoy disponible un catre, un café, una ducha y un bocata en algún centro social.

La neolengua no es sólo patrimonio de los neoliberales. Como dice el confucianismo, si las cosas no se designan por su nombre adecuado no son la cosa que designa, lo que además termina pervirtiendo el nombre adecuado de las cosas que sí son definidas por él. Nadie muere de hambre hoy en España ni parece que morirá de hambre en los próximos años. Seguramente sí en China, en aldeas de tres familias a dos días a pie del enclave civilizatorio más cercano. Pese a lo que gritan manifestantes enfurecidos ante la puerta de comisarías que retienen a los compañeros, aunque aquí la policía en casos muy concretos tortura un poquillo, muy difícilmente asesina. Sí mata en Sudáfrica, a mineros manifestantes, por ejemplo. Tampoco muere demasiada gente aún por los recortes de la sanidad pública, si bien es sin duda nuestro mayor peligro a corto plazo; mirémonos en los espejos anglosajones, que nos llevan años de ventaja en esto. Y en todo caso, es triste decirlo, en España sí tenemos una democracia, en la que, al final del día, el voto del pobre extremo cuenta tanto como el de Botín. No excusemos nuestras responsabilidades, porque es jugar a su mismo juego. Tenemos motivos verdaderos de sobra para quejarnos. Si exageramos o hasta mentimos, la protesta verdadera parecerá demasiado suave. En lugar de señalar al parado deprimido (pero rollizo), señalemos hacia los poblados de chabolas, agujeros negros que todavía existen a dos líneas de bus de nuestras casas. Admitamos que lo que queremos no es sobrevivir, sino mantener un (justo) nivel de bienestar que en Occidente nos hemos ganado a pulso. No hay nada de malo en ser los pijos que somos, sólo reconozcámoslo, y tal vez así veamos que en otros lugares sí lo están pasando realmente mal y nos sintamos obligados a hacer algo por ellos. ¿A quién podría hacer daño eso? Todos saldríamos ganando. Si lloramos pidiendo supervivencia, insultamos a los que verdaderamente mueren; millones y millones en el sur o, de vez en cuando, alguna decena en nuestras mismas ciudades. Vamos a peor, tenemos que luchar, pero no vamos hacia el apocalipsis. No hacia el fin cotidiano, real, cada vez peor, del sur, del que seguimos siendo indirectamente culpables. Por mirar para otro lado y por llorar nuestras penas más de la cuenta.


[Imagen: Juan Miguel Baquero / Luis Serrano]

Lujo y barbarie

Louis Vuitton es en muchos sentidos el símbolo más puro de la parte más decadente de la cultura occidental. Son paladines de esa idea aberrante que es el lujo, un concepto que en gran medida es el culpable de la peor parte del capitalismo. Del deseo de enriquecimiento sin medida y sin importar las consecuencias, sólo como medio para poder acceder al paraíso con 72 vírgenes que es el lujo. El lujo es que puedes comprar algo que casi nadie puede comprar y, sólo por eso, te sitúas en un estadio superior al del Homo sapiens. Es una idea simple que toma las formas más retorcidas y los matices más sutiles. El lujo es la escolástica de nuestro tiempo, sólo que donde aquella creaba impresionantes construcciones lógicas para probar la existencia de Dios, el lujo acumula egoísmo y desprecio altivo y técnicas cada vez más subrepticias de engaño y destrucción de la autoconfianza del comprador potencial. La alta sociedad de la última parte del siglo XIX es traducida por Louis Vuitton al mundo actual, haciendo vivos sus valores obsoletos. La barbarie del liberalismo, su lado más animal, se desarrolla de una manera tan sofisticada, cruel y vacía como el mismo lujo que lleva a ella.

Otra idea integrada en el lujo es la de la exclusividad. El lujo no es únicamente que sólo tú puedas poseerlo, sino que aunque otros pudieran no podrían tener lo que tú tienes. Eres mejor y además eres único. Louis Vuitton insiste en el origen artesanal de sus productos, lo que inmediatamente evoca un taller rural de un viejo maestro gremial que pone todo su celo en hacer el complemento más bonito posible para que luzca la mujer del nuevo comendador. Y para que ella sea la única que luzca. Sin embargo, aunque se la ha apropiado, la exclusividad nada tiene que ver con el lujo. No hay nada más exclusivo que un dibujo que te hace una amiga en una servilleta dedicado a ti. O que el CD que te graba otro amigo con canciones que sabe que te van a encantar. O que esos marcos chillones que puede hacer un hijo para su madre o su padre en el Día de la Madre o del Padre. Y nada de eso es lujoso. Pero es estupendo, porque no hay nada de malo en la idea de la exclusividad. Algo exclusivo es único y te hace único. Algo lujoso no sólo te hace diferente, sino que te hace mejor. El lujo es el Hitler del consumismo. El lujo de baja intensidad de los imperios de estilo inditexo es el alcalde que se ocupa de que no se pierda el respeto al líder entre el pueblo.

La imagen, para el lujo, lo es todo. Colores dorados, texturas que necesitas tocar, brillos que sacan el judío que hay en ti y no el urraco que fomentan los chinos. Hay diferencia, ¿no la ves? La publicidad es el arma del lujo. Una vez el lujo tiene el poder, la publicidad cobra vida propia y se extiende entre los compradores potenciales sin necesidad de hacer nada. Si la marca ya tiene la reputación, sólo le queda vigilar que no muera ni cambie. Eso sí, se puede aumentar y expandir a nuevos ámbitos, como en la foto de ahí arriba. Juntando todos los retratos de modelos sin maquillar que acaban de hacer en Louis Vuitton sale ese ejército de decadencia y enfermedad. No son seres humanos, sino mujeres consumidas, cuya vitalidad ha sido totalmente absorbida por la apariencia. El cuerpo, físicamente, ya no tiene fuerza. No puede plantar batalla. Sólo puede seguir su instinto, que en ese estado es seguir consumiendo lujo y apariencia. El resultado es visible, como no podía ser de otra manera en el mundo de lo aparente: no-muertas de un planeta extraño, procedentes de la capital de ese planeta, del barrio más cool, del piso más minimalista y mejor equipado para fiestas sobriamente explosivas. Son adictas a la droga, tanto química como comercial, y necesitan siempre otra dosis. Una dosis cada vez mayor. No un gramo sino dos, no un bolso de mil euros sino de tres mil. La foto muestra a ex-humanas consumidas por el consumo, cuerpos modificados más allá del sencillo maquillaje a mayor gloria de la superficialidad, el modelo de ser humano que tiene y quiere Louis Vuitton y toda la aberrante idea del lujo. Esto es literal. Y también es metafórico: la metáfora del interior muerto y enfermo y a la deriva del sinsentido, el interior incapaz de sonreír, de los capitalistas bárbaros que totemizan el lujo. Lo de esas chicas no es irreversible. Algunas incluso conservan la fuerza.