LA VOZ DE SU AMO (Libros que cambiaron el mundo, 4)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

La ciencia no es una mentira. Tampoco es del todo verdad, pero es lo único que tenemos que se parece a la verdad. La ciencia no nos asegura cómo son las cosas, pero sí puede decirnos cómo y cómo no funcionan. Eso no es poco mérito. La ciencia contemporánea es infalible en un buen número de cosas, y esto es incontestable incluso por sus (demasiado a menudo analfabetos en estos temas) críticos. Algo que se le da muy bien es destapar y señalar mentiras e imposibilidades del mundo físico y matemático. Y si, hoy por hoy, la ciencia no puede demostrar lo contrario, cierta mentira que prueba como tal es una mentira y cierta imposibilidad que prueba como tal es una imposibilidad. Por otro lado, no hay que olvidar que la ciencia es un add-on del conocimiento humano, que es el que establece los conceptos de mentira e imposibilidad y, por definición, ella no tiene la capacidad para alterarlos por sí misma. Sin embargo, sus resultados o falta de resultados sí pueden ser interpretados de tal forma que subviertan las categorías previas, sobre todo las de verdad, armonía y capacidad humana. Aunque, a cambio, tras la ruptura de las categorías previas solo queda el vacío. La nada. La confusión total y, por eso, ofuscadora, no creativa. La evidencia de infinitas limitaciones humanas que, irónicamente, solo se desvelan como tales gracias a las infinitas potencias humanas.

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La herramienta científica rompe los límites impuestos por las formas que admite el conocimiento humano. Stanislaw Lem dedicó buena parte de su obra a probarlo, pero nunca con tanta profundidad como en La voz de su amo. Es un ensayo de epistemología humanista disfrazado de novela de ciencia-ficción, en la que la ciencia es incapaz de descifrar un posible mensaje que ha sido captado del espacio exterior. De hecho, ni siquiera puede confirmar si es un mensaje o una improbabilidad que parece un mensaje. Científicos dedican años a un trabajo imposible, mientras Lem disfruta, con sadismo y pena, evidenciando la futilidad de su esfuerzo. Hay cosas que, sencillamente, no se pueden entender. Está bien insistir, así se avanza y el ser humano se realiza como tal. Pero el fin es inalcanzable y el científico, el humano, termina por entender que el medio, o lo que se hace con él, es lo único que hay. Y que eso ya está bastante bien.

lavozdesuamo2Con Lem he aprendido muchísimas cosas en los últimos 17 años, pero la más importante es esta. Es la misma que está en la razón de ser en la crónica de los fracasos de la solarística de Solaris, aunque en La voz de su amo alcanza aún mayores cotas de brillantez y complejidad. En estos dos libros me expuse por primera vez a dos nociones fundamentales para mí, la aporía y la incomensurabilidad, que más tarde tuve la suerte de desmenuzar en varias asignaturas de la carrera con un profesor experto en ellas, obsesionado con ellas. En la vertiente concreta de la inconmensurabilidad que le interesa a Lem, la ciencia no llega a todo, pero no tanto por sus limitaciones, sino por las de su creador. El monstruo puede ser más listo que Victor Frankenstein, pero solo en sus mismos términos, dentro de sus mismas categorías. Si las desborda, o si genera nuevos mundos que las desbordan, nada garantiza que el creador de la herramienta pueda alcanzar a comprender sus efectos. La ciencia permite oír una regularidad que parece un mensaje del espacio, el científico no puede hacer nada con él, más allá de ponerle un frágil nombre que está a punto de venirse abajo a cada acercamiento. A cambio, de manera inexorable, descubre algo clave: aprende a aceptar que no sabe qué hacer con él.

Tal vez décadas o siglos de nuevas herramientas logren desvelar si es un mensaje y, en ese caso, entenderlo un poco; o quizá se consiga explicar qué leches es Solaris o si es un quién. Sin embargo, lo más importante de todo esto es que es probable que nunca se entiendan ciertas cosas, en sus propios términos y ni siquiera en términos humanos. La realidad es tozuda y se hace la dura, no porque le apetezca sino porque es dura. Tanto, que en muchos casos es en verdad impenetrable. La ciencia es profeta de la armonía en la repetición de patrones, cuando descubre que una coraza de la realidad no era tal y se puede desarmar, partir y comprender; pero es, a la vez, profeta de la inconmensurabilidad y la inarmonía, cuando su insistencia prueba que es imposible hacer converger cierta realidad innegable con las categorías del ser humano. Más aún: que, quizá, cualquier cosa que la ciencia trata es, en último término, imposible de comprender. Lo que no significa que no tenga sentido, porque entender y explicar su función o su verdad o mentira es el mayor, el más inequívoco de los sentidos a los que se puede aspirar, es epistemología convertida en ontología. Y, sea esto un sentido o no, las afirmaciones o negaciones epistemológicas niegan el relativismo, precisamente, al demostrar que es verdad que hay diversas realidades diferentes y variables y que pueden intercalarse sin tocarse.

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