LA EXPERIENCIA DE LEER (Libros que cambiaron el mundo, 3)

[De la serie Libros que cambiaron el mundo]

Leer no es leer y nada más. Leer, en el pleno sentido de la palabra, es leer conscientemente. Tendemos a leer muy mal, incluso los que leemos mucho nos dejamos llevar y somos arrastrados por la vagancia y la espectacularidad. No importa si rápido o lento, pero leemos sin leer las palabras, solo los dichos y los hechos en la ficción; en los ensayos, las premisas y las conclusiones, y más aún los ejemplos narrativos para explicar algo. Eso es también lectura, claro, pero limitarse a ello es obviar el poder profundo del lenguaje literario, o del lenguaje escrito sin más, su capacidad de meterse debajo de la piel como un parásito a través de palabras que contienen una mirada única a un mundo a veces también único. La lectura pragmática se salta la violencia y el placer de la estética en el mismo lenguaje, su capacidad para crear matices en lo dicho y, así, modificar de manera sustancial (literaria… ¡humana!) su recepción. La lectura simplificada es sentarse a ver la tele, la lectura compleja es leer un texto.

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Yo aprendí que no sabía leer cuando leí La experiencia de leer, de C. S. Lewis. Cayó en mis manos por casualidad, en uno de esos raids azarosos que a veces hago en las bibliotecas, en busca de algo que no suelo ni sospechar. No hacía mucho que había salido de la adolescencia, si es que había salido; y, durante años, no había encontrado respuestas a preguntas, que ni siquiera sabía concretar, acerca de la lectura. ¿Pierdo el tiempo leyendo tantos libros, me sirve de algo… todo porque no sé si los leo de verdad? ¿Qué, cómo, por qué, para qué? Todo tan periodístico como la misma existencia del ser adolescente.

laexperienciadeleer2Este es otro libro que tendría que ser lectura obligatoria y programa de curso en los institutos, y que no puede serlo porque no encaja en ninguna de las asignaturas del curriculum académico. El ensayo de C. S. Lewis fue para mí revelador y me abrió las puertas de la teoría literaria, bastante antes de tener que enfrentarme a la “verdadera” teoría literaria, tan a menudo críptica, retorcida y árida. No era raro para mí acordarme con nostalgia de la capacidad divulgativa de Lewis cuando, en la universidad, trabajaba duro para descuartizar textos de teóricos literarios empeñados en que solo alguien muy perseverante y con mucho tiempo disponible pudiera entender lo que decían, o siquiera si decían algo. En mi vida adulta apenas ha habido alguna excepción, como Barthes o Todorov, o las poéticas de algunos escritores contadas por ellos mismos, que ha tenido un impacto directo en mi forma de leer apenas comparable al de esta accesible obra de Lewis, tan simple.

Con La experiencia de leer entendí, sin rodeos, qué es leer y qué es no leer. Como consecuencia, desde entonces, cada día, me esfuerzo para leer de la manera más completa: leyendo de verdad, leyendo cada palabra y aprehendiendo su significado, leyendo esa y no otra que podría haber ido ahí, cierta frase o giro metida en un momento que podría haber sido ocupado por otra frase o giro, o haber quedado vacío por completo. Lewis considera mal lector al que lee solo el argumento, al que le gustan los diálogos —menos palabras por página y menos “abstractas”— pero no las descripciones, al que se salta los poemas incrustados en las novelas, al que solo es capaz de disfrutar con el avance de la narración y no con las divagaciones ni, por supuesto, con la ausencia de narración o ruptura con la narración tradicional. Todo esto, por cierto, no tiene nada de malo en sí mismo, solo que no conviene llamarlo con exactitud “leer” porque es una lectura a medias. «Matrimonio es matrimonio». Leer es leer.

Lo que Lewis dice que es leer mal yo digo que es desaprovechar la oportunidad. Es negar y hasta renegar de la potencia de la literatura. Quedarse en la acción es quedarse en la superficie, algo que puede ser muy bueno para la salud mental, pero siempre y cuando no sea toda la dieta sino solo una parte, el picoteo entre horas. Y ese es el problema de la mayoría de la industria cultural, que ofrece como todo “leer” lo que solo es una manera de leer (drama incluso más evidente en el caso equivalente del cine mainstream). Los lectores la aceptan como lo que hay sin hacerse muchas preguntas, de la misma manera en que insisten en votar a quienes les perjudican a ellos y a sus vecinos. Los mecanismos de la dictadura (de la concepción reduccionista) del entretenimiento y la falta de una mínima educación crítica y activadora de las potencialidades humanas en las escuelas son una guerra fría perpetua contra la literatura, es decir, contra el poder cuasimágico del lenguaje escrito y la capacidad del ser humano de hacer maravillas (estéticas, filosóficas) con él. En los mass media, entre los que cabe incluir en cierto modo los centros educativos, la literatura es funcional y se limita a sus poderes de expresividad mediante lugares comunes y a su capacidad de persuasión (distracción).

Crear un lector y luego limitar su vida a una manera superficial de leer es un proceso indoloro de castración química de la experiencia de leer, de saborear y entender cada palabra en sí misma y en el conjunto del texto, del mundo y del mundo del texto. Un insulto a la capacidad creadora y receptora de la humanidad. Leer de verdad exige un esfuerzo, mejor si es placentero pero, incluso si no lo es, la lectura intensa es mucho más plena que la superficial, y la plenitud es a lo que tendríamos que aspirar. Pero ya sabemos el lugar que tiene el esfuerzo en nuestras sociedades, una de esas cosas que se defiende y elogia públicamente, pero nunca se promueve ni practica con hechos. La lectura esforzada suele conllevar, entre otras, recompensas inmediatas, y por eso, además de por sus valores, merece la pena enseñar y animar a lograr la experiencia de leer.

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