LA MADONNA (Clive Barker): El eterno y mojado femenino

7-10-2010 8;00;48 PM

Aunque por lo visto hay gente que duda de su existencia, yo estoy convencido de que hay un inconsciente colectivo. Tal y como lo entiendo, es un imaginario común a un grupo humano, a veces a casi toda la humanidad, formado a medio camino entre la industria cultural y los universales antropológicos. La expresión de ese inconsciente colectivo suele partir de intuiciones borrosas que se hacen públicas y reconocibles en forma de imágenes, y quizá por esta fe en la lírica visual de inspiración jungiana me apasiona el género de terror, que tiene su razón de ser en elaborar estas imágenes y presumir de ellas.

La fuerza de esas imágenes viene de que no son alegorías ni metáforas. Como pasa con el uso alegórico de la luz, interpretarlas de manera explícita, de una manera o de otra, les quita la fuerza porque obliga a desviar la mirada. Es verdad que esas imágenes pueden funcionar a veces como símbolos, pero no tendrían que ser desentrañados. Si se hace, el símbolo se anula y se convierte en una idea banal, directa, corre el riesgo de quedar desprovista de la fuerza humana que la creó y, por tanto, de dejar de apelar a esa misma fuerza humana. El símbolo explicado habla en un lenguaje que no es el suyo, que se puede entender pero no interiorizar con la claridad de la lengua materna. El inconsciente colectivo apela al inconsciente colectivo y, como tal, solo puede experimentarse de verdad en sus propios términos.

monsters127

Las imágenes son de una adaptación del relato al cómic

Lo que puede hacer muy bien el género de terror es dar forma a esas imágenes latentes, encontrar su jaula siguiendo el olor de su rastro y abrirla para dejarlas campar a sus anchas en páginas y pantallas. Clive Barker es un maestro en esto. Es un autor que consigue encontrar en su cabeza algo que está en muchas otras cabezas, pero que estas no aciertan o no se atreven a ver. Y lo cuenta muy bien, con tantas aristas y sugerencias como lo visualiza. Digamos que hace el trabajo sucio, excava y filtra un sedimento de imágenes y deseos hasta dar con algo imprevisto que hace click. Un pequeño problema de su obra es que quizá no es lo suficientemente radical como para explorar hasta el límite, y más allá, estas visiones. A veces parece conformarse con enumerarlas o mostrarlas, con cierto detalle pero con el argumento empujándole para que no se detenga mucho en su contemplación. La tiranía narrativa ocupa un lugar prominente en su jerarquía, como en la de la gran mayoría de escritores, y en él supone un obstáculo para desplegar del todo su genio. Thomas Ligotti, por ejemplo, sí se ensaña y se recrea en sus visiones, pero lo que él muestra es la exploración y la búsqueda, no el hallazgo decantado de Clive Barker. Además, Ligotti se queda más bien en un plano lingüístico, mientras que Barker propone imaginar literalmente lo que cuenta.

«La Madonna» (puede leerse aquí) es uno de los relatos más potentes de Barker. Está en el volumen 3 de la edición española (La Factoría de Ideas) de los Libros de sangre, el IV en la anglosajona. No hace referencia explícita al inconsciente colectivo, algo que sí desarrolla en «Lo prohibido», pero pone en marcha ese concepto y no lo detiene hasta que todos sus personajes han sido primero humillados y luego destruidos por él. Que es el peligro que cualquiera teme que puede derivarse de descubrir y sacar a la luz ciertas cosas.

El relato trata sobre la virilidad y la feminidad con contundencia, fiel al estilo de su autor. Hay dos personajes masculinos, uno de ellos es el gallo del corral y otro cree que puede llegar a serlo. Ambos son desquiciados por voluptuosas adolescentes desnudas, en una mezcla variada de lujuria y amor que, encima, ni siquiera disfrutan cuando se materializa porque está oculto en su memoria. Como hombres, ellos están convencidos de la grandeza de las mujeres bellas. Pueden dar la muerte y la perdición al hombre de una manera más humillante que al revés, pero eso no las hace mejores. Creer que ese poder es indicativo de divinidad eso es un error que se encuentra en su mirada hetero-masculina, no en la realidad, tanto como creer en que las mujeres tienen ese poder.

Los personajes masculinos apenas atisban entre retazos de luz a las mujeres del relato pero, aun así, se animan a interactuar con ellas en plenitud física y conceptual, como arquetipos (de semidiosas) que se hubieran hecho carne. De nuevo, la superioridad de las chicas solo está en ellos, en la forma en la que ellos las contemplan y desde donde las contemplan. Desde su cuerpo masculino y heterosexual. También está en el lenguaje perverso y cabroncete del poco heterosexual Clive Barker. Pero, en el lenguaje colectivo, para una mujer no es lícito ser consciente de su grandeza y, si se apropia de esa conceptualización para describirse a sí misma, no está siendo más que una lasciva manipuladora que se aprovecha de sus encantos para abusar del hombre. En sí misma no es nada fuera del hombre; si utiliza la mirada de este, es peor que nada, es un demonio.

[Que quede claro que lo anterior es una propuesta de lectura temática del relato, no alegórica. No me refiero a las imágenes sino a la narración. Por otro lado, si se le hubiera explicado como alegoría a los personajes, es verdad que ellos habrían seguido actuando igual; pero eso habría arruinado la experiencia estética (“jungiana”) al lector.]

monsters125

El texto tiene un hallazgo particularmente acertado, que es el que hace que su efectividad y poder se dispare. La parte fantástica de la acción sucede en un escenario insólito, el edificio abandonado y laberíntico de unas piscinas públicas, al que los personajes vuelven una y otra vez para encontrarse con y calmar sus deseos hiperexcitados y abiertamente pecaminosos. No es raro ver en la ficción a adolescentes que se cuelan en una piscina de noche, para desatar sus pasiones. También se ha visto que algún personaje sea amenazado por algún misterioso asesino al lado de una piscina cerrada, de nuevo de noche, con los reflejos del agua ondeando en el techo. Sin embargo, Barker lleva este topos (en sentido retórico y literal) a un nuevo nivel. No se conforma con dotar al local de cierta atmósfera de soledad y silencio. Más allá de eso, lo que hace en «La Madonna» es elaborar un lugar húmedo, excitante y peligroso, indescifrable y dispuesto a satisfacer todos los deseos. No le pondré nombre a ese conjunto.

La virilidad admite y se vanagloria de su hipersexualización, y el laberinto en forma de espiral que conduce a una enorme piscina cruza el (presuntamente ínfimo) umbral mínimo necesario para despertar la excitación de los hombres. Al mismo tiempo, el escenario cumple con una característica general del inconsciente colectivo, porque complementa al deseo con tabú, aunque lo hace de manera hetero-masculina y no universal: la piscina rebosa un líquido que podría ser amniótico, las chicas son demasiado jóvenes para los usos y costumbres contemporáneos, la maternidad y la divinidad están demasiado presentes, animando y observando cada penetración. El miedo al matriarcado toma forma en una mitología lovecraftiana que une el infierno con el paraíso, la valentía sobre la inquietud con el premio del placer, el culmen de la virilidad con su sumisión, tortura y condena. Nada de esto es una hermenéutica de las imágenes de Barker, es solo descriptivo.

monsters132

A pesar de que participan sin dudarlo, ninguno de los hombres puede descifrar lo que pasa. En el inconsciente colectivo, eso es la mujer: un misterio con tetas enormes, un secreto con un culo incitante. Los personajes masculinos se abandonan a su fantasía, aunque intuyan que pueden pagarlo muy caro. Pero su miedo se rebaja porque también sienten que están en su terreno, sospechan que todo lo que hay no es más que un teatro montado para satisfacerles. El laberinto de piscinas es todo lo que habían soñado pero no sabían o no se atrevían a mirar. Ahora tienen la oportunidad y no la van a desaprovechar. Todo excita sus sentidos sexuales, al mismo tiempo y de la misma manera que su terror: el topos de la piscina oculta es una orgía de silencios seguidos de ecos, de reflejos de luz en constante movimiento que proceden de fluidos feminoides, de calores seguidos de sudores, de embestidas, jadeos, dolores y placeres, repartidos de manera aleatoria, inexplicable pero indubitable para aquellos que los viven.

Lo que hace Barker en «La Madonna» es, en definitiva, crear un escenario para un cierto inconsciente colectivo cuyo material es ese mismo inconsciente colectivo. Una espiral abierta de piernas, que invita a ser recorrida y que invoca desde ese punto más exterior imágenes, sueños y tabúes, un conglomerado simbólico y compuesto en sus compactos muros por las mismas partes con las que los personajes terminan interactuando delante de esos muros. Una nueva vuelta de tuerca al fatalismo barkeriano. De manera literal, es un peligroso sueño húmedo de la hetero-masculinidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s