Luz y terror (I): Botellones de día

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Botellones de día. Un recuerdo precioso, un deseo satisfecho en muy pocas ocasiones (y por eso memoria atesorada). Eran en la universidad, en octubre, o en primavera, bajo el antropológico nombre de “Paellas”. Los cielos cubiertos de nubes grises solían descargar, llegando una vez a crear una catarsis de destrucción, pis y hasta sexo aulario, según testimonios. Pero mirar hacia arriba y verlo todo negro no quitaba que ahí, entre la tierra, con mirada horizontal y vaso de litro, todo pareciera iluminado por el sol. Y qué distinto se veía el mundo etílico sin enmarcar por la luz selectiva de las farolas. Con el sol se veía todo. Lo que querías ver y lo que no. Claro que en esas circunstancias (de edad, cosmovisión y alteración) se quiere ver todo. Y se veía y por eso era tan maravilloso. Cuando un borracho gritaba, descubría sus dientes sin brillo y un par de gotas de baba que saltaban y lo veías. Bailes que hacían sangrar el tercer ojo moral pero que tolerabas con simpatía y empatía, siempre desde fuera, siempre mirando. Arroces mojados que repetías más que las patatas a lo pobre del comedor del colegio.

En el epílogo, el terror. Las sonrisas se sombrean. De noche, se puede ver a un intoxicado cada pocos minutos diciéndole adiós a su kebap por la boca hacia el pavimento, o tirado entre cajas de cartón mientras su tropa lo fotografía y lectores de dominical pasan a su lado (son ya las 7 de la mañana del domingo; aunque no amanece aún) girando la cabeza de lado a lado, diciendo “no” no se sabe a quién porque lo dicen en silencio y mirando al suelo o al agónico alcohólico juvenil, que ni puede ver el gesto ni opina. Todo eso es lo que se ve de noche en el epílogo, que puede incluso ser no el final sino el inicio del último tercio del arco narrativo. De día es diferente, porque no se ve individuos vomitando. No uno y uno y otro. Se ve a todo el mundo, todos iluminados por igual y bañando sus zapatos en las gachas de su vómito o el de su cómplice, algunos con el pelo mojado por la lluvia y otros con el pelo seco, los dos tipos recibiendo el rayo de sol que se filtra entre las nubes ya en retirada. Se ve todo, a todos, una panorámica post-etílica (y este es el único post- que puedo aceptar, porque no solo es cultural sino también biológico). Cuerpos sobre el césped del campus intentando alcanzar los cuerpos que están situados entre 0,10 y 10 metros de distancia. Levantando la mano los que pueden, gritando algo como los invasores de cuerpos que son. Y a la luz del día, que ya decae y se vuelve atardecer, se dan cuenta de que eso es lo que son. Que pasarán varias horas hasta que vuelvan a sentir que su cuerpo es suyo, por mucho que es precisamente ahora, embriagado, cuando más sienten su presencia y su poder. Ven la mano, el vómito, el pelo manchado, la mano ajena en la piel propia que parece ajena.

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