(Más) reflexiones sobre la crítica de cine hoy

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La mayoría de textos críticos que se pueden leer en internet sobre la crítica son cansinos. Destinados al autoconsumo gremial (aunque sus consecuencias puedan —deban— salir de él), demasiado a menudo llenos de obviedades presentadas como grandes descubrimientos, de apertura de debates que aparecen como actuales y ardientes, cuando fueron abiertos (y más o menos cerrados) en los mismos términos por lo menos en el siglo XVIII. En este tipo de artículos, los críticos tienden a no ser concretos en sus experiencias y propuestas prácticas. Cegados por la importancia de internet, les cuesta centrarse en lo que urge, la actualización del ejercicio de la crítica en un nuevo contexto “moral”, no tecnológico. Un texto que me ha gustado mucho es “Perfiles críticos de la crítica acrítica”, de Horacio Muñoz Fernández para A Cuarta Parede, por su claridad, oportunidad y eficacia. Dice cosas concretas y hace las preguntas apropiadas.

Aunque hasta los más vagos de entre los interesados pueden hacer el esfuerzo de dedicar 10 minutos a leerlo, voy a resumir (y glosar, para justificar esta entrada). La parte central es la enumeración de lo que serían los tres tipos de críticos dominantes hoy: el filósofo, el historiador y el periodista. El crítico filósofo es el que se empeña en interpretar la película más allá de la misma película. La ve como una selva de signos y de símbolos que apuntan (a veces inconscientemente —sobre todo en el cine comercial—) a un segundo significado, la razón de ser de la obra. Al entender su contenido, se justificaría su existencia. La versión soft de este crítico sería el hermeneuta, que habita en el texto de la pantalla y trata de descifrarlo, busca El Tema para rellenar el segundo apartado de todo comentario de texto que consiste en decir cuál es el tema, un apartado que aquí absorbe todo el resto del comentario. La versión hard es el alegorista, para quien toda película no es más que una excusa para hablar de otra cosa diferente. No es ya que apunte a (que tenga) otros significados, como piensa el hermeneuta, sino que esos significados son el único motivo por el que ha sido creada. Por eso, una vez descubiertos, la película sobra y se puede tirar a la basura. Por su parte, el crítico historiador se empeña en releer la historia del cine, proponiendo la suya propia. Sobre el crítico periodista no creo que haya mucho que decir; se explica y se entiende por sí mismo (y a sí mismo).

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Yo, en mi evolución como alguien que escribe de cine, me reconozco en algún punto entre los dos primeros (me gustaría ser también del tercero porque, aunque poco, implica dinerillo). Mi primer blog nació con la clara voluntad de crítica histórica. Mi objetivo, mi misión, era recuperar o reivindicar películas olvidadas, desconocidas o menospreciadas, más cerca de Lo Extraño que de Lo Bello, segunda opción en la que por desgracia me encuentro cómodo ahora, en una actitud algo mesiánica, como dice el artículo de Horacio Muñoz. Sigo creyendo que es un objetivo no solo lícito sino necesario, porque gracias a internet tenemos acceso a miles de películas que ningún historiador pudo ver, por lo que deberíamos reorganizar la historia del cine, o al menos los cánones. Hoy día no hay excusa para hacer las mismas listas de siempre de “mejores películas de la historia”. ¿Cómo es posible no incluir al menos un 20% de películas personales, propias, no demasiado vistas y que sinceramente uno considera entre las más grandes? El problema de este modelo de crítica es que es un modelo de selección, no de crítica. Está muy bien nombrar y recuperar, es genial escoger hablar de obras de las que apenas se ha hablado, pero ¿qué decir? ¿Cuál es el contenido de la crítica?

Cansado de limitarme a ser un selector, cada vez escogía más por lo que tenía que decir sobre la película que por hablar de una película concreta. Así me fui convirtiendo en crítico filósofo, espoleado por mi vuelta a la universidad y la inoculación del virus académico. El crítico filósofo tiene una variación que, creo, respeta a la película. Es la que practico yo la mayoría de las veces. Consiste en utilizar la obra como excusa, como modelo, parte de ella para hablar de otra cosa diferente. De una cosa filosófica, más importante, ejem. Con esto, el crítico interpreta la obra pero sin ofenderla, porque reconoce tranquilamente que lo hace en beneficio de sus ideas propias y no de las de la película. El hermeneuta y el alegorista violan la obra, porque afirman que su interpretación es una lectura del mundo de la obra y no una lectura del mundo desde la obra, que es lo que hace el otro tipo de crítico filósofo que propongo y que reconoce no estar haciendo crítica de cine.

El problema de estas tres opciones es que, unos creyendo hacer crítica de cine y otro escribiendo algo diferente, no prestan atención a la estética. Esto, que el artículo lo dice muy claro y muy bien, lo aprendí de José Luis Molinuevo y, desde entonces, batallo conmigo mismo cada vez que escribo para conseguir hablar de la película como punto de partida y de llegada, haya lo que haya en medio. Realmente es un trabajo difícil, cuesta mucho centrarse en la obra, interpretarla y criticarla, dar vueltas a su alrededor y, al mismo tiempo, no caer en la deshumanización del arte por el arte, del cine como algo en una dimensión diferente del mundo que lo produce y recibe. Esto es lo que trata la parte de fondo del artículo de Horacio Muñoz: ¿cómo se puede escribir crítica hoy? Antes, el canon estético era algo ortodoxo que todos, crítico, lector y público, conocían. El trabajo del crítico común podía limitarse a hacer check en las casillas de corrección estética y corrección moral, y ya estaría haciendo un trabajo de crítico digno. Como dice el autor del artículo, eso es lo que siguen haciendo los críticos de la prensa no especializada (y parte de la especializada escrita), con su visión limitada a un tipo de cine, el que sigue las formas clásicas y narrativas estadounidenses. Por puesto al día que estén el envoltorio y el ritmo, si cumple con su lenguaje y entretiene y además tiene un guión sólido que habla bien de la vida y del hombre y del cine, es buena. Si no cumple con lo establecido: uf. El crítico como experto en control de calidad. En parte lo envidio, porque todo trabajo automatizado no demasiado exigente es la clave para conservar la salud mental.

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Pero los cánones han estallado, todo lo Hollywood se desvanece en el aire. Entonces, ¿qué puede hacer el crítico? Sin estándar, ¿cómo criticar? ¿Solo le queda confiar en su subjetividad, su intuición? ¿O tirar de alguno de los tres modelos de crítica vistos más arriba? Ahora estoy parafraseando el artículo, pero es que ese es exactamente el problema que se encuentra cualquiera que escriba crítica de cine hoy, cualquiera que lo haga con un mínimo de reflexión y autoconsciencia y sin el piloto automático puesto. Ya no es solo qué decir, para qué decirlo o cómo decirlo, sino ¿de verdad tengo algo que decir? Si uno es capaz de responder a esta pregunta vigilándose a sí mismo para no caer en el solipsismo, podrá escribir crítica.

Pero ¿cómo se puede ser honesto y tener algo que decir y, al mismo tiempo, no caer en el fanboyismo ni olvidar la primacía compartida (y unida en la película visible) de la estética, la historia, el espectador, el crítico y el mundo? Pues se puede hacer así, viviendo todo eso a la vez y sintetizándolo. Confrontar la película individualmente, ponerla en contexto (histórico, personal), conocer y explicitar la época de la que surge y la que la recibe en este momento, quizá no crear nuevos criterios críticos (ni siquiera temporales), examinar sus temas, sus tropos, sus trucos, sus logros y sus limitaciones. Y, mientras en una columna se va listando en rojo todo eso, en la de al lado, escrito en color azul o negro, está el mundo, como un pajar del que hay que sacar (previo entrenamiento) las agujas adecuadas para las hebras de cada obra. Sin perder de vista que se pretende confeccionar la prenda con el propósito de que la compre alguien que la necesite. El crítico tiene que poner los ojos bizcos, mirar las dos columnas a la vez y sintetizar lo que piensa y siente. Refiriendo ostensivamente la película, en todo momento o al menos en los momentos clave del texto que va a (que debe deber) generar.

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