VLAD: ¿Quién quiere ser un vampiro?

vlad1Un escritor mexicano, que tuvo sus días de mayor gloria creativa en los 60 y en los 70, decide escribir una reinterpretación del Drácula de Stoker ambientada en la Ciudad de México actual. Cuando lo hace, a Carlos Fuentes apenas le quedan un par de años para morir. Lo que promete ser un ejercicio de puro kitsch, de divertimento de última hora para alguien que ya no tiene nada que demostrar y nada que decir por desgracia, lo que les ocurre a la mayoría de escritores viejos), es en realidad una de las más agudas revisiones del mito.

Yo, desde luego, nunca he querido ser un vampiro. A veces es presentado como alguien tan poderoso y libre que da muchas ganas de serlo, y piensas que te gustaría estar en ese mundo de ficción y devorar doncellas, vivir eternamente para convertirte en el máximo experto en lo que más te gusta y matar personas indefensas, todos ellos deseos profundos de la masculinidad. Pero son cosas deseables solo mientras rijan las reglas impuestas por la historia inventada. Trasladada a la vida real, la posibilidad de ser un vampiro no parece tan agradable: engatusar y matar inocentes cada noche solo para alimentar tu sed, recibir borbotones de sangre y otros fluidos en tu boca (quieras que no) cuarteada por las siglos, vivir como un terrorista en permanente huida de una ley que jamás entendería tus motivos.

vlad2Sin embargo, el Vlad de Carlos Fuentes ofrece el vampirismo como la posibilidad de cumplir el deseo de masoquismo, esas ganas de sentir ¡lo que sea! que hormiguean dentro de cualquiera que viva en una megalópolis, y que de manera inevitable pican ahí. Ante el mismo viaje en metro, el mismo polvo cada tres noches, el mismo arco argumental en una nueva serie favorita, la misma comprobación cada día 2 en el cajero para ver si has recibido el mismo pequeño sueldo (esto sí que siempre es el mismo), las mismas noticias contadas por los medios de la misma manera efectista, el mismo asfalto, cemento, hierro, óxido, acero, escalón, ascensor, portón, despacho, local, partido, cuerpo, cuerpos, vestidos, pantalones, pequeños placeres, pis y pos de perro en la acera. Ante todo eso, mejor obligar a sufrir a la carne en sí misma antes que aguantar otra reposición de la rutina propia. Ante eso, mejor convertirse en vampiro y destruir con una carcajada que solo podrá ser parada por una estaca que ya nadie recuerda cómo manejar manualmente.

Pero, claro, hasta los poderosos del universo sobrenatural son casta y no cualquiera llega a convertirse en uno. Solo nobles o gente muy demente o muy macizorra pasa las pruebas. Convertirse en esclavo de vampiro es una opción más realista para la mayoría de nosotros. Como siervo del nosferatu, tu función es ser golpeado y maltratado y mutilado. Perdón: golpeada, maltratada y mutilada (el autor es un hombre). Además de conceder a la mujer urbanita sus presuntos deseos de ser violentada de maneras inimaginables, otros humanos inferiores como niños o, sobre todo, hombres deformes, también pueden apuntarse al plan. Y lo harán, sobre todo los segundos, porque les garantizará una depravación que, como todos saben, es lo único a lo que puede aspirar un cuerpo muy imperfecto. Pero en Vlad el dilema se le presenta a la mujer urbanita, siempre estrangulable, que no duda un segundo en pasarse al lado oscuro. Dice con orgullo que ¡muerte! a los mismos trucos sexuales de siempre del cónyuge y ¡larga vida! a la violación disfrutada, a la sumisión sanguinolenta al vampiro, por mucho que conlleve una más temprana que tardía metamorfosis en ceniza y la progresiva pérdida de miembros. Cuando la sociedad deja de ser providente, es hora de firmar un nuevo contrato social, un rechazo voluntario al pasado para abrazar un lifestyle incierto pero que garantiza ser experimentado entre gozosos gritos constantes.

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Todo eso ya estaba en el original de Stoker, y yo soy tan negado que no me he dado cuenta hasta que he leído a Carlos Fuentes, supongo que por lo bien que escribe este señor. Pero en la primera versión esta idea no era explícita sino colateral, y tal vez solo visible desde la posteridad. Por tanto, podría decirse que no estaba. Allí, como en la mayoría de (re)interpretaciones posteriores, lo importante era el deseo soterrado y el terror a que se convirtiera en realidad. Aquí, al contrario, el deseo es deseado, su transformación en hecho es la mayor fuente de alegría para el (perdón: la) sufriente. En Vlad, Fuentes aclara su propuesta vampírica en el mismo clímax de la historia, no como un huevo de Pascua para degenerados de épocas posteriores, sino destacándola como la idea clave para interpretar el draculismo hoy. Según lo que uno elija, ser vampiro/ghoul o burócrata, podrá considerarse dentro de la categoría de los vivos o la de los muertos.

La paradoja es que son los muertos quienes deciden vivir abrazando su humanidad, mientras que los vivos son cobardes que se conforman con residir en su zona de confort durante toda la eternidad. Una eternidad que, por otro lado, para un mortal, apenas se reduce a unas décadas. Aquellos que eligen seguir vivos son zombis, no vampiros. Convierten su lista de elecciones biográficas en una serie de planes quinquenales, apenas esbozados con unas directrices generales (mantener el trabajo, mantener el cónyuge, mantener los hobbies, mantener en equilibrio y bajo control los distintos yos), sobre las que no hace falta elaborar informes que las analicen en detalle porque todo el mundo sabe lo que se deriva de ellas. Si funcionan, bastará con renovarlas durante cinco años más. El vampiro o su esbirro complaciente, el muerto por elección, hace planes centenarios pero, al juntarse en su puesta en práctica el deseo humano y la inercia animal, tienen mucha más animación interna. Quizá menos cambios, pero sí una excitación renovada cada vez que se eviscera a una virgen (o se es una virgen eviscerada) o se desolla a un indigente o a un mamífero irreconocible, porque la parte más instintiva se olvida de que ya se hecho diez mil veces antes. Para un muerto sádico o masoquista, no hay pasado cuando se está en la acción. El vivo, en cambio, es consciente del progresivo desinterés de y hacia su vida, que acepta como peaje para poder autoconservarse con comodidad. Es demasiado consciente de su humanidad, la cual acepta con humildad de borrego, y no quiere forzar la máquina. Mientras, el muerto por elección, ya se puede decir el no-muerto por elección, ha descubierto y aceptado su condición de “Dios inacabado” y está dispuesto (dispuesta) a llevarla hasta el final. Dolor y placer mediante.

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