Release the kraken!

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Uno de los grandes placeres de haber consumido compulsivamente ficción durante años, puede que el único útil, es ser capaz de reconocer cómo la realidad copia a menudo los parámetros narrativos que hemos leído o visto cientos de veces en historias inventadas. No hay posible discusión sobre ¿qué fue antes, el tópico literario o la costumbre social?, porque la materia prima del primero es la segunda, a la que al final termina dando una nueva forma en una bonita, y universal, venganza de la creatividad sobre el mundo que le niega su verdad. El amor romántico y muchas de las rutinas derivadas de él que desarrollamos en nuestras relaciones proceden hoy del audiovisual, al que copiamos sin darnos mucha cuenta pero notando que, si queremos una vida intensa, hay que representarla como en las aventuras que nos han emocionado intensamente. Si no se copia a la ficción, la vida puede ser interesante o profunda a largo plazo pero, a estas alturas de la civilización, el largo plazo es una cosa que pertenece al mismo universo que los relojes de bolsillo o pensar con frases largas y articuladas. No es de esta época y no tiene un efecto decisivo sobre ella, ni un impacto real sobre aquellos que la vivimos. Sustituimos el largo plazo por la punch-line o el golpe de efecto.

Un topos audiovisual muy simpático es el siguiente, puro golpe de efecto antes que sensatez: alguien se enfrenta a otro alguien al que parece que va a poder vencer sin problemas. Por lento, gordo, escuchimizado, tonto o, sencillamente, miembro del bando equivocado. El aparente ganador ve su confianza por las nubes, gana antes de empezar. El que va a perder intenta aguantar el tipo, rascándose la oreja cuando el ganador le mira, para tapar su cuello y que nadie se dé cuenta de toda la saliva que está tragando. Llega la hora de la verdad, pero el desenlace esperado no llega. A cambio, la música sube al siguiente estrato emocional y anuncia un giro argumental, que provoca que el corazón pegue también a su vez unas cuantas vueltas. Y es que resulta que el ganador, al final, no se tiene que enfrentar a la carne de cañón. No. En su lugar, sale un hombre (necesariamente un hombre, si es que no lo era antes), enorme, poderoso, con zumo de nabo por materia gris y jamones bien duros por brazos y piernas, puede que lento y gordo pero solo si son características positivas en el caso particular. El ganador ahora ve que su lugar en el mundo era mutable, que es una persona enfrentada al caos connatural al universo y no, como imaginaba, la última y superior encarnación de un arquetipo heroico al que muchas mujeres querrán toquetear. Descubre que le van a reventar los dientes cuando era él quien iba a reventar los de otro, más débil. Ahora el débil, el inerte, es él.

Este patrón se reconoce en aquellos dibujos animados de, creo, Looney Tunes, en los que alguien vacilaba a un perrito inofensivo, hasta que aparecía su defensor, su amigo perro compuesto por tres plantas y cuatro bajos con almacén de cosas muy pesadas. Es el arco argumental del primo de Zumosol, del tío Phil perdiendo al billar ingenuamente hasta que saca su palo de profesional al que quiere más que a su mujer, de tantos momentos memorables de Juego de tronos (siempre basada en la alteración de la predecibilidad del poder), del gitano (quien escribe esto no es gitano) de 11 años que te amenaza y le devuelves una carcajada que se congela a los quince segundos (sí, te has reído durante tanto tiempo) cuando llega parte de su familia, más grande, más morena y, sobre todo y en general, más que tú.

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Y ha sido también el momento cumbre de una situación real vivida en un partido del Mundial —suponiendo que el fútbol profesional se sitúe en la dimensión de lo real y no de lo ficticio—, los cuartos de final entre los Países Bajos y Costa Rica. Haciendo honor a sus nombres de universo de fantasía, nos regalaron una reivindicación práctica de la ficción traspasada a nuestro mundo para encoger almas. Cuando se veía que iban a llegar a los penaltis, Van Gaal quitó al portero titular y puso a otro, uno que llevaba de relleno. Y que podía tocar cualquiera de los tres palos de la portería estirando un poco cualquiera de sus hinchados miembros. Los costarricenses reconocieron al momento el giro narrativo como algo que habían visto en películas y series, identificaron con temblor ese topos del monstruo imbatible que aparece cuando ya se ve uno triunfador, el Bowser que emerge tras la tranquilidad de haber bajado la bandera del Mario. Y los costarricenses, como sus homólogos en la ficción, interpretaron su papel y se echaron a llorar y llamar a su mamá. Sabían que no iban a poder pasar pantalla (no, desde luego, solo con cinco intentos), porque eso nunca ha sucedido en esta situación que tan bien conocen.

El portero-kraken se llama Krul, apropiado nombre de jefe final. Y se golpea en el pecho y te dice que no va a violar y matar a tu hermanita angelical porque ya lo ha hecho y no en ese orden. Te mira, te escupe fuego a la distancia justa para no quemarte, pero para que tengas claro que a la próxima serás ceniza. Ruge con la boca muy abierta, mirando a la cámara, porque sabe que eres tú quien está mirando la pantalla y que, por tanto, te vas a sentir aludido. Enseña las mandíbulas, los músculos, su atroz indigencia mental y soberanía física. Su cara de haber sido ridiculizado y pegado en el colegio te dice que ahora se cobrará contigo la venganza. No te toca, pero ya te ha derrotado. Te humilla. Y no te sientes del todo mal por haber sido vencido porque, en fin, ¿quién puede ganar a Krul? No es mérito suyo. Él, como tú, no es más que un personaje. Los argumentos están para cumplirlos hasta el final.

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