GRAVITY: Tecnología y sentimentalismo (las bases de la americanización del mundo)

Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) es, ya se ha dicho en todas partes, una maravilla tecnológica. Un derroche de creación visual, en cierto sentido más cercano al videoarte que al blockbuster. Y esa pseudoartisticidad es un mérito, teniendo en cuenta las cantidades de dinero involucradas. En todo caso, no habría que confundir la creación visual con la creatividad visual. Poco hay de original aquí. Una vez activada la idea, expresable en una frase, la forma concreta en que sería materializada era previsible. Sólo hacía falta que alguien pudiera (se atreviera, le dejaran) hacerlo. Y Gravity se ha hecho porque se puede hacer.

Sin embargo, es cierto que hay una radicalidad en el concepto que no está presente en la ontología puramente técnica de la propuesta y que, por tanto, no era del todo necesaria. Podría haberse filmado con planos y secuencias convencionales, pero Gravity socava la noción teórica de plano. Esto tampoco es nuevo en el cine, aunque yo no recuerdo haberlo visto con tanta claridad. Gracias a que el gran Lubezki lleva a sus últimas consecuencias su característica fluidez, la narrativa parece desarrollarse sin cortes. Es una masa de efectos especiales etéra, flotante en la misma proporción exacta en que lo es la historia. Un continuo tecnológico, como nuestras propias vidas actuales. Es el viejo sueño de la transparencia narrativa, en el que uno no se cuestiona cómo le están contando algo porque ni siquiera se da cuenta de que le están contando algo.

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Y eso es todo lo que es Gravity: un continuo tecnológico que se hace porque se puede hacer. Es una visita a un parque de atracciones de última generación, ignorante de los horrores y las connotaciones de su presentación. Inconscientemente consciente de su incapacidad para superar un mínimo nivel de superficialidad, persigue humanizarse con sensiblería de la peor calaña. Según muchos críticos, Alfonso Cuarón consigue forjar un relato humanista de primer orden. Como suele decirse en estos casos, debo decir: hemos visto películas diferentes. El guión de Gravity es un ensamblaje desastroso y cobarde, con injertos hediondos de emociones tan plastificadas como la cara de Sandra Bullock. El contraste entre su (relativa) vanguardia tecnoestética y su alma lacrimógena me hizo patalear de dolor en la butaca. Una imagen en concreto merece entrar en las antologías de la infamia cinematográfica: el cuerpo de un astronauta muerto flota en el vacío, la cámara se le acerca, la cámara se aparta y se para a su lado, dedicando unos segundos a mostrarnos que llevaba colgando una foto de su familia perfecta. Vomitivo. Ni el Spielberg más baboso se habría atrevido. El resto de los (innecesarísimos) diálogos siguen esa senda de la vergüenza que, por su excesiva presencia, casi tira por tierra los logros de Gravity.

TH5-Gravity-10071-300x386La combinación entre tecnología y sentimentalismo es demasiado común, sobre todo en el cine contemporáneo de ciencia-ficción —aunque Gravity no lo sea en sentido estricto—. Se intenta compensar la (supuesta) inhumanidad de las máquinas con el psicologismo más aberrante y cartoniano. Pero, primero, la tecnociencia ya es en sí un asunto 100% humano, así como lo son sus productos; segundo, no es lo mismo emoción que emotivismo. La emoción de Gravity funciona, en tanto es la propia del cine de aventuras o de los videojuegos de acción. Podría desearse una emoción más profunda y menos efectista, más unida al sentimiento de lo sublime, que aparece con vigor únicamente en el desenlace de la película, con unas imágenes deudoras (como tantas ya) del prólogo de la bastante superior Prometheus (Ridley Scott, 2012). Pero no pidamos improbables, aceptemos con pragmatismo la parte positiva del aquí y ahora de la industria cultural.

Pero si la emoción es aceptable en sus distintas formas y grados, el emotivismo es un insulto al espectador. Lo curioso es que no parece impuesto por la productora, sino que está en el esqueleto del guión escrito por el mismo Cuarón y su hermano. Es decir: o encajaron voluntariamente toda esa sensiblería de plañidera iletrada pensando que era la única posibilidad de que les dejaran hacer la película, o de verdad creían que estaban escribiendo un relato de considerable calado humano. Cualquiera de las dos opciones sería reveladora. En el caso de la primera, evidenciaría el bien conocido mecanismo de la industria cultural norteamericana. Es decir, la infantilización de las emociones, lo que las aleja de la razón, impide su uso adulto y, en definitiva, facilita su manipulación política. La segunda opción es más distópica, porque implicaría que esa idiocia semiplanificada ya habría triunfado. No es lo mismo vender un producto en mal estado conociendo sus problemas, que vender un producto en mal estado creyendo que está fresco. Y, por extensión, no es lo mismo comprarlo barato pero a sabiendas de que te puede sentar mal, que comértelo seguro de que los bífidus te van a transformar en el primo de Zumosol.

Sin metáforas: si a un creador le parece que la sensiblería rastrera es un recurso creativo digno, su idea de lo que es la creación artística (o aun artesana) tiene en muy baja estima las potencialidades y realidades del ser humano, que es quien le da su razón de ser; y si ese ser humano, materializado en una mayoría de espectadores o críticos, percibe la sensiblería rastrera como eficaz, e incluso como una muestra de humanismo profundo, a mí me suena a que vamos perdiendo la batalla. Esto no es nuevo, claro. USA rules us all, dentro de nuestras cabezas y de nuestras visiones del mundo. Y les dejamos porque lo hacen muy bien. Ved Gravity en pantalla grande. Hay que verla. Eso es así. Y la vivirás con intensidad. Yo lo hice, también. Es así.

[En Miradas de Cine se acaba de publicar un especial a propósito de Gravity. Además de una crítica de Víctor de la Torre, hay alguna reseña sobre otras películas en las que tecnología y narración son indistinguibles. Yo participo con un par de chorradas sobre Cloverfield.]

Una respuesta a “GRAVITY: Tecnología y sentimentalismo (las bases de la americanización del mundo)

  1. Exáctamente en qué sentido el galimatías de Prometheus es superior a Gravity? Entiendo los fundamentos de tu crítica, y comparto alguna de las opiniones, pero esa afirmación sospecho que es una mera provocación. Damon Lindelof es un conocido chapucero que solo se preocupa por la forma inmediata de su historia, donde la coherencia con el resto del relato brilla por su ausencia. Y eso lo sabemos desde Lost. En cuestión de ritmo y estética me parece mucho mejor Gravity, que tal vez no tenga mucho contenido pero tiene el mínimo necesario para dejarte llevar. Pero si las pretensiones filosóficas de Prometheus se consideran legítimas en este blog, bien puedo dejar de leerlo ahora, y eso que acabo de descubrirlo!

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