Vida eterna

Si lo que uno quiere es vivir eternamente, no vale con tener vástagos. Tiene que escribir.

adi063

Hay que escribir y luchar por garantizar que lo escrito va a perdurar. ¿Y cómo no va a hacerlo? ¡Es tan fácil copiarlo! Sólo se necesita un mecanismo para tipografiar, manual o digitalmente, y una superficie, orgánica o virtual, sobre la que inscribir el texto. Cualquiera puede hacerlo. No hagas cine, apenas veas cine ya, en el 2013. Ahora graba y comparte imágenes, consciente tanto de su importancia como de su pronta caducidad. El cine es una pérdida de tiempo, una moda pasajera, la manifestación de una época. El cine desaparecerá físicamente. O será imposible reproducir las películas conservadas. Y, en general, casi mejor así. Lo malo es que cabe imaginar que sobrevivirá un pequeño porcentaje de obras, las que aparecen en los cánones. El arte pictórico todavía resiste, pero no olvidemos que sólo existe desde hace unos siglos y que terminará hecho papilla. Lo único que durará son los textos. Pocos, quizá no los que se necesiten en los futuros, pero permanecerán. Descontextualizados, ajados, mareados y hasta traducidos y traicionados, pero algunos quedarán. ¿Quién te dice que no serán los tuyos? Alguien tiene que decirles algo a los que vienen.

Hay que escribir. De cualquier cosa pero con convicción. Con sinceridad. Poco a poco, con las inseparables hermanas la lectura y la vivencia, al convencimiento se unirá el conocimiento.

Que alguien haya escrito algo es la única posibilidad de conversar directamente con el pasado, la vía mediante la que los (para nosotros, si los viéramos; para los de antes, si nos vieran) tontos humanos por venir podrán acceder a lo que pensábamos. O a lo que pensábamos que pensábamos, o a lo que pensábamos que quisiera parecer que pensábamos. O a la categoría de pensamiento epocal que ellos, los futuros, se inventen, consideren hermenéuticamente oportuna o plazca a sus mecenas/mandamases.

Hay que escribir un montón. Tal vez uno se haga viejo y descubra que no ha escrito nada que merezca sobrevivirle. Que lo queme, dejadle. Pero que, antes de quemarlo, se asegure de que va a tener tiempo y fuerzas para volver otra vez a escribir. Que esculpa, ahora sí y para siempre, su escritura eterna. Aunque, si uno espera a viejo, o hasta saberlo todo, o hasta que se le pase el miedo, puede ser demasiado tarde. No puede: será. Porque nunca llegará. Escribe ya. Como los escritores de Auschwitz. Como los más grandes filósofos. Como cualquiera. Puede que tu escritura dure para siempre, pero no las condiciones que permiten su aparición. ¡Date prisa!

Si tu escritura vive, vivirás. Alguien, sea quien sea, te leerá. Te escuchará. Puede que hasta te conteste.

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