Notas de campo

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¿Por qué escribir algo como, no sé, un blog? ¿Por exhibicionismo? ¿Por incontinencia? ¿Por supervivencia o militancia cultural? Yo lo entiendo sobre todo en este último sentido, como una forma de guardar intuiciones e inquietudes, para que otros que lleguen aquí por azar o afinidad y las lean de verdad puedan pensarlas por sí mismos hacia donde les lleven o estimen oportuno. O para poder volver yo a ellas en el futuro, a recolectarlas en una hipotética profundización unida, inexorablemente, a una no menos hipotética intención de ordenamiento que algún día tendrá que terminar convertida en algún tipo de obra coherente y más grande. Digamos un libro o sus equivalentes tecnológicos. Este párrafo de Heinz Steinert en su Culture Industry (la voluntariosa traducción es mía) me ha recordado estas intenciones mías, que son las que me respondo al preguntarme de vez en cuando por los motivos de seguir con todo esto. A leer a Steinert que, tan poco mediterráneo, es mucho más exigente que un cualquiera con un blog como pueda ser yo:

Llevar un cuaderno de notas nos ayudará a consolidar nuestro conocimiento cultural. Es recomendable que hagamos anotaciones acerca de nuestras propias reacciones —así como de las de otros— respecto a acontecimientos (culturales) particulares. Deberíamos llevar un registro de nuestras apreciaciones y de nuestras discusiones, y experimentar distintas formas de interpretar los diversos fenómenos. De hecho, tendríamos que aprovechar cualquier oportunidad para escribir y comentar sobre la industria de la cultura. Hay una gran diferencia entre pensar algo para ti mismo, discutir tus pensamientos con otros y dar a tus ideas una forma definitiva mediante la escritura. En cualquier caso, nuestra memoria es de hecho mucho más limitada de lo que normalmente nos gusta aceptar. Si conservamos nuestras experiencias en la escritura, tendremos la posibilidad de seguir trabajando con ellas, comparándolas, intentando encontrar diferentes respuestas e interpretaciones y buscando otros acontecimientos que nos gustaría añadir a nuestra colección. Si luego volvemos a leer nuestros primeros intentos de interpretación, a menudo nos encontraremos con la fascinante evidencia de cómo nos hemos desarrollado, intelectualmente y en otros sentidos. (Por esta razón, deberíamos fechar nuestros apuntes.) Más aún, si alguna vez necesitamos trabajar en un tema en concreto o elaborarlo más como parte de un estudio más amplio, sin duda nos beneficiaremos de la posibilidad de releer y reorganizar nuestras anotaciones originales.

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Supongo que otros que yo me sé (o no) con blogs de crítica cultural que lean esto se sentirán tan identificados como yo, ¿no? Por otro lado, aunque acepto que escribir con este espíritu es una manera de consolidar nuestro conocimiento, no es sólo eso. No es un mero almacén o una transcripción de ideas. Como —no deja de sorprenderme— se olvida a menudo, la escritura en sí misma es una forma de conocimiento. Un proceso único en el que las ideas no sólo quedan fijadas, sino que se desarrollan en ramificaciones inesperadas y de lo más enriquecedoras (“¿de verdad eso se me ha ocurrido a mí?”) a poco que uno se deja llevar. La escritura no es una pura técnica ni un acto mecánico, sino un acontecimiento con todas las de la ley, que genera algo que antes no existía. Cuando el escribir se afronta con el respeto y el terror que merece, ambas sensaciones pueden acabar sintetizadas en una superior, de poder, estrictamente somática. Esa emoción corporal, esa electricidad, puede unirse con una actividad cerebral intensificada y una eléctrica velocidad de tecleo. La bravuconada de la conversación en persona o lo inofensivo y fugaz del soliloquio interior se superan al querer escribir en estas condiciones más o menos autoinducidas. Como un taoísmo invertido, satánico, la concentración (de “concentrar”, no de “concentrarse”) resultante provoca unas taquicardias y respiraciones aceleradas que se traducen, ellas sí, en nuevas ideas, fuertes y sanas. Llevando la creatividad a estos límites, rechazando lo automatizado —que no lo automático: las asociaciones espontáneas de ideas pueden ser fructíferas en las condiciones adecuadas—, el autoconocimiento suele aparecer a mitad de texto, más o menos, si se ha hecho bien. Además de que también se crea conocimiento en general y a quien pueda interesar. En un cuaderno de notas público como pueda ser éste.

Estos días empiezo a sospechar que mis teorías estéticas (toma chaval presuntuoso que estoy hecho) pueden acabar desembocando en un radicalismo político destructivo de lo más libidinoso que, en todo caso, jamás podría ni querría llevar a cabo. Aunque, si viera su necesidad como incontestable, sí osaría materializarlo en manifiestos incitadores de insurrecciones populares. Permanezcan atentos y no dejen de informar a las autoridades si leen aquí algo que consideren que pueda atentar contra el orden.

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