THE LORDS OF SALEM: Tras la cortina del kitsch

Ya se lo preguntaba Laurie Anderson: what is behind that curtain? ¿Es siempre roja la cortina? ¿Y lo que hay detrás? ¿De verdad queremos mirarlo? ¿O nos basta con saberlo?

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Como sugiere Aarón Rodríguez, Rob Zombie juega (indirectamente, a diferencia de Lynch) en The Lords of Salem con ese temblor que genera el cortinaje que esconde algo. A diferencia de sus otras películas, que tenían el valor de mostrarlo todo, de ser una traducción empírica a lenguaje cine de nuestros deseos, la última escatima. Es demasiado consciente de ser una ficción, no se deja llevar. Como en un sistema de planes quinquenales, está atrapada en sí misma y no explota. Es un vaivén de libido, más propio de las historias de fantasmas que de la inconsciente voluntad de destrucción que guía la creación y la contemplación posmoderna. Pero Zombie no escapa a esa voluntad, sólo la pospone con la complicidad de nosotros sus amigos. No queremos conocer lo que hay tras la cortina, sólo queremos verlo. No queremos un clímax, sino una descarga. Ya hablaremos después si resulta anticlimática, como en The Lords of Salem.

¡Mentira! No aceptamos coitus interruptus porque se nos enseñe un coitus. No, lo queremos todo. Queremos verlo todo y luego destruirlo. Queremos la hegemonía de la imagen revelada, el verlo todo permite controlarlo todo y, en consecuencia, violarlo y destruirlo todo. Buscamos ser tratados como animales sedientos de muslos ensangrentados. Anhelamos levantar (no correr) la cortina y encontrarnos con el infierno. Las presencias elusivas a nuestros sentidos y los sutiles desajustes caracteriológicos de personajes y actores en The Lords of Salem prometen que alguien levantará por nosotros la cortina, para nosotros, y que tras ella estará el infierno. Cuando esto sucede, allí está el infierno, efectivamente. Pero no es un infierno teológico, ni siquiera uno de despiece muscular orgánico. Es el infierno sobre un escenario, el único que podemos comprender; como el único paraíso al que podemos entrar está también en una pantalla. El infierno hoy sólo puede ser representado como kitsch. Puede ser vivido de otra manera cierta —como de hecho lo es por los millones de seres humanos que mueren de hambre evitable en nuestros días—, pero no representado con otro código. En ese caso, no sería el infierno sino una experiencia de lo sublime. Algo que nos sobrepasaría y, por tanto, sobrepasaría también la pura representación para entrar en el terreno de lo religioso, inaccesible ya para nosotros fuera de la experiencia directa, corporal, puramente física, del dolor real, como en Martyrs. Aunque a nosotros nos parezca la contrario por nuestra guasa y nuestra ironía idiosincrática, las representaciones de lo diabólico a lo largo de la historia no eran kitsch, sino trascendentes. Conectaban a quien las veía con el más allá y le daban yuyu por lo que sentía que había en él, esperándole al menor tropiezo. The Lords of Salem evidencia que ya no podemos unirnos a nada ultraterreno, sólo a nuestra propia imaginería, que cumple la función de limitar ese espacio del más allá. El infierno de Rob Zombie no es un infierno, es un paseo por una exposición temporal de un museo de arte contemporáneo. O es lo que hay minutos después de salir de una sala de cine de presenciar representaciones kitsch del infierno.

Sería absurdo decir que no hay grietas en su plástica kitsch, puestas por Rob Zombie muy concienzudamente, como hace Ti West, el otro heredero satanista de Carpenter. West nos mostraba un aborto en su sutilísimo corto para The ABCs of Death, negando él que nos lo estaba enseñando y negándonos nosotros que lo estábamos viendo. En The Lords of Salem, como en Halloween II —no creo que sea casualidad que las escenas eliminadas de la versión para cine sean las que más impactan y se implantan en el recuerdo—, nos movemos con inquietud ante los tableaux vivants de cuerpos acumulados. Pero se apartan rápido del montaje, dejando en la retina una impresión estética subliminal, no una sublime en el corazón/mente. Si fueran el centro, podrían llegar a ser una brecha que rasgara no ya el cortinaje, sino la propia estancia teatral o pantalla. Y a eso, a los verdaderos cuerpos muertos acumulados, sí que no podemos (no queremos) enfrentarnos. Los que están aquí quedan convertidos en plástico o en plástico expuesto en una galería de arte de capital de provincias. Son infiernos falsos. Pero todo eso falso es nuestra verdad. No tenemos otra. El director y su público asumen que les gustaría superar unos límites (de representación, de horror… de realidad) que ni pueden ni quieren superar, y se acepta que eso va a generar una frustración. La alternativa al infierno adorable de The Lords of Salem son las películas previas de Rob Zombie, que nos daban la verdad kitsch de la destrucción física, no de la espectral o de la estética. ¿Cuál es más peligrosa? ¿Cuál se desea más intensamente? ¿Cuál genera mayor frustración?

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