Primavera (y otras verdades)

chun

De pequeño te enseñan muchas palabras, que darás por hecho que te iban a enseñar (lo confirmarás cuando aprendas otros idiomas) y que das por hecho que son verdad. Como las estaciones del año. Son algo natural, te dicen. O, si eres despierto: son algo natural, piensas. Te vas haciendo mayor y notas que, más o menos en abril, todos los años te pasa algo en el cuerpo. Te pasan muchas cosas en el cuerpo. Yen los otros cuerpos, más escuetos y más gritones en su ligereza. No hace falta mirar al otro lado de los cuerpos, la primavera ha llegado, lo sabes. Miras uno de los dos calendarios con pliegues y flores de tinta que le han regalado en el restaurante chino a la chica que te gusta (tienes uno que le has pedido a ella porque se han equivocado y le han dado dos, las manos piensan por sí solas en primavera), es abril, era marzo, luego es primavera. Actualizas la información en la que te han socializado, la que has naturalizado. No hace falta pasear con los ojos para ver el verde. Se sabe, es así.

Conoces a un argentino y te dice que, allá, la primavera es en otra época. El año humano no, pero el de la Tierra tiene antípodas. Qué curioso, le dices. Es una información que te choca porque nadie te lo había explicado, pero la recibes como un dato que podrías haber leído en internet. Allá es allá y yo estoy acá. Aquí, en Alicante, es clima mediterráneo. Tenemos cuatro estaciones muy claras, que me lo han explicado en Geografía. Y es que lo veo, copón. No somos tropicales ni nada. Te haces más mayor y te vas a vivir una temporada a una megalópolis que sí que es tropical. Todo verde, claro. Seguro que aquí siempre es primavera. O nunca, que lo mismo es. Te haces aún más mayor y contigo tu sociedad y te vas a vivir a otra ciudad con muchos parques. Una ciudad que se dice europea. Madrid. La imaginabas de cemento y permanentemente en un verano frío y cuarteador. Uno que nunca se acaba. Hacia marzo sales de una hibernación que no pensabas que pudiera ser tan larga. Vas a un parque, haces fotos a los pájaros. Y recibes un golpe, como de viento pero no es de viento. Es de ramas y de hojas y de tierra marrón que las contrasta. Porque te das cuenta de que todo, todo, todo es verde. Hace un rato era ponzoñoso, desnudo. Ahora es verde, como en la megalópolis tropical que ya nunca olvidarás y que siempre llevas contigo y no puedes parar de contar (¡pesado!) lo que allí viste y viviste, o como en esos pueblos de montaña que visitabas en verano con tus padres y de los que a veces te acuerdas. Habías perdido el verde. El matojo del sur es bello, con sus conejos, pero no es verde. Correlacionas (a eso sí has aprendido; por tu cuenta) y concluyes: ES PRIMAVERA. Hay cuatro estaciones, aquí sí. En Alicante había dos. En otros sitios, una. En otros incluso las mismas o diversas pero al revés. Y hasta las hay en el mundo tan extremas que parecen de otro mundo, de otro vocabulario que nunca has aprendido en tu tranquilo paralelo 40º Norte.

Aquí, en Madrid, hay cuatro. Lo sientes, no lo lees. Lo ves. Lo vives. El verde te entra en el cuerpo como un olor hace entrar por tu nariz partículas físicas de la cosa que exuda ese olor. Desengaño: has vivido una fantasía centralista. Has interiorizado realidades que no eran las tuyas. Te han mentido, tus profesores, los que tanto saben que saben. La cultura popular. A lo mejor hasta tu cuerpo estaba condicionado por tus ideas y cobraba vida porque pensabas que tocaba en primavera. No era primavera, sólo una farsa psicosomática. Pero la primavera existe. Hay estaciones, en los libros de texto, en los sitios que importan (¡precisamente hay naturaleza en las ciudades que se dicen deshumanizadas! ¡ah, verde ironía!; piensas paseando solo, solo, por el parque), que son los sitios donde se escriben los libros de texto pero no es por eso que importan sino viceversa. Donde hay parques con flores que huelen en abril. Lo hueles. Estás vivo. El mundo también, pensabas que lo estaba y no lo estaba y ahora sabes que lo está. Ahora hay un lugar y una época en la que deseas con fiereza el eterno retorno: Madrid en primavera. Primavera. Luego vendrá el verano, luego el otoño, después el invierno, después otra primavera. Qué interesante. Y qué intenso. Y qué original era yo, tan ingenuo que me había tragado unas palabras y unas ilustraciones malas que me dijeron qué era lo que había al otro lado de la ventana.

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2 Respuestas a “Primavera (y otras verdades)

  1. Reality is arbitrary, ya lo dice Jim Jarmusct en su último flim… es un horror descubrir que algunos veranos solo tienen 16 grados o que en ellos nunca se pone el sol pero ¿y lo lindo que es saber que la realidad nunca dejará de sorprendernos? Siga escribiendo…

  2. ¡Es maravilloso que la realidad nos lleve la contraria constantemente! (o que se la lleve a quienes nos cuentan cómo es la realidad) Si uno lo sabe todo, para qué vivir ya. O, al menos, para qué pensar.

    Sigo escribiendo… como tú, ¡qué bien que has vuelto un poco!

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