EVIL SPIRITS OF JAPAN: Intercambio de papeles o argumentos compartidos

Además de ser, cuando se pone, el director japonés que mejor filma a las mujeres, Kazuo Kuroki tiene un rasgo compartido con otros maestros compatriotas suyos: sabe escoger un buen argumento, uno que sintetice lo que quiere decir, que contenga la raíz del problema a plantear, a partir del cual sea muy difícil hacerlo mal. En Evil spirits of Japan (Nippon no akuryo, 1970), que habla entre otras cosas del Japón de la época un poco alegóricamente, Kei Sato interpreta a un yakuza y a un policía, que se conocen en el curioso contexto de que una fulandonga ha confundido al uno con el otro. Sea como sea, recuperan la entrañable tradición de intercambiar sus vidas, pasando el yakuza a ser un exitoso inspector de policía y el policía a ser un yakuza fracasado, aunque termina desatando ese instinto violento que los criminales tienen actualizado.

Aquellos programas de televisión de “Cambia de familia” son experimentos sensibleros y morbosos pero, de partida, interesantes. En China pude ver uno en el que un niño campesino muy pobre se cambia con un acomodado chico de ciudad, lo que por supuesto saca lo mejor de cada uno y, durante la hora y media que dura cada capítulo, lo mejor de los espectadores. Quizá lo olvidan en cuanto comienzan los anuncios y el culebrón subsiguiente, pero algo queda. Tanto los que protestan (protestamos) contra las injusticias sociopolíticas como aquellos que nos las imponen podríamos quizá sacar mucho en claro de un ejercicio así. ¿Os imagináis a alguno de los escasos políticos en los que se perciben ciertos rasgos humanos viviendo en un hogar de clase media-baja y metido todo el día en las redes sociales poniendo a parir a los suyos? ¿Y a un ciudadano de izquierdas obligado a tomar decisiones difíciles que afectaran a millones de personas y a sentir que, en algunos momentos, puede estar equivocado? Bien pensado, no serviría de mucho. El problema: cada cual vive en su mundo y les es imposible salir siquiera temporalmente de él. Unos consideran que tienen toda la razón, otros que tienen el poder absoluto. Con distintos matices y en distinto grado, ambos yerran en esto. Pero no pueden saberlo, cada uno habita un espacio diferente y cerrado, convencido de que si presta la llave al otro terminará entrando para robarle el estéreo. No hay confianza posible porque no hay comunicación posible. Sin el opuesto no se puede poner en duda el positivo, el negativo es simplemente negativo, un dogma. Como en las imágenes de arriba de Evil spirits of Japan, uno se siente desnudo y el otro fuerte; pero la situación de cada uno ahí es intercambiable, uno puede ser el otro en ese momento o, más aún, probablemente ambos se sientan a la vez como el que mira desde las alturas, poseído por saberse con razón o con poder.

Pero el diálogo es necesario. Es la única forma de comprobar que, más allá de retóricas (y realidades) marxistas, de estadísticas neoliberales, todos somos, o podemos ser, lo mismo. Tal vez el experimento de cambiarse de vida durante unos días sería una pérdida de tiempo, como un viaje que recuerdas con placer y que, sin embargo, te frustra porque no eres capaz de reproducir en tu vida cotidiana la actitud abierta que tuviste entonces. Pero la alternativa más sencilla del diálogo no sería inútil. De vez en cuando salen los resultados de encuestas en las que se pregunta a los españoles: ¿con quién te irías de cañas? Suelen salir futbolistas sosísimos. Yo elegiría, hoy por hoy, a Rajoy. Incluso a Botín. Quiero saber lo que piensan de verdad, quiero que sepan lo que pienso de verdad. Quiero sentirlos y que me sientan, y no hablo de sodomizarlos brutalmente, por mucho que puedan merecerlo. Pasando una tarde juntos pinta tras pinta seguro que se enriquecería nuestra visión del mundo, la visión mutua el uno del otro, de lo que representamos. La empatía, en fin. Y la empatía es condición necesaria para actuar teniendo en cuenta al Otro, no sólo pensándolo sino sintiéndolo como un ser humano, como tú. El intercambio de vidas no funcionaría porque se ocupa el lugar del Otro, pero el Otro desaparece. Es lo que sucede en Evil spirits of Japan, no hay humanidad sino mecánica social. En cambio, la conversación franca serviría porque tendrías al otro delante. Y, dado que no sé cómo he llegado hasta aquí partiendo de una captura de pantalla de Kei Sato desnudo, este es un buen momento para acabar, citando a Lévinas (Totalidad e infinito):

El tercero me mira en los ojos del otro: el lenguaje es justicia. No decimos que haya rostro desde el principio y que, a continuación, el ser que éste manifiesta o expresa se preocupe de la justicia. La epifanía del rostro como rostro introduce la humanidad. El rostro en su desnudez de rostro me presenta la indigencia del pobre y del extranjero; pero esta pobreza y este exilio que invocan a mis poderes me señalan, no se entregan a estos poderes como datos, siguen siendo expresión del rostro. El pobre, el extranjero se presentan como iguales. Su igualdad en esta pobreza esencial consiste en referirse a un tercero, así presente en el encuentro y al que, en el seno de su miseria, el Otro sirve ya. Se une a mí. Pero me une a él para servir, me manda como un señor. Mandato que sólo puede concernirme en tanto que yo mismo soy señor, mandato, en consecuencia, que me manda a mandar. El tú se coloca ante un nosotros.

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