Archivo mensual: diciembre 2011

Sobre el tiempo presente

Tenía preparada para este poema una glosa apasionada y rebosante de contradictorias intuiciones a medio nacer, como todas las que intento escribir. Pero he decidido callármela por una vez y dejaros disfrutar de un diálogo directo con Valente que, entre otras cosas, dice mucho mejor que yo mucho de lo que siempre intento decir por aquí. Esto necesitamos, voces lúcidas del pasado que nos hablen de nuestro tiempo y, sobre todo, de lo que los humanos de todas las épocas tenemos en común.

 

SOBRE EL TIEMPO PRESENTE (José Ángel Valente)

Escribo desde un naufragio,

desde un signo o una sombra,

discontinuo vacío

que de pronto se llena de amenazante luz.

 

Escribo sobre el tiempo presente,

sobre la necesidad de dar un orden testamentario a nuestros gestos,

de transmitir en el nombre del padre,

de los hijos del padre,

de los hijos oscuros de los hijos del padre,

de su rastro en la tierra,

al menos una huella del amor que tuvimos

en medio de la noche,

del llanto o de la llama que a la vez alza al hombre

al tiempo ávido del dios

y arrasa sus palacios, sus ganados, riquezas,

hasta el tejo y la úlcera de Job el voluntario.

 

Escribo sobre el tiempo presente.

Con lenguaje secreto escribo,

pues quién podría darnos ya la clave

de cuanto hemos de decir.

Escribo sobre el hálito de un dios que aún no ha tomado forma,

sobre una revelación no hecha,

sobre el ciego legado

que de generación en generación llevará nuestro nombre.

 

Escribo sobre el mar,

sobre la retirada del mar que abandona en la orilla

formas petrificadas

o restos palpitantes de otras vidas.

Escribo sobre la latitud del dolor,

sobre lo que hemos destruido,

ante todo en nosotros,

para que nadie pueda edificar de nuevo

tales muros de odio.

 

Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos,

con palabras secretas,

sobre una visión ciega, pero cierta,

a la que casi no han nacido nuestros ojos.

Escribo desde la noche,

desde la infinita progresión de la sombra,

desde la enorme escala de innumerables números,

desde la lenta ascensión interminable,

desde la imposibilidad de adivinar aún la conjurada luz,

de presentir la tierra, el término,

la certidumbre al fin de lo esperado.

 

Escribo desde la sangre,

desde su testimonio,

desde la mentira, la avaricia y el odio,

desde el clamor del hambre y del trasmundo,

desde el condenatorio borde de la especie,

desde la espada que puede herirla a muerte,

desde el vacío giratorio abajo,

desde el rostro bastardo,

desde la mano que se cierra opaca,

desde el genocidio,

desde los niños infinitamente muertos,

desde el árbol herido en sus raíces,

desde lejos,

desde el tiempo presente.

 

Pero escribo también desde la vida,

desde su grito poderoso,

desde la historia,

no desde su verdad acribillada,

desde la faz del hombre,

no desde sus palabras derruidas,

desde el desierto,

pues de allí ha de nacer un clamor nuevo,

desde la muchedumbre que padece

hambre y persecución y encontrará su reino,

porque nadie podría arrebatárselo.

 

Escribo desde nuestros huesos

que ha de lavar la lluvia,

desde nuestra memoria

que será pasto alegre de las aves del cielo.

Escribo desde el patíbulo,

ahora y en la hora de nuestra muerte,

pues de algún modo hemos de ser ejecutados.

 

Escribo, hermano mío de un tiempo venidero,

sobre cuanto estamos a punto de no ser,

sobre la fe sombría que nos lleva.

 

Escribo sobre el tiempo presente.

[El inocente, 1970]

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Cine antiguo (o: el polvoriento discurso del “ya está todo inventao”)

[Las imágenes son de Kärlek 65 (Bo Widerberg, 1965), una de tantas películas muertas al nacer]

Todos los profetas de la modernidad han (hemos) pronosticado, en días de mente recalentada, la muerte del cine. O, al menos, la del cine clásico. Vivimos en la tiranía de la narrativa, como siempre me ha gustado llamarlo. Y, por supuesto, todos los profetas de la modernidad se han (nos hemos) equivocado. Hace ya un siglo que se grita la muerte de la vieja cultura, y la vieja cultura sigue viviendo y dominando, ajustando sus formas a los gustos de cada momento. Ayer eran las películas, hoy son las series. Seguramente sea porque aquel rancio argumento de que el ser humano es un ser narrativo es cierto; el éxito constante de la mitología, y no hay mayor mitología moderna que la cultura popular, no engaña. Quitando a los auténticos rupturistas de hace cien años, los poetas y artistas de las vanguardias, y a algunos creadores con personalidad propia y tormentas de talento, ya no parece que haya revolución cultural posible en la modernidad. Cuando se ha inventado todo, ¿qué se puede inventar? Esa es la tragedia del mundo post-moderno: la pérdida de la posibilidad de sorpresa. Que sí, que hay asuntos aislados que le siguen volviendo a uno la cabeza del revés. Pero no dejan de ser singularidades, a veces simples variaciones con un cierto toque particular. Cuando todo es moda, no hay revolución cultural posible; sólo algunos francotiradores consiguen mantener la llama encendida, sin repercusión más allá de pequeños reductos. Los cambios a gran escala quedan fuera de nuestras posibilidades.

Que nada de esto quiere decir que el cine será moderno o no será. Si un creador entiende su tiempo, si tiene la sensibilidad apropiada, si es sincero y hasta valiente… el valor de la innovación puede ser relativizado. Cierto cine del sudeste asiático lleva unos años reinventando el medio. Pero nada más lejos de la realidad: se dedica simplemente a ser puro, a ofrecer una depurada mirada auténtica y contemporánea que, por eso mismo, se siente fresca, lo sea o no. Y que, por eso mismo, por saber sustraerse a las modas, no envejecerá mal. Aceptar esto no supone adoptar una visión ni conformista ni pesimista de la cultura, sino intentar superar la sorpresa y la originalidad como valores supremos. Poniéndome un poco cósmico: la cultura, como iluminados con blogs llevan diciendo desde los tiempos de los egipcios, quizá ha llegado a su límite; pero, por contra, el ser humano sigue cambiando con la historia y, con él, las formas culturales. Los creadores que comprenden esto en profundidad y son capaces de evitar en alguna medida relevante la tentación de las modas y hablar desde y para el, con perdón, Zeitgeist, esos y no otros, son quienes hacen la cultura moderna. Y esa, aunque no destruya lo anterior ni anticipe un nuevo mundo, es la verdadera cultura: la humana.