Cine antiguo (o: el polvoriento discurso del “ya está todo inventao”)

[Las imágenes son de Kärlek 65 (Bo Widerberg, 1965), una de tantas películas muertas al nacer]

Todos los profetas de la modernidad han (hemos) pronosticado, en días de mente recalentada, la muerte del cine. O, al menos, la del cine clásico. Vivimos en la tiranía de la narrativa, como siempre me ha gustado llamarlo. Y, por supuesto, todos los profetas de la modernidad se han (nos hemos) equivocado. Hace ya un siglo que se grita la muerte de la vieja cultura, y la vieja cultura sigue viviendo y dominando, ajustando sus formas a los gustos de cada momento. Ayer eran las películas, hoy son las series. Seguramente sea porque aquel rancio argumento de que el ser humano es un ser narrativo es cierto; el éxito constante de la mitología, y no hay mayor mitología moderna que la cultura popular, no engaña. Quitando a los auténticos rupturistas de hace cien años, los poetas y artistas de las vanguardias, y a algunos creadores con personalidad propia y tormentas de talento, ya no parece que haya revolución cultural posible en la modernidad. Cuando se ha inventado todo, ¿qué se puede inventar? Esa es la tragedia del mundo post-moderno: la pérdida de la posibilidad de sorpresa. Que sí, que hay asuntos aislados que le siguen volviendo a uno la cabeza del revés. Pero no dejan de ser singularidades, a veces simples variaciones con un cierto toque particular. Cuando todo es moda, no hay revolución cultural posible; sólo algunos francotiradores consiguen mantener la llama encendida, sin repercusión más allá de pequeños reductos. Los cambios a gran escala quedan fuera de nuestras posibilidades.

Que nada de esto quiere decir que el cine será moderno o no será. Si un creador entiende su tiempo, si tiene la sensibilidad apropiada, si es sincero y hasta valiente… el valor de la innovación puede ser relativizado. Cierto cine del sudeste asiático lleva unos años reinventando el medio. Pero nada más lejos de la realidad: se dedica simplemente a ser puro, a ofrecer una depurada mirada auténtica y contemporánea que, por eso mismo, se siente fresca, lo sea o no. Y que, por eso mismo, por saber sustraerse a las modas, no envejecerá mal. Aceptar esto no supone adoptar una visión ni conformista ni pesimista de la cultura, sino intentar superar la sorpresa y la originalidad como valores supremos. Poniéndome un poco cósmico: la cultura, como iluminados con blogs llevan diciendo desde los tiempos de los egipcios, quizá ha llegado a su límite; pero, por contra, el ser humano sigue cambiando con la historia y, con él, las formas culturales. Los creadores que comprenden esto en profundidad y son capaces de evitar en alguna medida relevante la tentación de las modas y hablar desde y para el, con perdón, Zeitgeist, esos y no otros, son quienes hacen la cultura moderna. Y esa, aunque no destruya lo anterior ni anticipe un nuevo mundo, es la verdadera cultura: la humana.

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  1. Pingback: A la salvación por el cine de género | El Ansia

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