I SAW THE DEVIL: Violencia engendra violencia, venganza engendra venganza

Ay, el cine violento y la moralina. O, más bien, el  cine de género y la moralina. Esos compañeros inseparables. Parecería que los géneros tienen que ofrecer alguna utilidad al ser humano para legitimarse, para justificar su desvergüenza al repetir lo que tantos han hecho ya.

I saw the devil (Akmareul boatda; Jee-woon Kim, 2010) es una película de género y rebosa moralina. El mensaje se escapa por todos sus poros, un mensaje claro: que la violencia engendra más violencia. Demasiados críticos suelen interpretar que la violencia explícita, además de reducir los valores artísticos de una obra (¡sí, todavía se juzga una obra por su temática!), es en sí misma una celebración de la violencia. Haneke ya mostró lo contrario en Funny games, mientras que Tarantino llevó a la cima el terror real a la violencia real mediante el exceso de la violencia ficticia, a través de las relaciones entre ambos en Malditos bastardos (una mítica con la Historia auténtica como fondo, no como la mítica atemporal y prefabricada de aquí). Esta coreanada se inscribe en esa tradición. Y lo hace partiendo desde la posición contraria, ya que hasta la mitad del metraje I saw the devil se antoja como realmente celebratoria de la violencia. Como, esta vez sí, una película peligrosa. El espectador empatiza inevitablemente con el protagonista (rápida sinopsis: un psicópata, remedo coreano de Anthony Wong, mata a la mujer de un policía, y este le persigue puteándole cuanto puede, jugando con él cruelmente) e interioriza el placer que siente el ángel vengador. Se disfruta con él, se reniega de la justicia democrática, se siente que Stallone tenía razón defendiendo el que cada uno pueda tomarse la justicia por su mano. Se siente: ahí está el peligro.

A diferencia de las obras de Haneke o Tarantino, en esta no hay una gran reflexión detrás, ni sobre la violencia, ni sobre el cine, ni sobre el ser humano. Cómodamente dispuestos en ese estilo funcional tan americanizado del cine coreano, dos personajes y las situaciones que surgen entre ellos son todo lo que hay. No hay reflexión, sino exposición. Esa narración mecanizada encaja con la superficialidad de la historia, porque habla de las pasiones humanas destructivas, y poca cosa hay más “lo que ves es lo que hay” que las pasiones humanas. Afortunadamente, a partir de cierto momento ya no hay suficientemente buenos o malos, y la violencia emerge triunfadora sobre los restos muertos de todo lo que encontró a su paso. El juego de mutuas venganzas, que al principio pareció tener una motivación justa, no puede sino derivar en caos, muerte, tragedia, en el triunfo de la pérdida (de la humanidad como concepto ético y de seres humanos concretos), como advierten los personajes sensatos al dolido protagonista, que opta por dejarse llevar por su sed de sangre. Hoy lo vemos cada día en las noticias, en la inacabable espiral de respuestas entre Israel y Palestina, entre las invasiones estadounidenses y los terroristas que las detestan. En cierto sentido, entre Corea del Norte y Corea del Sur, trágicamente hermanados como terminan hermanados el policía y el asesino. Una interpretación alegórica descabellada y que no se sostiene por ningún lado, pero que no me puedo resistir a poner: el asesino como norteño, el policía como sureño, el estilo fílmico americano (que va con el Sur; o, más bien, contra el Norte) como recubrimiento del enfrentamiento, una narrativa que funciona como una manta de superficialidad que alienta las pasiones y las resoluciones agresivas, sin espacios para el diálogo. Montaje, planos, sonido… todo automatizado, no hay reflexión. Las cosas se hacen como vienen, y si me viene matar a alguien, lo mato. Sólo hay diálogo de sordos (monólogo), american style, en el que el policía escucha los improperios que le lanza el asesino gracias al micro-micrófono que le ha metido en la barriga. Así no hay solución, sólo destrucción general y de inocentes. Inocentes simbolizados en las mujeres, es decir, en el símbolo permanente de la debilidad en el cine de terror, que son aquí torturadas y vejadas con la menor piedad posible. Como les suele ocurrir a los inocentes y a los débiles en las violencias de la vida real. Les vemos sufrir en la televisión o en fotografías detalladas, sufren lejos de nosotros, a una distancia insalvable; aquí, la cámara sube y se recrea en algún plano cenital de dolor, también dejando desprotegida a la víctima, en un nivel físico diferente al nuestro… pero perfectamente visible. Y no se puede apartar la mirada. Y no se puede separar la pasión: van unidos el deseo de destrucción de ese cuerpo frágil y a cualquier merced con el deseo empático de salvar al inocente y, para culminar, con el deseo de venganza pura.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s