El amor tiene que dejar ciego para ser amor

Potser només ets l’ombra rient i fugitiva

d’un desig obstinat a habitar dins la ment,

i t’he cenyit entorn amb carn de pensament

i amb sang de mes batalles t’he fet encesa i viva.

 

Amor, potser el suau sospirar que de tu

ve a mi, és tan sols la folla ressonança

d’aquell desig fet música, i és, damunt ta semblança,

ma pròpia joia el sol que s’hi atura i lluu.

 

No hi fa res: jo t’hauré amat carnal i eterna;

fugirà l’ombra, mes ja el meu únic destí

serà allò meu que no mor, que morirà amb mi,

-que tu sola, oh Amor, hauràs pogut saber-ne.

[Primer llibre d’estances, Carles Riba]

El amor toma la forma de la amada, no es una idea abstracta. Pero en este poema de Riba es una materia que al principio sí es abstracta: una sombra. Es algo volátil, difuso, ajeno al ser humano a la vez que dependiente de él. El esfuerzo del amante va convirtiendo en carne esa idea, que es inaprensible como una anguila, que se divierte huyendo. No se puede mirar directamente. Al menos no demasiado pronto: si nos equivocamos en los tiempos y fijamos la mirada antes de que la sombra haya tomado cuerpo, cambiará y hasta puede desaparecer, como dicta el principio de Heisenberg. Sin embargo, no es ciencia. Porque, aunque no sea verdad, se puede luchar para que lo sea. Se puede mirar su reflejo, como el del sol en una hoja de papel. Poco a poco, ir acostumbrando el cuerpo a la idea, para que se transforme en un suspiro que se pueda sentir y, después, en un cuerpo completo, pegado al nuestro. Entonces será el momento: hay que enfrentarlo directamente, hasta quedarse uno ciego. El amor no es ciego, pero ha de dejar ciego para ser amor. No puede conformarse con el reflejo. No puede ser el reflejo de uno mismo ni la sombra de la amada, sino la amada misma. Tanto la auténtica como la creada por el que ama.  Y, como cuando se mira al sol, se convierte en el centro de todo y la vida a su alrededor pasa a ser la verdadera sombra. Y la amada deja de ser la amada y se convierte en el amor, ya no su sombra o la del amante. El último verso culmina el camino, cuando se comprueba que ha sido recíproco: el amante a su vez también ha sido objeto de la amada y ha seguido el mismo proceso en ella. Juntos, son el sol el uno para el otro, el mundo es la sombra y son sombra y luz para el mundo.

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