AMER: Cine siendo cine

En realidad, por mucho que los alabemos, los estetas italianos de los 70 se quedaron cortos. Los nombres obvios, como Argento o Bava, crearon grandes películas y momentos pero, en última instancia, quedaban en parte atados a convenciones genéricas, comerciales y, sobre todo, narrativas. Por suerte, en nuestra época tan de vuelta de todo, siempre hay alguien dispuesto a llevar las cosas más lejos todavía. Eso es lo que hace Amer (Cattet y Forziani, 2009), despojar al giallo de todo lo superficial y convencional, dejándolo en el esqueleto estilístico, aumentando además esa estilización gracias a las posibilidades del vídeo digital. Prácticamente sin diálogos, la película es un derroche de imaginación y de sensibilidad fílmica. Esto es cine puro, es amor al cine, es respeto por la cámara, por el mundo y por la manera en la que la cámara puede mostrar el mundo. La industria genera productos muertos antes de nacer, en los que es imposible encontrar una gota de autenticidad ni de vida; pienso por ejemplo, porque la vi hace un par de días, en Super 8, tan inane y sosa que ni siquiera molesta por su vulgaridad, tan funcional que no deja espacio a la humanidad, tan prefabricada que ha de ser el marketing quien le otorgue unos valores de los que carece. No se puede considerar cine a estas cosas (¡me niego!), sobre todo mientras se sigan realizando auténticas películas como Amer.

Fallida o no, Amer es todo lo que debería ser una película: algo que sólo tiene sentido mientras se está viendo. Su materia es su significado, sus planos, recursos, sonidos, montaje… son su razón de ser. Y se miman, se cuidan al detalle. Cada milímetro de lo que aparece en pantalla se siente pensado, cada movimiento y cada corte están ahí por algo y, juntos, logran un conjunto expresivo, refinado y dotado de una gran concentración de símbolos. Ese algo por el que están no es narratividad ni funcionalidad, no es videocliperismo ni lenguaje publicitario, sino creación cinematográfica. Aunque Amer esgrime la aburrida bandera del homenaje al giallo, su radicalidad la acerca más a Philippe Grandrieux que a los italianos (aunque no se puede despreciar la influencia de italianos como Renato Polselli, incluso da buenos argumentos para dignificarlos y reivindicar su importancia). Consigue captar y transmitir sensaciones puramente corpóreas y a la vez subjetivas, cercanas a las sugerencias de la ética del cuerpo del genio Grandrieux, aunque sin llegar a su profundidad metafísica. Esos cuerpos o, mejor dicho, sus detalles, se muestran reales, tienen volumen y textura, pertenecen al mismo mundo del espectador y no a laboratorios industriales. Su tratamiento artístico los subraya y hasta deforma, les regala un espacio propio. Pero es que, al final, Amer es ante todo un intento de rodar la subjetividad. Las capas de estilo esconden interpretaciones del mundo. Esto se puede apreciar gracias a que los directores (a quienes hay que seguir; esperemos que se decanten por seguir su camino personal y no se vayan a los USA a entregarse al cine genérico “con un toque europeo”, como tantos otros) son lo suficientemente inteligentes como para, en contadas ocasiones, hacerse a un lado y permitir a la realidad mostrarse como es. Porque ese espacio propio que les da el cine se sitúa inevitablemente dentro de otro espacio general y neutro. Por ejemplo, una secuencia de un encuentro con un hombre en la calle hipersensualizado por la protagonista. La acumulación de planos de detalle y de sonidos a flor de piel arrastran al espectador a compartir su visión del momento, muy físico a la vez que onírico (¿no es eso la subjetividad?). Pero un simple plano se aleja y toma una perspectiva objetiva: sólo es una mujer nerviosa cogiendo un taxi. Es difícil comprobar con mayor claridad el poder transformador y creador del cine. Y además, al final, se descubre que era más fiel a la realidad la perspectiva subjetiva que la objetiva.

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  1. Pingback: Breves ejercicios de deconstrucción del giallo | El Ansia

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