Sidney Lumet (I)

[Pobre Sidney Lumet… aquí empieza el repaso a las películas suyas que he visto]

12 angry men (Doce hombres sin piedad, 1957) – La primera en la frente. Lumet se hizo grande desde el principio, con esta apología racionalista del Estado de derecho, que unía lo jurídico con lo humanista con la máxima perfección formal y moral posible. Logra algo tan complicado como es justificar el sistema de la democracia capitalista sin caer en su legitimación propagandística. Más bien al contrario, lo justifica a partir del disenso, criticando a aquellos que más integrados están, avisando de que es a ellos a quienes hay que temer.

The fugitive kind (Piel de serpiente, 1959) – Un hipersexuado viaje al oscuro mundo rural de Tennessee Williams, a modo de pesimista melodrama en el que la marginalidad concuerda en medios y fines con el dominio sobre el otro. La dignidad sólo existe para ser pisoteada, por culpa de la total falta de autocontrol. Y esta viene de la soledad extrema que lleva a abrazar con desesperación cualquier sucedáneo de cercanía humana.

Vu du pont (A view from the bridge, 1962) – El hábitat de la clase obrera aparece como un mundo aparte, como si hubiera alambradas de espino alrededor de los recintos del hogar y del lugar de trabajo, como si toda la libertad espacial fuera ir en un autobús policial del uno al otro. ¿Una alegoría; no tiene el pobre realmente grandes limitaciones, de todo tipo? El aislamiento lleva a una espiral de ansiedad y autodestrucción, que degenera en delación, autoodio xenófobo y, en general, violencia potencial que acaba ejerciéndose contra los únicos que se pueden alcanzar: los que están en la misma situación que tú.

Long day’s journey into the night (Larga jornada hacia la noche, 1962) – Lumet logra por fin el virtuosismo formal y la libertad creativa que le permiten plasmar a lo grande la tragedia que buscaba: la de las relaciones humanas. Aquí ya no están mediatizadas (¿o sí…?) por el sexo ni por la clase, sino que se presentan en su forma más pura, la de la familia. La obra original de Eugene O’Neill no escatimaba sordideces, y la fotografía de Boris Kaufman vierte ese abismo a la pantalla. Un recital de intensidad interpretativa y de la angustia de tener que vivir en sociedad, casi a la manera de la “insociable sociabilidad” kantiana, con uno de los finales más memorables y pesimistas del cine: no se puede huir de los demás, ni aunque necesites hacerlo. Y ningún otro va a venir ayudarte con tus otros. Qué plano, qué plano…

The pawnbroker (El prestamista, 1964) – Años antes de Shoah, el cine se acercó (aún en la ficción) con Lumet a las consecuencias del Holocausto en los supervivientes. La destrucción de la humanidad interna. En los campos de concentración y de exterminio el presente era la muerte en vida. Aunque el cuerpo se conservara, todo lo demás quedaba limitado al mero instinto de autoconservación. El superviviente, a veces, lo es a su pesar. Y el mejor ejemplo es Sol Nazerman (Rod Steiger), cuyos sentimientos quedaron perdidos para siempre en el Lager. Su existencia como regente de un local de préstamos es tan inercial como la que padecía en el campo. La única diferencia es que allí soñaba con llegar vivo al final del día, y hoy sufre porque sabe que lo conseguirá. No le quedan fuerzas para intentar escapar de este purgatorio. Ante un mundo degradado y degradante, es un preso eterno tras las rejas de su mostrador, sin esperanza, sin memoria, sin futuro ni pasado ni presente. Los demás están condenados y no lo saben, pero qué le importa a él. Lo merecen.

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