«¡Vivas! ¡Vivas! ¡Dios mío, están vivas!»

Vasíliev visita varias casas de mala nota por primera vez. Le abruma su vulgaridad:

“En este absurdo que veo ante mis ojos, ¿qué puede impulsar a un hombre normal a cometer el pecado terrible de comprar a una persona viva por un rublo?”

Vasíliev empieza a ver más allá del mal gusto en la decoración y en el vestir:

Al contemplar la cara de ese lacayo y su chaqueta gastada, Vasíliev pensó: “¡Cuánto debe haber sufrido un hombre normal y corriente antes de acabar como lacayo en un lugar como éste! ¿Dónde habrá vivido antes y qué habrá hecho? ¿Qué le esperará en la vida? ¿Estará casado? ¿Dónde estará su madre? ¿Sabrá acaso que trabaja aquí como lacayo?”.

Y como el lacayo, las prostitutas. Todos se han vendido. Pero todos son algo más que mero cuerpo, sospecha Vasíliev.

Too loose - AJ Williamson

En su interior, la comprensión enciende la llama de la contradicción que desatará la crisis:

“¿Qué tiene esto de alegre? Si al menos hubiera personas, pero sólo hay salvajes y animales”. […] Le agobiaba pensar que él, un hombre decente y afectuoso, odiaba a esas mujeres y no sentía por ellas más que aversión. No le daba pena de las mujeres, ni de los músicos, ni de los lacayos. “Eso es porque no trato de comprenderlos -pensaba-. Todos ellos se parecen más a animales que a personas; y sin embargo son personas y tienen alma. Hay que tratar de comprenderlos antes de juzgarlos”. […] Entonces comprendió Vasíliev que allí vivían seres humanos de verdad, que se ofendían, sufrían, lloraban y pedían ayuda, como en todas partes…

Y, por fin, después de superar el grado máximo de rechazo, Vasíliev descubre con claridad la verdad. La trágica verdad de los seres humanos fracasados:

“Está presente el vicio -pensó-. Pero no la conciencia de la culpa ni la esperanza de la salvación. Las venden, las compran, se hunden en el vino y en otras abominaciones, pero son tan tontas como las ovejas, se muestras indiferentes y no comprenden nada. ¡Dios mío, Dios mío! […] ¡Vivas! ¡Vivas! ¡Dios mío, están vivas!”.

Sufre la crisis. Presa de la desesperación, necesita hacer algo, lo que sea. Sus amigos le llevan a un psiquiatra, pero Vasíliev comprende que el problema no está en él, sino en la sociedad que han creado entre todos:

“¿Por qué calláis? Es verdad que son personas ajenas a vosotros, pero también tienen padres y hermanos…. [ … ] ¡Y por ser incapaz de hablar con la misma indiferencia de las mujeres caídas que de estas sillas me llevan al médico, me tildan de loco y sienten piedad de mí!”.

[«La crisis», Antón Pávlovich Chéjov]

¿Por qué río cuando los veo y las veo por la televisión? ¿Acaso me excita? ¿Me reconforta? ¿Por qué miro hacia otro lugar cuando los veo y las veo por la calle? ¿Por qué hay una lucha en mi interior para no pensar en que están ahí cuando los veo y las veo? Los veo y las veo.

[también podría llamarse «El ansia»]
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2 Respuestas a “«¡Vivas! ¡Vivas! ¡Dios mío, están vivas!»

  1. Me he quedado de piedra!
    El rechazo por el otro totalizado y la supervivencia del ego, como un ejercicio de pureza.
    Quizá sea una fase, quizá parte de la percepción dicotómica de una sociedad de ellos y nosotros. De un clasismo. Me ha recordado al pasaje de 1984 dedicado a los bajos fondos, que leí hace mucho tiempo.
    Ese morbo subyacente en el que narra, como si quisiera pertenecer a un mundo que le repudia por su propia naturaleza.

  2. ¡Es lo que tienen los clásicos! Que nos hablan siempre, y nos hablan muy directa y claramente. Léete el relato entero, va…

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