BORRACHERA DE PODER: El poder, el dinero, el lujo… la sumisión

Ay, el poder. No es lo mismo aspirar a él como medio, pues las intenciones pueden ser socialmente buenas, que como fin, ya que esto lleva al culto a la individualidad y a la absoluta vaciedad moral y por tanto vital.

Chabrol inicia una de sus últimas películas, Borrachera de poder (L’ivresse du pouvoir, 2006) con un brillante plano-secuencia, siguiendo a un poderoso empresario desde su oficina hasta la calle. Es acosado por diversas mujeres, ninguna fea, que le ofrecen proporcionarle lo que dice apetecerle: entradas para Roland Garros, una suite, cosas así. No es casualidad que no haya hombres, ya que el poder se alimenta de la sumisión, y culturalmente ésta es femenina. Llega a la calle y, de pronto, es detenido -por policías, hombres que ejercen su derecho a la violencia, mayor que su autoimpuesto derecho a someter- por corrupto. Llega a la prisión, se le obliga a desnudarse, incrédulo no entiende que su poder allí no significa nada. Este arranque promete otra obra de Chabrol en la que, sin aspavientos, vaya a repetir lo que otros han dicho antes, pero que con capacidad de concisión y sensación de objetividad suele conseguir que se convierta en un nuevo arquetipo al que acudir cuando se busca una película sobre un tema concreto. Esto se diluye pronto, cuando desvía su atención desde el tema, la corrupción y el poder, hacia los personajes. No es gratuito: gracias a esto establece relaciones entre poder y roles de género. La falta de ideología de Chabrol le hace apuntar hacia todas partes, mostrando tanto el machismo de un mundo regido por hombres líderes de la manada, como invirtiendo los papeles tradicionales en el matrimonio -y en todo su entorno, en realidad- de la jueza Isabelle Huppert. Por desgracia, esa falta de ideología no conjuga bien con una película de fondo político, y su afán desapasionador y supuestamente objetivo difumina lo que podría querer estar diciendo. El abuso de las elipsis, que eliminan constantemente partes de la historia, podría tener la posible intención de contar que no importa que falten esas partes, porque al final las historias particulares tienen poco efecto en los grandes engranajes de un sistema corrupto. Sin embargo no funciona y, unido a la total carencia de énfasis, resulta en un deslavazamiento que lleva a una progresiva pérdida de interés: una oportunidad desaprovechada. Nos quedaremos sin saber lo que es el poder, pero al menos no es una pista falsa a partir de la que seguir investigando.

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