SAYAT NOVA: El rey y la historia

En El color de la granada (Sayat Nova, Sergei Paradjanov, 1968) muere un rey. Su cuerpo presente es rodeado por sus súbditos, en forma literal de rebaño de ovejas, alegóricamente tonto y ciego, que llena toda la estancia. ¿Lloran su muerte o cumplen protocolo? Al fondo dos siluetas, quizá las de aquellos que le querían de verdad, más allá de la pompa y la oficialidad. Entre réquiems cantados, se le hace un último presente, una alfombra tan lujosa como característica de su pueblo. En la siguiente estampa (unidad estética de Paradjanov, el más olvidado de entre los más grandes artistas del cine), un brazo azulado, probable símbolo del cadáver real, deja caer un cetro. En segundo plano, algo difuminado, un brazo más joven le sucede en el trono, su cetro tiene un mango de oro. Es más rico. Y más joven. Y también se muere, sin llegar a pasar nunca a primer plano. Después, una lápida con una larga leyenda, sobre la que aparece un cetro. El rey ha muerto y el símbolo de su poder todavía está tan fresco como su cuerpo. Pero entra en escena la historia, y todo se convierte en piedra. En una tumba que algunos turistas mirarán en el siglo XXI durante algunos segundos. El rey es recordado, o al menos ha dejado algún tipo de huella. Su poder es pétreo pero sigue siendo admirado, con respeto o por protocolo. ¿El rebaño ha dejado huella? ¿Les dieron oportunidad? ¿La historia sigue y seguirá este esquema eternamente?

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