Doblaje y subtitulado

Hace pocos días se publicó en Miradas de Cine un artículo bastante polémico sobre el doblaje y la subtitulación, posicionándose con claridad a favor del primero. El enfoque es, en mi opinión, erróneo, pero es oportuno al poner sobre la mesa este tema, más presente que nunca dado que el subtitulado ya no es un “capricho” de minorías, en el que todo el mundo parece estar posicionado de un bando o de otro sin haber pensado demasiado en ello. Creo que el texto es erróneo porque centra buena parte de sus esfuerzos en crear un enemigo imaginario o, como mucho, obsoleto. Ese enemigo es el espectador de sala de arte y ensayo, cuya única motivación para escoger el cine subtitulado es la de aparentar y distanciarse de la masa. Si esgrime otros argumentos (idiomas, cercanía a la auténtica obra, etc.) son, siempre, pura apariencia y ansia de coolness. Pero para defender o atacar algo no es necesario hacerlo adyacente a una generalización compuesta por seres de paja. Al contrario, esto es un serio obstáculo para el conocimiento. Este es una de las falacias más habituales de parte de la crítica de cine (especialmente la mainstream), que a menudo emplea la mayoría del esfuerzo y del ingenio en dejar claro que tal película es para “descerebrados de multisala” o para “pedantes amantes de sí mismos”, olvidando, obviando o dejando en segundo plano las virtudes o defectos de la obra misma. Es cierto que en toda generalización tópica hay algo de verdad, pero es ingenuo utilizar ese pelele para apoyar, en ocasiones incluso fundamentar, los argumentos. Sin duda, el autor intenta aquí explorar el tema; pero su partidismo y ese falso enemigo a batir debilitan, dañan de muerte, el conjunto del discurso. Pero no es este el lugar para explayarse sobre los misterios de la argumentación, sino que mi intención es simplemente ofrecer otra visión, por supuesto mera aproximación, al problema del doblaje y el subtitulado. Un breve intento de hacerlo desde la imparcialidad, considerando las ventajas y los inconvenientes de ambos, partiendo de que los dos son sistemas imperfectos y de que, en el fondo, preferir uno u otro depende sobre todo del hábito. Para no guardarme cartas, aclaro de antemano que yo soy espectador de versiones originales; pero soy consciente de los fallos de este modo, y no pocas veces me planteo si no sería mejor volver al doblaje que, como señala Pablo Vázquez en el texto, era el medio para acceder al cine en la infancia. Antes de empezar, anulo la validez de lo que voy a proponer diciendo: tal vez lo mejor para aclarar la situación fuera llevar a cabo un experimento de ver sucesivamente ambas versiones de una misma película.

El artículo publicado en Miradas centra buena parte de su extensión en decir quién ve el cine subtitulado. Como se indica acertadamente en los comentarios al texto, ese enemigo pudo haber sido real hace 20 años, pero ya no. Los tiempos han cambiado y mucho. La VOS es muy diferente desde que llegó el DVD e internet. Ahora, cualquiera puede acceder a subtítulos de casi cualquier película. Esto es un paraíso que saboreo cuando recuerdo cómo, a finales de los 90, en plena adolescencia, sufría por encontrar (y pagar más por) ciertas películas en versión original subtitulada en VHS. En principio, porque las vi en VOS en cine, y es muy chirriante enfrentarse a un doblaje conociendo el audio original; algo que, al menos en mi experiencia y en la de las personas con las que he hablado de todo esto, no ocurre a la inversa. El asunto es que el subtitulado ya no es, no necesariamente, sinónimo de elitismo. Si está aumentando tanto su público no es porque haya más gente que quiera molar, sino por pura obligación: se quieren seguir las series americanas al día y los subtítulos son la única manera de poder hacerlo. Así, miles de personas que nunca se habrían acercado a una VOS ahora las consumen diariamente. Probablemente (todavía no he realizado el estudio sociológico pertinente), la inmensa mayoría siga viendo el cine doblado cuando tiene la posibilidad, pero lo importante es que ya conviven ambos sistemas, ya no hay ghettos y los miedos se han reducido, y casi cualquiera con una conexión a internet puede comprobar que es perfectamente posible enterarse de algo a través de unos subtítulos. No sólo enterarse sino, esto es clave, disfrutarlo. Todos esos aficionados a las series no son snobs de gabán, pipa y chasquido a modo de aplauso, sino espectadores medios. Y son ellos, quienes quizá apenas se habían enfrentado a la VOS antes (y que probablemente la sigan evitando si pueden, más por inercia que otra cosa) los que crean esos foros tan vivos sobre las series, los que comparten apasionadamente en el bus el recuerdo de tal o cual escena, de tal personaje. Pablo Vázquez considera en su texto que no se puede vivir el cine, meterse en él, implicarse emocionalmente, mediante los subtítulos. Creo que la realidad refuta esta idea. El autor defiende que es mucho más fácil meterse en una película con el doblaje, ya que está mucho más integrado en ella. Puede que tenga algo de cierto pero, como decía al principio, no deja de ser una cuestión de hábito, y para alguien que está acostumbrado a la VOS el doblaje le resulta tan chocante y artificial como sucede al contrario.

Un tema importante, quizá el fundamental, es el de esa artificialidad. ¿Cómo llegar a la versión más pura, auténtica de la película, dando por hecho (puede que con demasiada ligereza) que es la deseable? Los subtítulos son un apéndice sobre la imagen, nada menos que sobre la imagen, lo más importante. Un cuerpo extraño que se cree importante y se atreve a desviar la atención de lo visual para, en realidad, ofrecer lo mismo que el doblaje. ¿No? Pero es que el doblaje también es una perversión de la forma original. Así, teniendo en cuenta que los dos sistemas son intrusivos, aquí cabría, en apariencia, calibrar qué se considera más importante, si la imagen o el sonido. Lo que ocurre es que esto implicaría aceptar que se pierde uno u otro, y no es así. En el doblaje no se pierde el sonido, sino que se sustituye. En el subtitulado, aunque haya que desplazar la mirada, no desaparece la imagen. Acerquémonos un poco más. Sin afán de empezar a teorizar a lo gordo sobre los elementos del cine, más allá de lo necesario para el contexto. El sonido original es una de las partes constitutivas de la obra más importantes; aunque no se comprenda el idioma, los matices y el tono (el incomprensible «soniquete» del que habla Pablo Vázquez es, en la práctica, muy expresivo), sobre todo si hay una afinidad cultural, occidental, permiten una visión mucho más sutil, quizá inconsciente, de lo que sucede en pantalla, del ambiente general. Sin duda, el doblaje también puede ser matizado; aunque, por su propia naturaleza, es mucho más basto. Y en todo caso no sería el matiz inicialmente buscado por los creadores. Un ejemplo. Hace un rato he visto La ofensa, de Sidney Lumet. En VOS, claro. Detienen a un hombre, y es precisamente en su voz donde está la mayor densidad de la ambigüedad, la mayor parte de la fuerza que permite interpretar de una u otra manera tanto el personaje (“detecto un asesino esquizoide en esa fragilidad expresiva…”) como la trama (“si es el asesino… o si no lo es…”). Esto se pierde inevitablemente en el doblaje. Si se intenta imitar la excéntrica debilidad lograda por el actor, se bordeará el ridículo; si no se intenta, desaparece la sutileza, básica para una comprensión completa de la película. En la versión original, se entienda o no lo que se dice, el ambiente es mucho más intenso. En este sentido, el sonido sería lo que aporta más realismo al cine, por encima de la imagen, ya que su continuidad suele estar truncada por el montaje, mientras el audio es constante y, aunque sea de manera mucho menos consciente, facilita la inmersión profunda en la obra al emanar directamente de ella. En el doblaje, la banda sonora es, de nuevo de forma inevitable, un elemento siempre extradiegético que, como tal, produce distancia. Un punto para el subtitulado.

Pero, ¿qué hay de la imagen? ¿No es de cine de lo que estamos hablando? ¿Del medio visual por excelencia? Claro. Ya hemos visto en qué grado desaparece el sonido con el doblaje; ¿cuánta imagen se pierde por los subtítulos? Esto es más complejo, porque depende más de cómo mira el espectador que del sistema en sí. Pongamos que la manera natural de ver cine subtitulado es leer de corrida cada subtítulo que aparece. En esos momentos, en teoría, no se está prestando atención a la imagen. En películas en las que el diálogo es permanente, como por ejemplo las de Woody Allen, la experiencia no sería muy diferente si estuviéramos simplemente leyendo el guión (excepto por el «soniquete» incomprensible). Cualquiera que haya visto una VOS sabe que no es así, que se presta atención a las dos partes, incluso al mismo tiempo; un método que tiene paralelismos con la lectura diagonal. Así, los subtítulos pueden leerse del tirón o bien alternando rápidamente con la imagen, si en esta hay un dinamismo llamativo que pide que miremos. Y esto es cine, y normalmente se nos obliga a mirar. El problema, entonces, no sería tanto la pérdida de la imagen, sino su disminución. El audio original (el audio verdadero; este término es apropiado) desaparece casi por completo, o se pervierte masivamente en una mezcla bastarda -me refiero siempre, por supuesto, a obras con diálogos regulares o abundantes-. En cambio, la imagen se mantiene siempre incorrupta. El subtítulo coloniza la parte inferior de la pantalla y la hace suya, inutilizando esa franja original si aparece sobreimpresionado directamente en el encuadre. Sin embargo, la imagen verdadera sigue estando ahí. No muere, sino que su captación por parte del espectador se reduce a, digamos, la mitad, cuando hay subtítulos presentes. Así que ¡medio punto para el doblaje! Pero no nos dejemos llevar por esta, ejem, rigurosa matemática. Lo importante es que ambos sistemas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas, sin que estas tengan por qué mantener un equlibrio.

Más allá del complejo asunto de la autenticidad, de la importancia de poder experimentar la versión más próxima a la original (tema no exclusivo del cine, cercano sobre todo a la filología), quedaría el golpe que, a primera vista, hunde el sistema del subtitulado. Se suele decir, como hace Pablo Vázquez en su artículo, que en el doblaje la inmersión en la obra es total (ya se ha explicado por qué esto no es así). Sin embargo, si no total, reconozcamos al final que quizá sí es mayor -siempre que el espectador no esté habituado al subtitulado-, en cuanto a que es más fácil dejarse llevar ya que el acto de escuchar es pasivo, mientras que el de leer es activo. Así, al final lo que tenemos no es una relación jerárquica, sino dos formas distintas de ver y entender el cine. Mirar una película doblada exige menos esfuerzo. Seguirla con subtítulos pide más al espectador, que tiene que realizar dos acciones. Aceptando entonces que este sistema es más activo, la pregunta sería: ¿es más fácil seguir críticamente una obra subtitulada, por ejemplo porque el cerebro está más despierto al tener que realizar dos acciones a la vez; o, al contrario, esto genera dispersión y deja menos tiempo para pensar sobre lo que se está viendo, en medio del esfuerzo de intentar seguirlo? No tengo la respuesta para esta deriva psicologista algo barata. Mientras la encontramos, me limitaré a decir que esta división entre “doblaje -> empatía” y “subtitulado -> distancia” me parece artificiosa. Ya he mostrado, con el ejemplo fundamental de cómo se siguen las series en la actualidad, que con ambos modos es posible emocionarse, integrar lo visto en la experiencia personal. Es evidente que los dos permiten también reflexionar. Adjudicar la distancia en exclusiva al subtitulado derivaría de asociarlo con el snobismo, como se hace sin pudor en el artículo de Miradas. A riesgo de desbarrar, diré que esa concepción de distancia entre espectador y obra es desde Kant la propia del academicismo y, por extensión, ciertamente del snobismo. Es la que se confronta con el disfrute pasional, directo, romántico de la cultura. Son las dos vías principales, que incluso hoy se siguen entendiendo, por desgracia, en buena medida como incompatibles. De todo lo dicho, puede concluirse que no parece realista otorgar en exclusiva y como característica definitoria una de estas vías al doblaje y la otra al subtitulado, a no ser que se esté también otorgando una personalidad (snob o masa) a su presunto usuario. Pero, en la práctica, las diferencias entre ambos sistemas no parecen estar en ese nivel, no son de mejor y peor sino sencillamente distintivas. Y, como decía al principio, escoger en la actualidad -gracias a que hoy se puede elegir; estoy con Pablo Vázquez al desear que siga siendo así, no olvidando además que el doblaje tendría más facilidad de extinción si se enfrentara al peligro, ya que el subtitulado lo puede hacer cualquiera y no requiere inversión ni medios-, escoger, decía, un sistema u otro termina siendo una consecuencia del hábito, ya no una decisión que se tome por un supuesto afán de pertenencia social a una clase distinguida.

A modo de posdata, unas notas sobre un elemento más bien externo al propio cine, por cerrar con un tema secundario y más ligero: la lengua. Pablo Vázquez trata en su artículo una comparación, habitual en las conversaciones que he tenido sobre todo esto. Equipara la traducción con el doblaje. La primera, dice, es respetada y hasta alabada; mientras el segundo, que parece considerar equivalente, es despreciado por la élite cultural. Pero no es equivalente en absoluto. La traducción es la única forma que tenemos de enfrentarnos a un texto en una lengua que desconocemos o no dominamos. La traducción cambia el texto y el texto es toda la materia de la obra literaria. Por contra, el doblaje es sólo una parte del cine o de la televisión, ¡hay muchas más partes! Tranquilidad, no voy a volver otra vez sobre esto. Por último, algo que siempre aparece al hablar de la versión original es la posibilidad que ofrece de aprender idiomas. El autor del texto de Miradas parece decir que en este punto se encuentra el snobismo definitivo, ya que considera que es imposible aprender otras lenguas a través del cine y, cuando se defiende esto, es el súmum de la pretensión aparentista, ya que (viene a decir Pablo Vázquez) la imagen del políglota es la del triunfador del mundo cosmopolita y multicultural. Es evidente que no se va a aprender japonés por mucho cine en japonés que se vea si no se tiene ni idea del idioma. Pero, con una base, permite mejorarlo muchísimo. Un ejemplo que conozco bien es el mío. Me defiendo con bastante dignidad en inglés, y esto no ha sido gracias a la lamentable enseñanza lingüística de este país, ni a una estancia en el extranjero que no he tenido oportunidad de vivir. Si he aprendido a hablar, a pronunciar, a entender conversaciones y participar con soltura en ellas, a conocer giros y acentos y frases hechas y slang, es porque lo he escuchado mil veces en pantalla. Aunque no entienda todo, ese sedimento se va quedando y sale automáticamente cuando tengo que hablar con alguien en inglés. Y he llegado al punto de que puedo entender sin demasiadas complicaciones una versión original sin subtítulos, si no hay más remedio. Es decir, he conseguido el sueño de poder enfrentarme a la obra verdadera, sin intermediación, y ha sido en un porcentaje importante gracias a ver más y más versiones originales. Practice makes perfect. De la misma manera, mi escaso francés ha crecido hasta unos niveles de comprensión mínimos de tanto ver, escuchar cine de Francia. No he aprendido una palabra de japonés, pero he logrado acercarme al significado de los tonos con que se utiliza. Así que, sí, viendo versiones originales se pueden aprender lenguas. Por supuesto, si uno prioriza el aprendizaje lingüístico, lo recomendable son los subtítulos en ese mismo idioma, como se hace en la educación oficial. Pero si no, es innegable que es un estupendo efecto secundario, positivo a todas luces, de ver el cine en versión original.

12 Respuestas a “Doblaje y subtitulado

  1. ¡Qué bien escribes amigo!
    Y sí, para mí mejor en VOS.

    Un saludo!

  2. Un apéndice, de algo que he recordado tarde y no he sabido incrustar en el texto:

    El problema es mayor en algunos géneros. Sobre todo en la comedia porque, por un lado, los subtítulos adelantan las punch-lines y los gags pero, por otro lado, el peso de las voces suele ser mayor. Unos ejemplos de series, para verlo con claridad: “IT Crowd” (las voces originales son el 50% de la gracia), “The office” (doblar a Steve Carell es ridículo, en el sentido incorrecto) o “Curb your enthusiasm” (el efecto del doblaje sobre unos diálogos improvisados es aberrante). Se puede unir “Curb” con otro estilo problemático, en el que la VO gana con claridad: el realista, incluso documental, ya que el doblaje no puede aparentar naturalismo. La animación, por su parte, es doblada por definición, así que el doblaje al idioma propio es más aceptable. Por último, hay veces que el problema está en que las voces del doblaje, sencillamente, no encajan en los cuerpos y no son creíbles. El caso más claro y doloroso para la vista y el oído es el del cine asiático.

  3. Una cuestión interesante a la vez que frustrante, pues como dices ninguno de los dos sistemas es perfecto. El doblaje es una adulteración fatal, pero haciendo el experimento de ver una misma película doblada y después subtitulada, uno se da cuenta de que la pérdida de información visual en más grave de lo que aparenta en un principio. El no leer el subtítulo te da una posibilidad de recreación de la mirada muchísimo mayor, siempre hay un gesto sutil una mirada ambigua… algún elemento fugaz cuya duración puede ser corta pero no su importancia, también está el tema de la inmersión en el ambiente, más difícil de conseguir, pues si tienes menos tiempo para mirar, normalmente vas a por los personajes. De todas formas, yo también soy de VOS.

  4. lapsus: cuando escribo “doblada y después subtitulada” quería decir “subtitulada y después doblada”

  5. Clarita Libertad

    y pobre… viviendo en Alicante…
    deberías haberte venido a todas luces a Barcelona :D
    Un beso!

  6. Y siguiendo con lo que dices de la artificialidad y perversion del doblaje,
    o mejor dicho de los “actores” de doblaje.
    Cuantas veces el doblaje te transmite los personajes reales que interpretan los actores?
    creo que sore todo en la television, aunque tambien en el cine pasa.
    Puede que solo haya unos 3 puñados de “personajes”y da la impresion que esta mafia dob todo el material, matando la diversidad creativa y el trabajo de los actores de la obra original

  7. Estoy con la frase de Nico. (Y con la de Borja de que no parecen reales especialmente en el cine asiatico)
    Hay dos personajes que piden a gritos verlos en version original y son la mujer del Resplandor y casi todos los del Padrino… el doblaje (español) agudiza los esteriotipos creando personajes más esperpenticos.

    Esta claro que no todo el mundo puede seguir los famosos subtitulos y que encajarlos en una pantallita tan pequeña (especialmente en personajes como Sheldon en TBBT) y que eso siga teniendo sentido es complicado… lo suyo, como siempre, es conocer el idioma original y verlos con subtitulos en ese idioma… No estoy para nada de acuerdo en que un subtitulado lo pueda hacer cualquiera. A ver, está claro que se hacen así muchos pero no es facil encajarlos y cambia mucho según quién los haya hecho y el “metodo” que haya usado.

  8. Trailer del largometraje documental, dirigido por Alfonso S. Suárez, VOCES EN IMÁGENES.

    Un homenaje a los actores de doblaje del cine español.

    Trailer: http://es.youtube.com/watch?v=7cZFMfXUj6E

    http://www.vocesenimagenes.com

    Para mas información: vocesenimagenes@gmail.com

  9. Señor David: ¡Muchas gracias, con que se me entienda y haga pensar un poco me conformo!

    David (intramuros): Tienes razón, aunque en los “experimentos” que he podido hacer no me he perdido nada fundamental mirando a los subtítulos, probablemente porque son ya unos cuantos años de hábito, pero el cine doblado sí es más intuitivo.

    Clara: Gracias por hurgar en la herida, jodía xD De todas formas en Alicante, lo creas o no, hay opciones para ver cine en VOS en pantalla grande (en el Navas, por ejemplo, y no sólo actual sino que también recuperan clásicos; ayer sin ir más lejos ponían “Un americano en París”). En todo caso, con internet casi todo está subtitulado ya, que no es lo mismo que verlo en cine pero ese es otro tema…

    Nico: ¡Eso también es verdad! Normalmente los personajes ya se ven con prejuicios si se conoce al actor (que si lo has visto de psicópata o de malo casi siempre, etc.), pero si encima hay otro actor de doblaje pues subimos al siguiente nivel de prejuicios. O sea, más lejos aún del original.

    Ryoko: Es que es verdad, como digo por ahí los personajes excéntricos o exagerados son imposibles de doblar sin caer en el ridículo (y si no, se pierde demasiada demasiada fidelidad). Sobre lo otro que comentas, me refiero a que el doblaje es caro y requiere mucha gente y muy especializada, mientras que el subtitulado lo puede hacer cualquiera en su casa (y de hecho lo hace cualquiera en su casa, por suerte). Es verdad que la calidad de los subtítulos a veces deja que desear, pero suele ser suficiente y hasta decente, más aún teniendo en cuenta que lo hace gente por amor al arte. La profesionalidad aquí (como en tantas otras cosas, como ha mostrado internet) tampoco es garantía de nada, porque ves cada subtítulo en DVD (no son pocos los que se limitan a transcribir el doblaje) que pa qué!

    PD: ¡Gracias a todos por participar!

  10. Estupenda refutación. He leído con mucho interés tu texto y he de decir que encuentro tus argumentos inteligentes, sopesados y constructivos. No puedo decir, claro, que esté de acuerdo en todo, pero esa a la principal esencia del debate. Si el haber publicado este artículo ayuda a que surjan textos como este, que analizan un tema tan candente y complejo y sobre el que hay tantas cosas que decir, me doy por satisfecho. Enhorabuena y gracias.

  11. Muy buen artículo este Borja. Por contra el de Miradas es una de las mayores ristras de memeces, postureo, lugares comunes y graciosadas que he podido leer en tiempos.
    El doblaje tuvo su razón de ser en el pasado (casi remoto), fue natural para un arte (o entretenimiento , o lo que sea) popular en épocas de analfabetismo y cumplió una función industrial importantísima que propició, por ejemplo, el esplendor del cine europeo en la edad de las coproducciones y con este el del cine europeo mismo.
    Ahora debe replantearse, lo que no significa obligatoriamente desaparecer. El público, sus nuevas generaciones a las que nosotros amyoritariamente pertenecemos nos hemos acostumbrado al DVD a las descargas e incluso ahora a las posibilidades de la TDT y las emisiones duales. Los cines son los únicos que se resisten, fieramente, a esta evolución, especialmente en las ciudades pequeñas, que tiene más que ver con las posibilidades técnicas y “espaciales” (salas, horarios, etc…) que con un debate práctiacemnte artificial a estas alturas, por caducado y por snob (o snob inverso).

  12. Pablo, muchas gracias por haberte dejado caer por aquí. Y, sobre todo, por haber hecho un texto sobre este tema, encima uno tan combativo que obliga a pensar sobre esto, que habitualmente lo damos por hecho sin plantearnos nada más.

    Adrían, ¡muchas gracias! Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices, el doblaje tiene que replantearse. Como digo en el texto, los subtítulos (refiriéndome a España y países en los que existe el doblaje de forma mayoritaria) ya no son patrimonio de un ghetto, sino que están en el día a día, aunque sólo sea porque la gente quiere ver cuanto antes lo que quiere ver. Por eso el doblaje tiene ahora una obsolescencia potencial (existe la posibilidad de que desaparezca, como dice Pablo Vázquez en su artículo) que no ha tenido nunca. Ahora puede no llegar a tiempo. Ahora se prioriza a menudo la actualidad, el estar al día, a esperar a poder ver la peli (o la serie, seguramente ya más importante hoy) doblada. ¿Dónde se consume el doblaje hoy como primera opción? Como dices, en las salas de cine, además de en la televisión (cada vez más consumida casi en exclusiva -perdón por la exageración- por sectores de más edad que no crecieron con los ordenadores; o de menos edad, los niños). Ambos, formatos en peligro de decadencia (si no lo están ya) por internet.

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