BROKEN: El teatro de la crueldad

(Broken, 2006, Adam Mason & Simon Boyes, UK)

Lejos de los, en principio y hasta nueva orden, grises 90, la pasada década ha sido grande para el cine de terror occidental. Lenguaje renovado y extremado, ruptura de límites, originalidad y valentía sobre todo en los antaño infiernos del directo-a-vídeo, talento que puede, quiere y se atreve a superar convenciones. Convenciones que siguen siendo mayoría, como continúan sobreabundando los productos derivativos; sin embargo, a diferencia de lo que pasó en los 90, ahora tenemos una contraprogramación que merece ser considerada como tal. El “problema” es que, ante tal saturación de títulos destacables, se ha hecho difícil reconocer lo simplemente digno de lo bueno, lo realmente bueno de lo mejor; pero, al tiempo, lo prescindible, lo vulgar y lo puramente malo queda con más facilidad en evidencia. Lo más probable es que sólo el paso de algunos años permita la perspectiva necesaria para la criba y la jerarquización. Porque, por más abultado que sea el cajón de lo salvable, siempre hay una película más salvable que otra, y decidir cuál es puede ser útil para el aficionado del futuro. Para sugerir que se invierta el tiempo y el esfuerzo, a quien no puede o quiere hacerlo, en lo que uno cree que es el grano y no en la paja. Para crear esa afición en el futuro en los próximos espectadores potenciales, reivindicando títulos contemporáneos de los que obligan a reconocer las virtudes del género y llevan a verlo compulsivamente, con una militancia que por momentos es casi como una forma de vida.

Ya empieza a distinguirse el contorno de las que, para cada uno o para la manada, más destacan, comienza a separarse con claridad el nivel medio del medio-alto o el alto (el muy alto y el supremo suelen poder verse pronto, si no instantáneamente). Broken es de las que van sacando su cabeza de entre varias películas que, a primera vista, parecerían pertenecer a un nivel similar si se consumen en un espacio de tiempo más bien breve. Indicadores de su altura los hay antes de verla (la cantidad de gente ofendida, fuera y dentro del fandom) y entrando en ella (el descomunal arranque, con los mejores títulos de crédito del género con los que me he topado en mucho tiempo). Broken lleva unas bases comunes, el clásico y sencillo -y cada vez más cansino- “chica torturada por perturbado”, mucho más lejos. Lo lleva más lejos por el minimalismo de la propuesta. No es el minimalismo de la falta de miras, sino el de saber elegir los elementos justos, es el que no confunde simplicidad narrativa y de imaginería con simplicidad mental y moral, el que ejerce activamente el matiz. Y esos pocos objetos, de trama, de personajes y de escenario, están rodados en estado de gracia. La escueta naturaleza en la que se desarrolla la acción es cerrada, casi podría pasar por adaptación teatral por su enmarcamiento, al mismo tiempo que rezuma vida y peligro. Logros todos de una fotografía que gravita entre el esteticismo del filtro bien entendido y, por tanto, artístico, y el bajo presupuesto que deja ver su patita en detalles (como el fuego que evidencia la calidad casi amateur del formato digital utilizado), tensión que juega en beneficio de la película al crear una atmósfera extraña, obsesiva y violenta a la vez que íntima. Los encuadres, voluntariamente repetitivos, son los mejores posibles, y el uso del primer plano potencia todavía más esa sensación entre una cercanía familiar y algo limítrofe con un videoarte sin pretensiones. Tres puntos más: el montaje, original, machacón y sorprendentemente anticlimático; la actriz principal (Nadja Mason), una treintañera sin figura escultural, más propia de una teleserie que de un salvaje gore, que devora la pantalla con una interpretación progresiva que superpone gloriosamente lo maternal con lo sexual; y, por fin, la violencia, explícita y sin concesiones, con unos directores conscientes que se recrean en su espectacular incomodidad. Sí, Broken consigue hacer sentir muy incómodo y desagradado a un espectador curtido como yo mismo. Quizá por el choque entre esa violencia carnal, una sexualidad animal contenida (los gemidos y gritos constantes, la sumisión del encadenamiento, el uso recurrente de la postura de andar a cuatro patas con el culo en pompa) y que remite a la infancia (un vestuario que sugiere uniformes escolares), y unas elecciones estéticas que crean distancia grabando algo muy físico de una manera pictórica y plástica.

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