EL PATRULLERO: Defensa de la corrupción policial de baja intensidad

El patrullero (Alex Cox, 1991) es un policía corrupto, pero también es un tipo normal. Incluso uno un poco pringado. ¿Qué se siente al ver a un hombre flacucho, algo tonteras y, en general, más bien sencillo, humilde y bonachón, aceptando sobornos? ¿Por qué no tiene rabo luciferino acabado en punta de flecha roja y mirada profunda y cínica de villano? Porque en la realidad no es así. Un policía corrupto, más aún en México, no es necesariamente un malvado extorsionador; puede ser tan solo alguien que sigue el ritmo natural de una sociedad. Sin los excesos (por muy auténticos que sean) de Serpico, el protagonista cae en la corrupción sin darse cuenta, acepta pequeños sobornos sin darle importancia más allá del momento. Alex Cox no retrata una caída a los infiernos ni le recrimina su inmoralidad. No se recrea en una trágica desgracia impuesta por el argumento y los clichés de género, sino que a los 20 minutos de su película el protagonista ya ha aceptado algún soborno y no ha subido la música ni se ha colado un primer plano del sobre o de su cara que por convención estaría confusa y triste. No se resalta ni narrativamente ni moralmente. El patrullero se corrompe (¿se corrompe?) porque es lo que toca, se guarda el dinero en el bolsillo casi de la misma manera que un camarero recibe una propina. Se emborracha y es adúltero con una puta drogadicta, pero eso no le impide mostrar con orgullo su anillo de matrimonio. Y cree en esa alianza y siente que la respeta. No ve la contradicción entre estar casado y poner los cuernos a su mujer, porque es lo normal. Se puede aceptar un extra de plata por hacer la vista gorda a un ganadero de malas pintas que no tiene unos permisos higiénicos, golpear a algún muchacho borracho y respondón, incluso robar droga para dársela a su amante… se acepta todo eso y al tiempo el patrullero es generoso y bueno, recoge a niños perdidos y los lleva a la escuela, desface los entuertos de un poblado perdido en mitad de la nada que al mundo no le importa, sufre ante el delito y la miseria. La mayoría de personas no son almas atormentadas entre el bien y el mal, los policías no tienen por qué sufrir congoja moral por ser corruptos, ni siquiera ser conscientes de que lo están siendo. Uno se deja llevar y vive, haciendo lo que viere allá donde fuere, sin pensar demasiado en lo que es. ¿Por qué no voy a coger unos billetes por una chorrada, unos billetes que me vendrán bien para sacar a mi mujer a cenar? ¡Nadie se va a enterar, no se va a hacer mal a nadie, sólo es un atajo burocrático! Lo que una sociedad acepta no tiene por qué ser mejor que lo que otra acepta; ¿en base a qué es preferible ignorar a un mendigo a coger un poco de dinero de alguien a quien le sobra, a cambio de saltarse unos trámites, para dárselo a unos niños pobres? ¿Se puede ser corrupto por puntos y, mientras no se extralimiten los extremismos que quiten el mayor número de esos puntos, como colaborar directamente con los narcos o matar o torturar o violar, seguir siendo, a pesar y al lado de todo eso, de verdad, una buena persona? ¿Se convierte en mala persona un policía que empieza a aceptar unos pagos, irregulares legalmente y discutibles éticamente, mientras el resto de su vida, una vida normal, por momentos bondadosa, sigue igual?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s