LA SOUFRIÈRE: La película del fin del mundo

(La Soufrière – Warten auf eine unausweichliche Katastrophe, 1977, Werner Herzog)

En 1977, el volcán La Soufrière, en la isla de Guadalupe, en las Antillas francesas, estaba a punto de estallar. El gran artista loco Werner Herzog lo leyó en el periódico y al día siguiente ya estaba allí con dos operadores de cámara. Con toda la región evacuada, se metieron a rodar una población vacía. Sólo quedaban semáforos encendidos, alguna nevera enchufada y una tele puesta en una casa. Por sus calzadas se mueven los animales como si no fuera con ellos, cerdos, asnos, perros que empiezan a morir de hambre porque mantienen, aún, sus rasgos de civilización. Todo abandonado y, sin embargo, todo sigue allí. No hay seres humanos. Y no pasa nada porque no los haya. Esta podría ser la idea central del conjunto de la obra de Herzog: el mundo puede seguir sin el hombre. Sin problemas. Con normalidad. El hombre es un objeto tan artificial para la naturaleza como el cemento, los ordenadores o las gafas para el hombre. En las imágenes, el tono no es el de un lamento post-apocalíptico, sino más bien el de un silente y espectral documental de vida salvaje. No uno que esté narrando las aventuras de un león, al que se le ha impuesto un nombre propio, en la sabana, sino otro que registra, con una glosa que se sabe prescindible, lo que queda del hombre una vez se ha extinguido como especie. Y la sensación no es muy diferente a la que se tendría si se estuviera contando la desaparición de cierta hormiga o foca. Todo sigue funcionando sin la humanidad. Con más naturalidad de la que hemos visto nunca.

Herzog y sus compinches están en peligro de muerte, y no importa. Él mismo parece darse cuenta de que da igual. Intercalan la historia de una erupción a principios del siglo XX en la isla vecina de la Martinica. En una situación idéntica, una lengua de fuego barrió finalmente, de un segundo a otro, a los habitantes que se habían quedado en sus pueblos (para poder votar en unas elecciones). La conciencia de que puede pasarles lo mismo en cualquier momento es irrelevante, porque es muy superior la conciencia de que el mundo seguirá funcionando, tal vez incluso mejor, sin ellos, sin humanos. Para Herzog, sólo están integrados en la Tierra los locos, los desahuciados; es decir, aquellos menos humanizados. Solamente ellos pueden estar en este mundo sin provocar un sobresalto de extrañeza y artificialidad. En la catástrofe de la Martinica, el único superviviente fue un delincuente aislado en un habitáculo sin ventanas por su mal comportamiento. En sus paseos por las montañas de Guadalupe, entre gases sulfurosos potencialmente letales, Herzog se topa con tres hombres pobres que no quieren ser evacuados, que viven entre gatos y ganado. Simplemente aceptan su muerte con total tranquilidad, si es que tiene que llegar, como parece que va a ser. Ellos serían los únicos que tendrían derecho a vivir en el planeta, algo irónico porque precisamente ellos no le dan ningún valor a esa vida. Son parte orgánica y naturalmente aceptada del mundo. Sin misticismos, aquí no hay comuniones con la Madre Tierra ni lirismos del fin de los tiempos. Lo que hay es la vida diaria, el presente eterno, como los animales. Con la misma dignidad que ellos, mucha más que la del resto de la humanidad. Esa podría ser la broma final de la vida humana, así como su verdad, expresada contundentemente por el sentido del humor patético, poético sin quererlo, lúcido en su sincera y trágica humildad, de Werner Herzog.

Una respuesta a “LA SOUFRIÈRE: La película del fin del mundo

  1. Me la apunto, y tu apuntate Amerika 3000 que es postapocaliptica cromañona y plasticoguay! Mucha laca, 80´s, “cuantopeormejor”

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