«Abel Sánchez» y el libre albedrío

No, no creo en la libertad humana, y el que no cree en la libertad no es libre. ¡No, no lo soy! ¡Ser libre es creer serlo!

Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno, es la gran novela sobre la envidia. Joaquín (sucedáneo del nombre de Caín) Monegro (connotaciones de maldad) es un tipo trabajador y aplicado, pero que no termina de caer bien. Quien se lleva de calle a todo el mundo, y sin hacer nada, es su amigo Abel. Joaquín termina por hacerse médico, con éxito pero sin satisfacción; Abel deviene pintor, casi por casualidad y continuando por inercia. La vida al completo de Joaquín se presenta como un infierno, una obsesión constante con su casi hermano, un celo paranoide por su triunfante actitud de indiferencia. Unamuno se pasó media vida estudiando por dentro la envidia, y dio en el clavo al retratarla en su faceta más intensa. Se puede comprobar que acertó, por ejemplo en la historia de la que sentía Frank Grimes por Homer Simpson, ya que el esquema de la envidia que suele aparecer en la ficción encaja en el mecanismo (casi antropológico) que Unamuno describe. Es el tema dominante del librito, mostrado en su desnudez, como una dolorosa y desesperante carcoma moral que afecta todo lo que uno hace. Pero ¿de dónde viene esta envidia? ¿Viene de alguna circunstancia, realmente la provoca alguien? ¿O es un cáncer instalado en el interior del envidioso, contra el que no puede luchar? ¿Es cada uno esclavo de su propio carácter, o es la misma idea de tener un carácter propio lo que esclaviza?

Unamuno sigue en general en esto, como en tantas otras cosas, a Schopenhauer. Este consideraba que el carácter propio de cada uno viene imprimido en él desde el principio, y todo lo que uno hace en su vida viene motivado en última instancia por las necesidades de ese carácter concreto. «-¿Por qué nací, padre? -Pregunte más bien que para qué nació…». Sería, en Unamuno, una especie de motivador innato de deseos, que no nos permite ser libres. Podemos conocer nuestro carácter a partir de lo que hemos ido haciendo en nuestra vida. Joaquín descubre desde pequeño que su pasión es la envidia (y la envidia de Abel, concretamente), y su gran batalla vital no es tanto la causada por ella, sino porque no cree poder escapar de ella. Cada ser humano sería esclavo de lo que ha comprobado que es. Esta visión del hombre se acerca más a la patología que a la personalidad, y encaja en la concepción pesimista de la vida que tenía Unamuno. La envidia de Joaquín no es el rasgo definitorio de su carácter, aquel que le impone sus deseos, sino que su atributo principal sería precisamente el de creer que cada uno tiene un carácter que impone sus deseos. Es más, sería quizá la característica principal de todos los seres humanos. La humanidad no sería un espacio de confrontación o armonía entre caracteres, sino un puro manicomio total de autoconvencimientos.

«-Sí, sí creo estar loco… Enciérrame. Esto va a acabar conmigo. -Acaba tú con ello». ¿«Acaba tú con ello», le dicen? ¿Se lo dice una humana? ¡Entonces hay quien cree que se puede escapar a la condena del carácter propio! Y si hay quien cree en ello es que se puede escapar. O al menos se puede soñar con escapar, que para una concepción moral (no material) del libre albedrío sería lo mismo. Porque la miseria de Joaquín no viene sólo porque cree que no puede actuar de otra manera, sino porque está atormentado por la idea de que no puede pensar más que en términos de envidia, no puede sentir otra cosa aparte del resentimiento, una barrera que le impide vivir libre. Sin embargo, se pasa la vida buscando la redención, lo único que desea en el fondo es librarse de su pasión. Lo desea. Desea algo diferente a lo que su carácter le pide. Así que no sólo su carácter imponía sus deseos, bonito descubrimiento. Su naturaleza pide implacable ofrendas y tributos, pero él no se resigna. Y, de hecho, a lo largo de su vida consigue resistirse a actuar como el envidioso que es. En ese sentido, su naturaleza es algo que choca frontalmente con su deseo, quedando ambos separados entre sí; el carácter tendría sus propios deseos independientes del propio sujeto. Joaquín libra una guerra intestina de la que nadie sabe nada, porque sólo él conoce que es envidioso. ¿Un carácter que no tiene consecuencias en el mundo material para nadie es un carácter real o una ficción autoconstruida? Sin embargo, cuando su envidia se manifiesta, las vidas de los demás mejoran, incluida la suya: obliga a su hija a casarse con el hijo de Abel para apropiárselo, pero todos salen ganando porque pueden ejercer sus naturalezas más adecuadamente; pronuncia un discurso que se convierte en legendario alabando la pintura de su amigo, y gracias a esto Abel consigue el auténtico respeto como artista, y él mismo es admirado y se siente satisfecho porque la gloria de su amigo ha venido de él, de él depende, se sitúa al fin en un plano superior. ¿Cuál es la lección? ¿Que hay que seguir la naturaleza de cada uno para obtener, si no la felicidad, al menos la satisfacción, la saciedad del deseo? ¿Que si todos siguieran sus naturalezas habría un equilibrio que haría más tolerable la vida? ¡Demasiado hegeliano para alguien que, como Unamuno, cree que nada tiene sentido! ¿Que intentar aplacarla si no nos gusta conduce irremediablemente al tormento interior? Pero ¿existe realmente ese carácter innato? Se pregunta Joaquín al final de su vida: «¿Por qué he sido tan envidioso, tan malo? ¿Qué hice para ser así? ¿Qué leche mamé? ¿Era un bebedizo de odio? ¿Ha sido un bebedizo de mi sangre? ¿Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: “Odia a tu prójimo como a ti mismo”. Porque he vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos». No se hace aquí la pregunta clave: ¿tenía elección? ¿Le han hecho, se ha hecho, venía hecho? Aquí entraría una lectura política: la «tierra de odios» es España, pues consideraba que la envidia era el carácter nacional, algo que terminaría llevando a la Guerra Civil, y aún hoy a la mayoría de los problemas del país. ¿Se podría haber evitado esa guerra si se hubiera creído que se podía evitar? ¿Habría podido Joaquín ser de otra manera si hubiera estado convencido de que podría haber sido de otra manera? «¡Ser libre es creer serlo!». Y todos somos libres de creer ser libres.

5 Respuestas a “«Abel Sánchez» y el libre albedrío

  1. juajuaju todos los libros de Unamuno son preguntas abiertas, no creo que haya lecciones en ellos o por lo menos no una y única. Y lo de Shopenhauer cambia cuando se pone a escribir las formas para ser feliz de las que se rie Nietzche en el Zaratrusta.

    La envidia no viene provocada en mi forma de ver, la envidia son frustraciones mal llevadas y divinización (probablemente por falta de información) del resto. Nada, excepto lo fisico, nos viene dado por naturaleza. Joaquin, Abel, la vecina del quinto… son personajes que buscan justificaciones de su forma de ser en terceros evitando así toda responsabilidad sobre si mismos (muy humano por cierto) No hay condena al caracter propio (los condenados son los otros)existe la posibilidad de cambio o sino porque no nos hemos pegado un tiro ya?

  2. Sí, precisamente es lo que intento reproducir, ese espíritu de preguntar y preguntar y responder contradictoriamente. Me he sorprendido a mí mismo llegando a la posible conclusión de que pueda haber una armonía entre caracteres, porque es algo opuesto a Unamuno pero que creo que, sin duda a su pesar, está en el libro.

    Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices, soy muy contrario a la idea de que ya somos algo de nacimiento, entre otras cosas porque es paralizante y puede anular la posible libertad, como sugiero en el texto. Es paralizante pero también, como dices, no deja de ser una justificación para evadir responsabilidades, otro de los grandes males de nuestro tiempo…

    PD: ¿Nuevo blog? ¡Promete mucho!

  3. uff, pues no soy yo muy prometedora… me he cansado del formato fotolog (porque ya no hay feedback de no usuarios y lo abrí para los colegas) y he pensado, cambio de país, cambio de formato!

    Unamuno mola, aunque fuera europeista.

  4. Un ensayo magnífico sobre la envidia es mi película favorita de Alex de la Iglesia: “Muertos de risa” que retrata de forma genial ese infeccioso summum de disfrutar más con la miseria ajena que con el gozo propio…

  5. Pues sí que es verdad, no me acordaba! No la he vuelto a ver desde que la estrenaron, pero en su día me encantó, y seguramente (a falta de una revisión “adulta”) es una de las grandes películas españolas.

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