SINGAPORE SLING: La farsa degenerada del horror vacui

(Singapore sling: O anthropos pou agapise ena ptoma, Nikos Nikolaidis, 1990)

Singapore sling es un mundo aparte, una experiencia incómoda y desagradable. Lo que parece un elegante film-noir de los años 40 en los títulos de crédito, durante una noche oscura y lluviosa en la que suena la voz en off de un hombre hablando en griego sobre lo que podría ser un caso detectivesco, pronto rompe la expectativa. La primera acción: dos mujeres cavando una tumba vestidas a la moda de Mad Max, con su extravagante ropa permitiendo entrever desnudeces sin que les importe en absoluto. De eso puede que trate en realidad Singapore sling, de dos mujeres a las que nada les importa, no tienen vergüenza, utilizan su cuerpo delante de la cámara sin pudor y sin sentido. Sólo porque pueden hacerlo y quieren hacerlo. El ambiente es tan degradado que no se sabe distinguir cuándo estamos ante algo sexual, ya que lo erótico perverso está integrado en todo lo que sucede. Pero ¿qué es lo que sucede? En síntesis, una farsa que pervierte el cine negro clásico y el gótico sureño de Tennesse Williams, con un alcohólico herido que busca a su desaparecida amada y da a caer en la mansión de dos taradas, que lo mantienen en la casa observando y obligándole a participar de todas sus demencias. Dichas mochales son madre e hija, reproducen incestuosamente escenas de cuando la pequeña follaba con su padre, que era una especie de momia frankensteiniana. Hablan a la cámara, lo que crea un vínculo inquietante entre la realidad de las actrices y sus personajes. Se podría cuestionar su salud mental real, pero sobre todo la del director. Si un psicólogo estudiara a fondo Singapore sling puede que descubriera el reflejo de estructuras mentales propias de un loco clínico, y no es una forma de hablar. Volviendo a las mujeres, las suyas son dos interpretaciones valientes y desquiciadas, con una joven presa de un palpable furor uterino y una atractiva señora no menos ninfomaníaca que sufre de orgasmos fantasma y deja caer frases en francés. Es buen momento para decir que, pese a ser griega, en la película la lengua oficial es el inglés (excepto en la voz en off del ¿infeliz?), sumando para la sensación de irrealidad y extrañeza total tanto dentro como fuera de la pantalla.

¿Cómo se consigue un ambiente tan impuro y decadente? Lo más importante es su fisicidad. Los cuatro elementos son fundamentales y los cuerpos de los tres personajes interactúan con ellos constantemente: la lluvia que no cesa, la tierra embarrada de las tumbas que excavan, el fuego que interviene indirectamente en alguno de sus ¿juegos? sadomasoquistas y, sobre todo, el aire, un viento que se diría perpetuo y omnipresente, tanto en la banda sonora como en las continuas telas en movimiento. Esto lleva al segundo punto: la decoración. La referencia al gótico sureño no es gratuita, por la trama y, sobre todo, porque la casa y su entorno son una elevación al horror vacui de lo visto en obras como De repente, el último verano. Las habitaciones son indistinguibles unas de otras, todas cumpliendo con la misma función de receptáculo de plantas, cortinas, cojines, sábanas, camas, todo azotado de continuo por el viento, todo vivido físicamente por los personajes. Las mujeres se funden con este ambiente, siendo sus propios cuerpos un soporte de acumulación de mixturas de ropajes, siempre dispuestos a dejar ver lo que ellas quieran, de telas variadas y absurdas, que remiten tanto al estilo sufragista post-victoriano como al de los locos años 20, al de Lauren Bacall en cimas del cine negro o a una Cyndi Lauper drogada en un bar. La sensación que provoca todo esto es, dentro de la perfecta factura formal opuesta al cutrerío y al feísmo facilón, contradictoria, entre una limpia elegancia degenerada y excesiva y un lugar sucio y maloliente. El tercer punto ya ha sido tocado, la interpretación de las actrices. La madre dirige penetrantes miradas de segundos quién sabe a qué y por qué, se pasea o se queda quieta como un espíritu a punto de estallar. Pero la hija estalla. Está estallando durante los 111 minutos de película. Sonríe, grita, hace cosas con las manos, sufre de un temblor esencial en permanente alerta que parece darle placer, enseña pezones como quien guiña un ojo voluntaria o involuntariamente y se toca en arrebatos. Son dos fuerzas de la naturaleza imprevisibles que le dan el toque definitivo y fundamental de peligro a Singapore sling, transmitiendo la sensación de que el director les dejaba hacer, confiando con buen criterio en que cada espasmo no guionizado sería bueno para su obra. Todo esto se conjuga en secuencias incomodísimas de sexo enfermizo y demasiado corporal, en comidas familiares en las que se toman gambas de mil formas posibles, se mezclan caracoles con tartas, todo se hace bola dentro de la boca y se regurgita para poder seguir. Sí, es desagradable. Y sí, es una película viva, sorprendente y, pese a las mil influencias detectables (además de los géneros clásicos, se huele la huella de George Kuchar, Curt McDowell –Thundercrack! podría ser inspiración directa-, John Waters, David Lynch, Marco Ferreri, Paul Bartel, Kenneth Anger o Pedro Almodóvar), un mejunje sobre el que se erige un universo personal y único, cuyo empaque de farsa no disminuye su impacto. Además, parece ser que no es una isla en la filmografía de Nikos Nikolaidis, sino que su mundo personal se repite con infinitas variaciones en el resto de sus obras. Esperemos poder verlas algún día, con el estómago vacío.

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