El problema de la no actualización inmediata del software burocrático en el hardware humano

En una estación de Seattle, unas jovencitas le dan una señora paliza a otra jovencita. Delante, tres vigilantes de seguridad sin hacer nada. No es que no se atrevan a acercarse por miedo a que les rajen o les metan un tiro. Están delante, cara a cara. Oliendo la agresión. Como un juez de línea que supervisa que el corner se saque bien. Pero ellos no son los jueces, sino que son los vigilados. ¿Por qué no hacen nada? Nada es nada. Están quietos, paralizados. Y son más, y son más fuertes. No es una cuestión de moralidad ni de humanidad: seguro que están sufriendo, que cada golpe les duele. Por mucho que vean cosas así cada día, si uno está integrado en la pelea aunque no participe en ella, la siente. Y más si los que se revientan los dientes son unos adolescentes. Y más si son chicas, porque seguro que los vigilantes las ven como el sexo débil y la violencia que sale de unas quinceañeras no es la que se ve habitualmente. No tiene nada que ver con los bailes pasivos de las pseudoquinceañeras de la MTv que sí se ven cada día. Que la femenina Miley Cyrus le destroce la frente a la frágil Hilary Duff es chocante. Es inesperado y sorprendente. No encaja. Los vigilantes son humanos, sufren como si estuvieran rompiéndole la cara a su sobrina. Pero no hacen nada. Se quedan quietos. Tienen manos, tienen piernas, tienen un chaleco reflectante que simboliza su autoridad. Pero no hacen nada. Tienen voz, y la usan, en algún momento suelto, para decirle a la apalizante que pare. ¿Por qué no hacen nada?

Los vigilantes de seguridad no son aquí ciudadanos, son trabajadores. Robots al servicio de su empresa. Su tarea es «observar e informar», simplemente. No hacen nada porque no pueden hacer nada. Si actúan, si interrumpen la pelea, se están extralimitando en sus funciones. Como consecuencia, piensan, podrían perder su empleo. Deben obligación ciega a su jefe, como un soldado que no cuestiona las órdenes de su mando. Es una militarización de la vida civil. El comandante ya no tiene galones. El comandante es la burocracia, y el negro sobre blanco no parece imponer su autoridad. En apariencia, es sólo un papel. Pero te dice: haz lo que has firmado en este contrato, o este contrato se romperá y te quedarás en el paro y tu familia morirá de hambre. Es algo que dice siempre, implícitamente. Pero en este suceso toma forma material. La violencia indirecta de la burocracia se cobra una víctima real. No es un solo vigilante el que no actúa. Si hubiera sido así, podrían haberse considerado otras explicaciones: cobardía, miedo, inhumanidad. Son tres vigilantes con chalecos reflectantes a la vez. Los tres piensan lo mismo. Los tres se separan, confusos, como los coches de juguete que topan contra la pared una y otra vez porque no saben dar la vuelta. No pueden acudir a los otros en busca de consejo porque son de su misma condición y tampoco saben qué hacer. Los tres podrían haber evitado fácilmente el linchamiento, moviendo los brazos hasta que entraran en contacto con la agresora, la pararan primero, la empujaran después y, tras unos forcejeos, probablemente se hubiera ido corriendo. Y, probablemente, no les hubieran despedido por extralimitarse en sus funciones de «observar e informar». ¡Que se hubieran atrevido a despedirlos! Pero la violencia de la burocracia da mucho miedo. Deshumaniza, es una fuerza coercitiva que evita que los seres humanos se comporten como seres humanos. Son autómatas al servicio de la máquina central: los procesos administrativos. La acción de esos procesos es más poderosa que la acción real, humana, que los creó. El hombre devorado y anulado por su criatura. Mientras se siguen estableciendo cláusulas, organizando comisiones, centraliteando llamadas, escribiendo palabras vanas de significado puramente administrativo, mientras las palabras vanas de significado puramente administrativo se convierten en reales y efectivas, la quinceañera sigue tirada en el suelo. Otra le patea, le machaca la cabeza. Varias veces. A 30 centímetros, el vigilante se siente impotente, sólo puede decirle acobardado, a media voz, un «para, para». La quinceañera se queda inconsciente, los agresores adolescentes huyen. Los vigilantes siguen mirándose unos a otros, mirando al infinito. Están perdidos. No estaban programados para responder. Miran aquí y allá, buscando lo que necesitan: una nueva directriz.

La empresa de transportes ha asegurado en un comunicado que lamenta lo sucedido, pero que sus guardias de seguridad estaban desarmados y no han sido entrenados para intervenir en situaciones de este tipo. La principal agresora ha sido acusada de asalto y se enfrenta a dos años de cárcel. Seattle con 600.000 habitantes es la ciudad más grande del Estado de Washington.

[De la noticia en El País]

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