Algunas razones por las que un muchacho de educación católica como yo detesta ver porno

[Extractos de Looking Awry: An Introduction to Jacques Lacan through Popular Culture, Slavoj Zizek; la traducción es mía]

La pornografía es inherentemente perversa; su carácter perverso descansa no en el hecho obvio de que “va hasta el final y nos muestra todos los detalles guarros”; su perversidad viene, más bien, de un aspecto estrictamente formal. En pornografía, el espectador es obligado a priori a ocupar una posición perversa. En lugar de situarse en el lado del objeto visto, la mirada se dirige hacia nosotros mismos, los espectadores, y por eso la imagen que vemos en pantalla no tiene un punto oscuro, no tiene un punto sublime-misterioso desde el que nos pueda mirar. Somos sólo nosotros los que miramos como estúpidos a la imagen que “lo enseña todo”. Contrariamente al lugar común que dice que, en pornografía, el otro (la persona mostrada en la pantalla) es degradado a objeto para nuestro placer voyeurístico, tenemos que hacer notar que es en realidad el espectador mismo quien toma efectivamente el papel del objeto. Los verdaderos sujetos son los actores que tratan de provocarnos sexualmente desde la pantalla, mientras nosotros, los espectadores, quedamos reducidos a un objeto-mirada paralizado. Precisamente porque en pornografía la imagen no nos devuelve la mirada, porque es “plana”, porque no tiene ningún punto misterioso que necesite ser visto de modo “torcido” para que asuma su forma distintiva, por eso queda suspendida la prohibición fundamental que determina la dirección de la mirada de los actores en pantalla: en una película pornográfica, el actor -por norma general, la mujer- mira directamente a cámara en los momentos de intenso placer sexual, dirigiéndose a nosotros, los espectadores.

Por eso, un muchacho de educación católica como yo no puede ver porno: porque no puede contemplarse a sí mismo viendo porno. Más aún, no puede soportar la idea de que alguien, por muy depravado que sea y esté acostumbrado a cualquier guarrada, como las actrices que tanto se esfuerzan en simular o presumir de su placer, le vea viendo porno. No sólo es mirado viendo porno, sino que además quien le mira, la actriz, está acompañada de alguien, un hombre, o varios, o incluso mujer o mujeres para hacerlo más complicado, con quien comentarlo. Quedas expuesto, más que ellos porque a ellos les da igual tener que ver con el sexo. Es la pesadilla de ir a un festival erótico y que la protagonista de la sesión cerda te elija para hacer su numerito en público. Es peor que esa pesadilla porque sucede en tu casa, en tu lugar íntimo. Es allí, en tus seguros dominios, donde esa sexualidad vulgar y agresiva te impone sus propios límites sin que puedas evitarlo, rompe tus límites sin preguntarte. Y aunque te preguntara, no podrías decirle que no, porque como objeto que pasa a cumplir la función de estar dentro de la pantalla creyendo estar fuera no tienes capacidad de decisión. Haces lo que esa mujer envuelta en y supurante de fluidos te ordena. La pornografía te roba la libertad. La libertad más profunda, la de lo íntimo. Mírame, mírame. Eres tú. Está mal. De hacerte sentir incómodo, te lleva a disfrutar sintiéndote incómodo. Te identificas, te ves a ti mismo en esa escena, te ves a ti mismo mirando la escena que ahora protagonizas, entras en círculos de perversión que dinamitan toda tu educación católica. Te obligan a hacer algo que no quieres hacer o no quieres admitir que deseas hacer, y precisamente en el asunto, el sexo, en el que menos quieres hacerlo. Está mal. Participas de la vulgaridad. Es todo físico, sin el amor -ya no el de pareja: ni siquiera el universal- en el que te enseñaron a creer. El porno termina por dominarte pervirtiendo la moral que no te deja abandonar, para que sufras siendo juzgado implacablemente por ti mismo.

Apéndice (no fálico):

[ … ] Al cruzar el límite, la pornografía siempre va demasiado lejos. Si vamos demasiado rápido “al tema”, si enseñamos “la cosa en sí misma”, necesariamente perdemos lo que buscábamos. [ … ] En cuanto “lo enseñamos”, su magia queda anulada, hemos ido “demasiado lejos”. En lugar de lo sublime, nos quedamos con fornicación vulgar y gimiente.

3 Respuestas a “Algunas razones por las que un muchacho de educación católica como yo detesta ver porno

  1. lafabricadesquizos

    y voilá! alguien inventó el postporno (con argumento y “sentimientos”)Se estan haciendo cosas muy buenas… Post eso!
    Pruebe con Shortbus.

    “queriaís que fuera caperucita y le cambié el guion al lobo, que también estaba hasta la polla” D. Junyent

  2. Sea lo que sea eso del “postporno”, “Shortbus” mola mucho. Las escenas explícitas en pelis no de género X es otra cosa diferente (o al menos tiene la posibilidad de serlo…). En “Romance” por ejemplo, que fue bastante machacada en su día, tenían muchísimo sentido. Échale un ojo al cine de Catherine Breillat, es un poco antipático pero si se empatiza con él da mucho!

  3. lafabricadesquizos

    Probaré, probaré… el titulo de Romance no me estimula mucho pero miraré otras cosillas.
    Shortbus es una pasada pero Hedwing sigue siendo mi favorita de este hombre.

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