Bertín Osborne y el inconsciente colectivo

Aquello del inconsciente colectivo no es una pura patraña. Guía nuestras vidas. Nuestros inexistentes destinos. Nuestro pensamiento. Nuestra acción y la futura creación de la Iglesia de Jung. El subconsciente compartido, al menos a nivel intergeneracional -me falta comprobar el nivel universal-, funciona de verdad, y funciona más allá del lenguaje, viene a través de la intuición inexplicable, con razonamientos demasiado rápidos y complejos como para ser comprendidos por la escala humana. Es la escala social dentro de cada uno. El individuo como parte de una colonia de hormigas o un psicoenjambre borg.

Suceso real. A veces es obligado destacar cuándo algo no es ficción, incluso aquí. Esto: suceso real. Siete y media de la tarde de un jueves de noviembre, mesita de ese material gris que parece formado por cientos de capas hipercompactadas de hilo de aluminio, las de la parte superior con brillos holográficos. Siete quintos: cinco euros. Llegan en un cubo lleno de hielo, del que cuelga un abridor más gastado que decir «dame un trago». Tres amigos. Terracita, que en Alicante siempre es verano. Uno de ellos entra para pagar. Los otros dos hablan. ¿Quién sería el Jack Bauer español?, pregunta uno de ellos, el más espabilado. Unos momentos de silencio. El que ha preguntado no se atreve a contestar, aunque nada más terminar ha tenido clara la respuesta. El otro responde: Bertín Osborne. El preguntón se queda pálido. Es el mismo que él había pensado pero se avergonzaba de decir. Ahora lo dice con loco orgullo, ¡Bertín, Bertín, yo también había pensado Bertín! Se entrechocan las cervezas, risa ahogada. ¿Pero qué…? Espera, espera. Vuelve el otro. Calla calla. No va a poder ser. Oye César, ¿quién sería el Jack Bauer español? Casi sin dudarlo: Bertín Osborne. Hay gritos, confusión, miedo y sentimiento de comunidad. Se hacen cánticos y bailes chamánicos en su honor. La amistad, lo que cada uno creía ser-y-pensar y la mente-colmena, todo se une alrededor de una figura nacional del alcoholismo. Emparentada por abismos insondables de la mente del siglo XXI con el agente secreto más brutal y carismático impresionado en cualquier pantalla. Yo sueño con él, con Jack, casi cada noche. Con Bertín, nunca. Pero hay algo en él, en ese icono menopáusico a lo David Hasselhoff -aquí el paralelismo es demasiado evidente como para recrearse- que impide que apartes la mirada cuando chascarrillea en el prime time autonómico. De su permanente estado de embriaguez, de su tambaleo de bolo de bolera barata, de sus risitas de cuñado borracho en boda y de sus chistes de guionista sustituto de José Luis Moreno. De la decadencia desnuda de los programas que presenta; o mejor dicho, en los que se presenta. ¿Qué oscura impronta genera en unos saludables veinteañeros?

El cerebro humano es insondable. Ni el Dupin de la Rue Morgue podría reconstruir el proceso por el que Jack Bauer evoca rápidamente a Bertín Osborne en tres mentes jóvenes e impresionables. Se sentiría tentado de intentarlo. Yo mismo lo he intentado, pero no hay proceso lógico a escala humana que lo explique. Proceso psicológico, puede: ¿tal vez lo habíamos visto los tres en la tele, aunque sólo fuera unos segundos, en los días inmediatamente anteriores y por eso lo imaginamos con tanta velocidad? Pero entonces, ¿por qué él y no cualquiera de los otros ciento tres hombres que hemos visto en los últimos dos días en una pantalla? ¿Por qué? ¿Alguien se imagina a Bertín Osborne infiltrado en el más terrible cártel del narcotráfico mexicano? ¿Torturando al terrorista más fanático y peligroso de Oriente Medio? ¿O metiéndose una bala en la pierna, o una bala en la cabecita de su sobrino, por salvar al presidente de su país? No. Como mucho, podría ser un pobre patán que se cruza accidentalmente en el camino de una conspiración democraciodestructora, y muere de un disparo en la frente después de salir de unos contenedores y dejar a medias su única frase. ¿Es acaso Bertín Osborne una entelequia creada por la mente-colmena de la sociedad española post-transición, a la manera de aquella aeronave disneyana paradimensional en aquel relato de William Gibson?

Podríamos alejarnos de la cultura. De las pantallas. De las relaciones humanas. De Bertín Osborne y de su foto con los Manowar. Pero es demasiado tarde. Hemos sido asimilados. Sólo Heisenberg puede explicarnos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s