En el directo todos pueden oír y ver tus gritos

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1) En el directo los reporteros son humanos y se equivocan.  Tendrían que enviar sus noticias previamente grabadas 15, 10, 5 minutos antes de la emisión, con los fallos corregidos. Si ha ocurrido algo realmente importante en ese miserable lapso temporal, es entonces cuando se conectaría en vivo. Pero las noticias de acción ejercen su dictadura con mano seria, silenciosa e incuestionable. El entrevistado, por muy ensayados y pactados que estén sus seis segundos de diálogo, podría soltar alguna salida fuera de tono. Se exige la emoción de ver al periodista en medio de la calle, delante del parlamento o despeinándose junto al mar embravecido. Al pie de la noticia y de la actualidad, que es estrictamente asimilable al segundo. No importa que se le olvide lo que tenía que decir, que su cerebro se haga un nudo y su discurso se vuelva redundante como el de un mal profesor. Atúrullate, periodista, muéstranos que ni siquiera tú, que has pasado unas duras pruebas de selección para estar ahí delante de millones de personas, eres perfecto. Que de hecho la mitad de veces que conectan contigo metes la pata. Eso genera tensión, y la tensión es lo que mantiene pegado al espectador. ¿Acaso te enseñaron en la facultad que en los informativos hay que informar? Si la información fuera lo importante, te dejarían grabar tu gran momento un poco antes de emitirte, para que pudieras cortar y volver a empezar si te metes en el laberinto de la confusión escénica. La información no llega como tal, la estructura del discurso noticioso se diluye en la tensión de acordarse de decirla bien. Equivócate. Que el presentador te saque del aprieto. No te van a echar. ¿O sí? ¿Es esa la razón por la que no hay reporteros de más de 40 años? ¿Porque todos han sido despedidos por sus inevitables sartas de errores en directo?

2) Mirar la hora en directo, decirla. Son las nueve y… once minutos, exactamente. Están con nosotros, al mismo tiempo que vemos su programa lo están haciendo. En Madrid hay un grupo de personas tremendamente activas a esas nueve y… once minutos, exactamente, para darnos lo que queremos. Para equivocarse y tratar de escapar dignamente del caos. Son héroes potenciales del caos. Dominan el tiempo. Los reporteros y los periodistas y los presentadores y los realizadores de informativos conforman una mitología apologética del presente. El reloj es el dios y ellos son sus paladines.

3) Nunca hay que desviar la mirada de la cámara. Mira directamente al espectador. Es como de la familia. Si te equivocas, reportero, presentador, y te vas a equivocar, le va a fastidiar a la señora que te está viendo como si hubiera sido su sobrino el que hubiera sufrido un lapsus, o un discurso a la deriva. Participa de la pifia, sufre con ella y a la vez la disfruta. Son humanos, se dice. Pobre. Y/o: Ya contratan a cualquiera. Tanta carrera, tanta carrera. A lo mejor se le va la olla del todo y a ver cómo salen de esa, que es en directo y todo puede pasar. Qué emocionante. La mirada siempre clavada en la cámara, como esos cuadros que te siguen observando por mucho que cambies el ángulo de visión. Sólo hay una excepción, y es un sacrificio hecho al dios directo: los periodistas que viven en la Bolsa. En pleno directo pueden, y deben, dejar de mirar a cámara para decir en ese mismo instante los números exactos que hay en los paneles electrónicos a su alrededor a las tres y… diecesiete minutos. Giran los ojos y crean expectación, ¿estará pasando algo?, piensa el espectador la primera vez que lo ve. A la tercera ya ha entendido la técnica y la interioriza, como tiene interiorizados automáticamente todos los demás recursos de los informativos. A la sumisión al presente se une la sumisión a la cifra, en lo alto de la pirámide de la información económica. El número es pura información, exige aún menos análisis que las demás noticias. Sumisión ciega y factual. El número, el de la hora o el del porcentaje o el del precio actual -real- de las acciones, exige que se deje todo lo que se está haciendo para ofrecerlo tal cual es. Incluso si hay que desviar la mirada del dios espectador.

4) En el directo todos pueden oír y ver tus gritos. Y puede que estén deseando hacerlo.

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