Un escritor de su tiempo

¡No se lo podía creer! ¿De verdad había gente que se moría sin leer un libro? ¿Ni uno solo? Pero… ¿cómo podían entender la realidad? ¿Directamente? ¿Trabajaban sus mentes con signos no formalizados? ¿No pensaban, actuaban? ¿Logicidad irracional extrema? ¿Eran, en suma, como animales guiados por intuición?

No podía soportar la idea. Se volvió loco, así de golpe. Fue corriendo a la sala de lectura y arrancó hojas con todo el estrépito que pudo provocar y escupió sobre lomos de tapa dura y tapa blanda. Se autoprovocó el vómito sobre dos volúmenes de más de mil páginas cada uno de historia de la literatura francesa. Orinó sobre clásicos griegos en griego clásico, defecó sobre el Quijote y sobre Dante. No podía hacer otra cosa, ¿quién lo podía hacer? ¿Qué iba a hacer? ¿Editar un manual de instrucciones de un vibrador rebosante de fotografías eróticas y con una portada de colores científicamente creados para chillar y que lo vendieran azafatas semidesnudas en invierno en puestos callejeros? ¡Ni eso serviría! ¿Impurezas sórdidas, hipersexuadas, abarroquizadas? ¡Nada servía ya! ¿Mecanismos perfectos y redundantes, que cierran los mitos sobre sí mismos y a modo de comic? ¡Cultura, dicen…!

No podía soportar la idea. De golpe, involucionó. La mano en la cabeza, tiró pelo a pelo con dos dedos hasta que no le quedó ni uno. Robó una tele y la machacó a martillazos en la puerta de la Biblioteca Nacional. Encontró en internet la receta para fabricar un explosivo casero, lo fabricó, colocó su fisicidad en la virtualidad y explosionó internet. Hizo la danza de la lluvia sobre las imprentas de los principales diarios, y toda la tinta se corrió.

Convirtió la civilización en un páramo: «Sólo le he quitado el polvo y he dejado al descubierto la carcasa, la carcasa, la carcasa, cámaras, canto, llanto, lítotes, libros, leer, ver, versículo, oráculo, óxido, orín, orarán, patán, palabrería, superchería, perfección, pequeñez, plasticidad, clasicidad, carcasa, carcasa, la carcasa, ¡la! ¡car! ¡casa!».

Como no podía suceder de otro modo, dicho personaje, literario o no, se fue a vivir a una isla desierta. Prosiguió su involución y aprendió a subirse a los árboles. A las palmeras. A por cocos. Balbucía día y tarde. Por las noches también. Había abolido el sueño. Dibujaba en la arena un guión, farfullaba una estructura sintáctica; dibujaba otro guión, murmuraba una estructura sintáctica con tono de respuesta. Generó dramatismo. Una vez comió tanto pescado crudo que, satisfecho, pudo volver a dormir. Justo antes de hacerlo, y sin desvelarse, trazó un punto en el suelo. Corretaba desnudo. Y se resfrió. Congestionado, los estornudos y los sonidos le salían entrecortados, precisa y preciosamente rítmicos. La historia pudo interpretar que había reencontrado el verso. Persiguió su propio rabo, saltando trescientos obstáculos, a uno por página, hasta que lo cogió. Había vuelto a crear la novela. Estaba muy delgado. Tenía que ver con el hambre. Pero no con la de necesidad, sino la de gula. Quería perder toda la grasa hasta llegar al hueso, y así poder roerlo. Soñaba con tuétano, como los perros. De hombre a mono y de mono a perro. A cuatro patas, jamás volvería a leer. Nadie. Algunos serían felices en esa isla. Él lo era. Pero no podía saberlo. No podía decirlo, decírselo a sí mismo. Intuía. No encontraba las palabras.

2 Respuestas a “Un escritor de su tiempo

  1. Chulo, chulo, Borja, si señor :O

  2. Me alegra que te haya gustado, Andrés :D

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