No seáis como Jorge Guillén

¡Beato sillón! La casa

Corrobora su presencia

Con la vaga intermitencia

De su invocación en masa

A la memoria. No pasa

Nada. Los ojos no ven,

Saben. El mundo está bien

Hecho. El instante lo exalta

A marea, de tan alta,

De tan alta, sin vaivén.

[Jorge Guillén, «Beato sillón», en Cántico, 1ª edición de 1928]

Hay tanta brillantez que es ya siniestra.

Ni la brisa lo ignora.

Ante todos se muestra

La Oquedad, ay, rectora.

Nada al fin. Y en el pecho,

Una angustia común

A todos, reunidos a orillas de la nada.

Este mundo del hombre está mal hecho.

¿Azar al buen tuntún,

Error

Sutil que en más desorden se degrada?

[Jorge Guillén, fragmento de «Las cuatro calles», añadido en 1950 a la 4ª edición de Cántico]

En las sucesivas ediciones el mundo «bien hecho» así captado se irá contrastando progresivamente con la vivencia de la plenitud del ser en el amor, metáfora de la relación con el cosmos, y con la doble conciencia de una temporalidad destructiva del ser individual yde la relación dialéctica entre el impulso de integración armónica en la circunstancia y el desorden y la violencia sociales, de acuerdo con una visión de la historia que permite contraponer a la realidad natural el mundo humano «mal hecho».

[Francisco J. Díaz de Castro, en Cántico, Anaya, 1993]

Un catedrático se planteó como misión fratricida de su vida desmentir a Jorge Guillén. Se veía a sí mismo como el arquetipo del optimista, y había sido Guillén quien le había enseñado con más claridad que nadie que el mundo estaba bien hecho. El catedrático no pensaba en el sillón del poeta, sino en los cachorros, en las madres, en las sonrisas y en toda una sarta de cursiladas que le avergonzaba evocar en esos términos, pero que aceptaba porque no creía que hubiera otros más poderosos para hacerlo. El mundo era así y así estaba bien hecho. También pensaba, no era tan ingenuo, en los leones comiéndose a gacelas enfermas, y le parecía justo. Pero si no sufren, no se enteran, se decía. Los animales no tienen memoria, la única rendija por la que se puede colar la infelicidad. El ser humano tiene esa rendija muy abierta, pero es débil y no la defiende a muerte, como sería su obligación. El presente está bien hecho, siempre, por definición, se decía. Se acordaba de despertares en sus camas, de rayos de sol en la pared, de temperaturas extremadamente medias, de minifaldas, de saltos y victorias, de visitas a hospitales y de sueldos, de cachorros y de abuelos, de familias y de novios. Más tarde Guillén, ya casi sexagenario, intentó convencerle (convencerse) de que el mundo, de que este mundo, estaba mal hecho para el hombre. Pero eso no podía ser, era el mismo mundo. ¿Porque ahora vivían bajo un yugo político incómodo tenía que cambiar su pensamiento esencial sobre las cosas? ¡Débil! ¡Egoísta, ¿no viste todo eso antes, en otros países, en tus queridos libros?! El catedrático entendía que dijera eso, ¡cómo no!, pero era incapaz de aceptar el cambio, por muchos años y por muchas miserias que hubiera entre medias. El mundo seguía siendo el mismo. Este mundo era también el mundo. Es verdad, Jorge, tu mujer se había muerto hacía bien poco, y para ti el amor era la llave que abría la verdad. Pero el mundo seguía siendo el mismo, ¡no hacía falta distinguirlo como “este” mundo! ¡Si estuviera bien hecho, no haría falta llave para verlo! ¡Y todos lo ven! ¿Acaso tú, Guillén, representas a todos los hombres? ¿Eso crees? ¿Acaso una mala racha, la peor de las rachas, cambia en algo la verdad que buscas con tu poesía? ¡Pues vaya una verdad! ¡Egoísta!

Pasaron los años. El catedrático se acababa de jubilar. Su relación con la poesía de Guillén nunca fue contemporánea, sino que desde el principio lo leyó desde la distancia, desde muchas distancias. Pero las distancias no importan, si el mundo está bien hecho. El catedrático seguía en sus trece, y no le iba mal: era muy querido por muchas personas, había enseñado mucho a sus alumnos y a sus colegas también. Y las había pasado perras, ¿eh? Eso era una actitud, un apego a la verdad propio de un poeta, aunque él no lo fuera. Como mucho, poeta indirecto, de segundo grado, clarividente a través de la poesía, no de la realidad. Pero veía la realidad retroalimentada por la poesía. ¡Bien hecha! En 1967, Guillén entrecomilló a modo de cita en un poema de Homenaje: «Te necesito, mundo». El catedrático lo sabía, lo había leído desde el principio, cuando no pudo sino ser voraz con la obra de alguien que le había guiado hacia la felicidad, y que le había demostrado la de todos, la de todo. Sin embargo, se dio cuenta de que nunca lo había entendido un día en el que, estando él solo, paseaba por la playa crepuscular como protagonista de uno de esos tópicos que tanto odiaba pero que no tenía otra opción que aceptar. Entonces lo vio claro, vio el mundo. Vio este mundo. El de los hombres. Lo vio superpuesto a los versos que lo referían. Hay tanta brillantez que es ya siniestra, pensó, y no estaba citando. Ni la brisa lo ignoraba, el catedrático sí. Entendió por qué Jorge Guillén decía lo que decía, ¡cómo había podido ser tan soberbio, queriendo comprender más que un poeta! Dándole la razón, fue más feliz de lo que había sido nunca. Sabía que había sido un gran profesor. Fue como Jorge Guillén.

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