Fría calculadora

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El domingo pasado, día 18, pude aprovechar la mañana. No salí de fiesta la noche anterior, me quedé en casa viendo el fútbol. Así que a las 10 estaba más que en pie: en pie, vestido, desayunado y acicalado. Todo yo solo, sin mi madre mediterránea. El semimadrugue tenía el objeto de prepararme para una exposición que, temía, iba a ser bastante densa. Fue en un edificio ahora habilitado para propuestas culturales, en el que hasta hace un par de décadas estaban las cuadras del hipódromo. El asunto: calculadoras e intertextualidad.

La propuesta del artista, un valenciano emigrado a Barcelona del que no puedo recordar el nombre, consistía en presentar una serie de calculadoras electrónicas de los más variados tipos y tamaños, que el público debía manipular con cálculos a su elección. Es decir, una vez dentro del recinto, una instalación gris y con todas las superficies de los paneles de madera lijadas hasta parecer casi metálicas, y con circuitos y cables decorando de forma muy feísta las zonas muertas, sonando una música atonal de pitiditos aleatorios a un ritmo llamativamente constante; una vez dentro, te acercabas a una calculadora y le proponías una operación. Por ejemplo, a una Casio FX 3650P le pedías un 569 multiplicado por 32, siendo el resultado 18.208. Entonces ibas hacia otra calculadora, la que más te atrajera en un primer golpe de vista (el hecho de que el método de elección fuera éste y no otro era importante), y realizabas la misma operación. Una Texas Instrument 84+, hacia la que mucha gente se dirigía tal vez por su parecido a un teléfono móvil, artilugio más familiar, te daba el mismo resultado a la misma operación: 569×32=18.208. Y así con todas: una HP50g, una Ibico 212x e incluso una muy aparatosa Canon BP37-DTS, todas mostraban, en este caso, el 18.208. Algunas de las máquinas eran de diseño, y había otras misceláneas como relojes-calculadora, ordenadores, calculadoras de antes de la guerra y hasta ratones-calculadora, y siempre siempre lo mismo. Vale, pero… ¿qué quieres de mí, artista? Lo que querías era enseñarme la realidad de la intertextualidad, de la que la instalación funcionaba como alegoría. Nosotros éramos los textos, creando variaciones a partir de un lenguaje dado. Las calculadoras, separadas entre sí, cada una a lo suyo sobre cilindros de poliuretano rígido, pero funcionando todas de manera absolutamente idéntica, representaban las referencias a esos infinitamente (o no) variados textos. Cada una tenía distinta forma, otro fabricante, colores más o menos variados. Como las referencias: no es lo mismo una nota al pie que un enlace que una cita que un homenaje que un plagio. Pero en el fondo eran la misma cosa, representaban cultura de, como mínimo, segundo grado; literalmente, cultura degradada.

Los humanos éramos el primer grado, la creación en sentido tradicional. Las calculadoras el segundo grado, la referencia. El primer grado trata directamente con la realidad, y nosotros le damos la humanidad. El segundo grado, por no hablar de los siguientes, es algo ya maquinal. Algo que habla de lo humano, de su relación con la realidad. Útil, sí, pero ya no humano ni real. Esta aparatosa explicación se veía completada por un anexo, en el que se ofrecían otros modos de cálculo, como el ábaco o un hombre ejerciendo de calculador (y hasta una libreta y un boli para hacerlo de primera mano, algo que resultaba improbable para el tipo de público que asistía). Funcionan de forma similar a las calculadoras, pero hay margen de error. En la alegoría equivalía a que, sí, las operaciones aritméticas existen ya desde hace unos siglos, pero con los avances tecnológicos se han acercado más a la perfección y, por tanto, se han alejado más del original humano. Esto introducía el factor historicista, además de tener que ver, por lo que pude leer en el tríptico, con la relación física directa, cada vez menor. Por ahí iba el juego de palabras del título de la presentación: Fría calculadora. Incluso creo que estaba implícita alguna lectura de género, por aquello de que las calculadoras son femeninas y el ábaco o el calculador son masculinos, pero a mi experta acompañante le pareció una estupidez, apreciación con la que debo coincidir. Todo esto demuestra que la alegoría sigue viva, y que el cálculo a mano no.

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