La palabra vergonzosa

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No lo escondamos más: la palabra prohibida es postmodernidad. Postmodernidad es: cada cosa se refiere a otra cosa, nada a sí mismo ni, sobre todo, a la realidad. Entonces, nada es nada. Es espectacular (es espectáculo) que una palabra referida al texto, a algo que no existe, deje de tener significado… porque eso significa que lo ha tenido. Se ha gloriado a sí misma y ha terminado por ser víctima de los sacrificios que fomenta. Un ídolo con pies de tinta y de píxel, al que da vergüenza seguir adulando explícitamente en público. Porque ya ha dejado de ser una secta de iniciados y ha pasado a ser una de las tres religiones mayoritarias, como todo lo que se inmola, y gustar de ella es como gustar de las noticias de Antena3. Ya no es un dios con un altar en un rincón oculto de la casa, el que está entre el portátil y la estantería de libros leídos, con un tercer vértice en los libros por leer. Mal sitio, se llena de polvo por más que se pase el plumero. Ahora es un dios de la naturaleza, que se manifiesta en todas las cosas. Pero no es nada, luego el mundo ya no es nada. No hay que tener vergüenza, no hay vergüenza: hay que tener valentía, para aceptar lo que somos, y contarlo desde dentro, desde el núcleo y desde los intersticios.

En aquella, lejana de meses, primera entrada de este proyecto, enarbolaba sin pudor un eslogan: todo es relato. Y así este proyecto ansioso nacía muerto porque nacía literario. Lo literario no tiene ya razón de ser en un mundo en el que todo lo es. Porque lo literario tiene que suponer una diferencia, un mundo aparte de la realidad delimitado por unas líneas distintivas que lo señalan como tal, como el marco al cuadro. Pero ahora vivimos dentro de ese cuadro, todo está separado -no amputado, porque la violencia no es la del golpe de corte sino que es constante- de la realidad. Por lo tanto, si se quiere mantener el bonito término de “literatura”, con los siglos de autoridad que lo respaldan y que tan bien sientan al echárselos encima y taparse con ellos como con una manta no (¡nunca!) comprada en IKEA, hay que darle la vuelta al concepto: lo literario ahora tiene que apelar a lo real. No un realismo decimonónico, sino textual. Así: hay que tomar conciencia de habitar en un mundo que es texto y, para generar “literatura”, hay que saltar sobre sus páginas elásticas, aguantar la respiración y, en el aire y viéndolo como un pájaro, ponerse a crear como un enloquecido chamán, con la pantalla a modo de tótem. ¿Es tiempo de recuperar la escritura automática, ahora que las estructuras tradicionales, el “escribir bien”, son un dinosaurio en una cacharrería? No. Porque la vanguardia también es un fósil, un esqueleto impreso en nuestra concepción del mundo, enterrado allí por donde pasamos y al que conviene dejar flores cada domingo. Pero está muerto. Ni vanguardia, ni tradición. Sólo contemporaneidad, que es una mezcla bastarda, imprecisa, caótica, lujuriosa, humilde, pretenciosa, costumbrista, virtual, aspiradamente física, de ambas. Pura sexualidad textual. La textofilia es la solución: follarse al mundo torrencialmente con la palabra y con el enlace. Hablarle así de igual a igual.

Por favor, basta ya de hacer crítica literaria, cinematográfica, social, política y cultural. ¡Por favor! ¡Pinche texto! Quiero escapar de la red que bloquea la realidad. Nos deja verla, pero no vivirla. Sólo verla. La realidad es un archivo de sólo lectura. Un discurso sobre ella supone el mismo grado de ficción que ella. Y la ficción pertenece a la sección de arte moderno, no contemporáneo, del museo. Somos un producto fusionado con nuestra producción, y sólo discurriendo en paralelo a ella, no sobre ella, podemos hablar de ella y hablarle a ella, y así hablarnos a nosotros desde nosotros. Es el primer objetivo de toda subcreación. El segundo es convertirse en creación.

Tenemos que aspirar a ser las ediciones en bolsillo de internet. Y serlas. Y así ser.

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3 Respuestas a “La palabra vergonzosa

  1. lafabricadesquizos

    Amen Guy Debord, Videodrome nos espera.

  2. Enorme texto. Me alegra saber que no soy el único con problemas con la palabra y concepto “postmodernidad”

  3. “Videodrome” nos espera, y lo que hay que intentar es que no sea postmoderno sino humano, muy humano. Como lo quería Cronenberg.

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