En olor de multitudes

Zola insulted - Henri Degroux

Pocos momentos hay más intensos en los relatos que los protagonizados por multitudes, preferiblemente cabreadas o con las emociones de punta. No hay una forma mejor de culminar un crescendo. Por ejemplo: una novela que se centra en unos pocos personajes. Se pasean por distintos ambientes: un parque, los bajos fondos, una iglesia, una taberna, una base militar, un centro de creación de clones. Todos llenos de gente. Pero lo que importa es el drama personal de los protagonistas. Por el camino nos llevamos las minuciosas descripciones de la gente que bebe, habla, anda o se entrena para derrocar una sociedad. Sin embargo, sólo son ambientación, ruido de fondo. Hasta las últimas cien páginas. Entonces, cuando los personajes principales están en la cima de su miseria y su grito ya no es suficientemente expresivo, se organizan bandos, a cuál más exaltado, que pillan a los protagonistas en medio. Puede ser una armada de jovencitas asiáticas clónicas educadas para la subversión y el derrumbe de todo, como en La era del diamante (Manual ilustrado para jovencitas) de Neal Stephenson. O puede ser lo más bajo del mundo: putas, vagabundos, perdidos y truhanes, aunque no importa que lo sean o cómo vistan porque en una multitud todos son iguales, que sólo quieren acuchillar y robar, como la turba que intenta tomar Notre-Dame en Nuestra Señora de París de Victor Hugo. Los efectos se multiplican cuando la multitud se convierte en multitudes, mejor aún enfrentadas, como cuando, siguiendo este ejemplo, llegan las huestes del rey a combatir a los delincuentes. En todo caso: destrucción por destrucción con una tibia excusa inicial por delante, propuesta por algún lidercillo con capacidad al menos de arrastre, si no de convicción. La violencia sin control es lo más terrorífico. O el impulso sexual sin límites de El perfume, ¿de verdad alguien querría estar dentro de ese infierno de libido hipertrofiada? Las multitudes, en todo caso, mejor en espacios abiertos, pero muchísimo mejor en espacios abiertos rodeados de cemento, ya sean ciudades o pueblos. Plazas. Una multitud en el campo no es nada, es una redundancia del paisaje. El acercamiento del ruido de las pisadas sobre suelo humano, eso es lo que prepara y hace temer el estallido.

La violencia y el sexo, como siempre, es lo que aterra y lo que genera el ansia más intensa. Pero cuando son los de una multitud, todo es mucho peor. Porque es algo de otro tiempo, que enseña en plena cara los dientes a un artificio moderno: la construcción del individuo. Es la prueba de la fragilidad de la clase media. De cómo el individuo sólo tiene poder físico, el único poder sentido verdadero, cuando deja de ser persona y pasa a formar parte de una red. Y lo más duro es que no sólo no le importa abandonar su yo, sino que disfruta y se siente por fin realizado gritando, destruyendo, violando, corriendo, cuando lo hace en comunidad, que es cuando lo puede hacer. Todos lo aprueban, y es una aprobación inmediata. Física y comprobable. Y es la hostia. Los personajes tan minuciosamente construidos y con los que hemos vivido una historia no significan nada ante la fuerza de una multitud activa. Quasimodo se enfrenta a la turba él solo, pero lo hace como si él mismo fuera un montón de gente enfadada, una ficción posible por su fuerza sobrehumana. No es un símbolo de una multitud haciendo multitud de cosas: es un hombre que ya no es tal, y al que las circunstancias le llevan a actuar como muchos. Funciona porque Quasimodo se convierte, se transforma en muchas personas haciendo muchas cosas. Algo físico y efectivo, es decir, con efectos inmediatos y directamente comprobables: la única forma de conseguir algo de verdad. Desorden para instaurar un orden, para volver al orden, porque el mundo que hemos hecho lo ha convertido todo en caos y es imposible ser feliz cuando las cosas no tienen sentido. El desvío de lo habitual y convencional para regresar a lo natural. Porque el razonamiento de la naturaleza es tan irreflexivo como efectivo. La muchedumbre enfurecida tiene una lógica, simple pero aplastante, y la debe llevar hasta sus últimas consecuencias. No debe pensar que es sólo una agrupación de individuos, porque entonces se bloquea y no produce acción, como les pasa a los individuos. En realidad, no debe pensar. Sólo saquear, follar, pisar el suelo con todas sus fuerzas, hacer ruido con la boca y con objetos. Expresarse sin artificio. Así conseguirá hacer algo. Algo físico, algo por fin de verdad. No debe pensar, pero tiene que haber una idea de partida que surja en el seno del desorden establecido, para poder entrar en él y así manipularlo. Una ideología, una pertenencia a un grupo, un enemigo. La naturaleza en La princesa Mononoke invierte el proceso: los ejércitos se ordenan desde el orden natural, siendo un doble orden con consecuencias, al menos estéticas, espectaculares. Doble, a diferencia de los gentíos humanos, que se ordenan porque hay desorden, y la generación de tensiones mediante contraposiciones multiplica los efectos a todos los niveles. Pero aun así el orden que surge del orden funciona porque va unido al mito. Y el mito ha hecho cosas. No como nosotros. Los individuos.

Una respuesta a “En olor de multitudes

  1. La mujer biónica siente malsana envidia de ti. Es posible que quiera sumársete a tus formas. O quizá mejor, que tengas cabida en Debacle. Nos contactaremos Herr Vargas.

    Ahora me marcho silbando En el palacio del rey de la montaña. Hay un niño en la puerta jugando con una pelota…
    Tú ya sabes, jeje.

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